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Cinexcusas
Por Luis Tovar

Informe para una Academia

Se toma en préstamo el encabezado del célebre texto en el que Frank Kafka, con la ironía finísima que lo caracteriza, le da voz a un miembro nuevo de la Academia que, entre reflexiones alusivas a su condición pasada y la presente –la previa de chimpancé, la actual de hombre–, en un momento dado suelta lo siguiente, para que la Academia entienda que son muchos los asuntos en los que, académicos o no, somos iguales todos: “…a todo el que anda por la tierra le cosquillea el talón: tanto al pequeño chimpancé como al gran Aquiles”.

Más de una idea kafkiana –y olvídese aquí el sentido dado habitualmente al adjetivo– del Informe aplica bien para este informe, un millón de veces más modesto, dirigido a la institución que refiere así el comienzo de su historia: “Establecida para promover la difusión, la investigación, la preservación, el desarrollo y la defensa de las artes y ciencias cinematográficas, la Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas AC (AMAAC) se constituyó el 3 de julio de 1946.”

A sus setenta y dos años de edad recién cumplidos, la AMAAC ha sido un poco de todo: en sus comienzos, en plena época de cinematográficas vacas gordas, fue punto de convergencia y organización de un gremio cuyos componentes no acababan de entender que la defensa de sus intereses comunes se vería beneficiada por la entidad recién nacida, y quién sabe hasta qué punto habrá logrado en aquel entonces el propósito, pero lo cierto es que muy pronto se convirtió en eso que ha sido desde su origen –al menos para los ojos externos–: nada más que la otorgadora anual del Premio Ariel.

Diversas causas impidieron durante una temporada que el galardón fuese entregado, lo cual sumió a la Academia en un ostracismo difícil de romper; tanto, que aún es la fecha en que sigue pesándole, y esto último no sería mayor problema de cara al público masivo, al que poco o más bien nada se le pierde en la AMAAC –ni siquiera cuando vienen los Arieles, por desgracia–, pero sí es grave cuando la propia comunidad cinematográfica es la ignorante ora involuntaria, ora por sospechas y desdén más o menos justificados en otros tiempos, de lo que hace, pero sobre todo de lo que ha dejado de hacer esa Academia.

Por todo lo anterior es saludable –en la doble acepción de la palabra– que con el presidente actual, el cineasta Ernesto Contreras, haya comenzado a suceder lo que la presidencia anterior de la Academia fue forjando: las puertas abiertas, la inclusión, el diálogo, en este caso, en primerísimo lugar consistente en la disposición para escuchar al otro y, más en específico, a quienes no formamos parte de la Academia pero sí de la comunidad cinematográfica. Concretamente, hace poco el presidente de la AMAAC convocó a la crítica cinematográfica nacional a dialogar y aunque, como dijera un clásico, no estaban todos los que somos ni somos todos los que estábamos, aquello rindió frutos: puede avizorarse una apertura aún mayor y pudo constatarse el propósito de subsanar aquello que genera suspicacias arielescas, así como la intención de darle a la Academia una presencia, una relevancia y una capacidad de interlocución para interactuar e influir en sus pares institucionales a favor del cine mexicano.

Si algo ha caracterizado el discurso académico desde hace décadas es la pugna por lograr eso justamente, mejores condiciones para la cinematografía nacional. La diferencia consiste en dos elementos sobre todo: la actitud de la Academia misma y, por una venturosa vez, en el entorno sociopolítico, que deberá traducirse en el ambiente cultural.

De lo último habla más que bien algo que circula en redes: hay que preguntarle directamente y que responda sin ambages Alejandra Frausto Guerrero, quien será la próxima secretaria de Cultura –entidad de la que depende el IMCINE–, qué tan cierto es que se hará ley un aumento al 30 por ciento del tiempo mínimo de exhibición del cine nacional; que aumentará el tiempo mínimo de exhibición a dos semanas; que habrá incentivos fiscales para exhibidores que cumplan lo anterior, y que desde educación básica se incluirá una materia de apreciación de las artes.

 

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