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De la perfección al silencio: cien años de Alí Chumacero

Junto con José Gorostiza, de todos los poetas mexicanos el más concentrado, el menos desbocado y uno de los más intensos es Alí Chumacero, acerca del cual José Emilio Pacheco afirmaría (en su ensayo “Chumacero o hay demasiada luz en las tinieblas”) que, desde su primera composición publicada en 1940 (“Poema de amorosa raíz”), encarnó la paradoja, en nuestro ámbito, “de ser el más intelectual y el más antiintelectual”.

Nacido en Acaponeta, Nayarit, el 9 de julio de 1918, y muerto en Ciudad de México en 2010, Chumacero buriló una obra breve, ceñida, en la que regaló a los lectores algunos de los poemas perfectos de la lírica mexicana del siglo xx, pues, como poeta, Alí Chumacero pertenece a ese siglo, en gran medida heredero, como él mismo lo reconoció tantas veces, de los Contemporáneos, sus maestros.

Para Pacheco, “su aprendizaje en el silencio fue también su aprendizaje del silencio. En dieciocho años hizo lo que tenía que hacer, dijo cuanto tenía que decir, y desde entonces limitó su actividad poética a la no menos difícil e inventiva de lector”.

No pocas veces se ha hecho el paralelismo de brevedad y silencio entre la obra narrativa de Juan Rulfo (1917-1986) y la poética de Chumacero. Tres libros componen la producción literaria de Rulfo: El Llano en llamas (1953), Pedro Páramo (1955) y El gallo de oro (1956); tres libros también integran la obra poética de Alí Chumacero: Páramo de sueños (1944), Imágenes desterradas (1948) y Palabras en reposo (1956). En ambos la obra no se mide por la cantidad de páginas, sino por la intensidad y la maestría en Chumacero, y por la genialidad en Rulfo.

Dos veces entrevisté a Alí Chumacero: en febrero de 1992, cuando tenía setenta y cuatro años, y en septiembre de 2009, cuando había cumplido ya noventa y uno. (Moriría un año después: el 22 de octubre de 2010.) Ya era un gran escritor maduro cuando lo conocí a mediados de la década de los ochenta, y dos cosas que lo hicieron célebre, además de su maestría y su silencio poéticos, eran su sentido del humor y su ausencia absoluta de solemnidad. A propósito de ellas, Pacheco escribió que, en el trato diario, la conducta de Chumacero, fue siempre “una defensa contra la solemnidad de quienes se toman en serio a sí mismos y andan por el mundo proclamando que son poetas hasta cuando no escriben”.

Pasión, rigor formal, autocrítica, cultura literaria, perfección y silencio caracterizan la obra de Chumacero. A Marco Antonio Campos, amigo suyo y uno de sus mayores estudiosos, le dijo: “La autocrítica, que en mí fue extrema, es en cierta forma la reversión de lo que he opinado sobre la obra ajena: mis juicios acerca de las otras obras se han revertido sobre aquello que en horas muy solitarias he decidido convertir en palabras.”

Sin embargo, contra toda suposición obvia y contra toda lectura superficial, Chumacero no es un poeta intelectual en el sentido libresco, sino inteligentemente emotivo. En 1992 le pregunté: ¿Qué es lo que domina en tu poesía: la inteligencia o la pasión? Y su respuesta no pudo ser más lógica para quienes nos hemos emocionado con poemas tan entrañables como “Poema de amorosa raíz”, “Elegía del marino”, “Monólogo del viudo”, “Alabanza secreta”, “La imprevista”, “La noche del suicida”, “Al monumento de un poeta”, “Salón de baile”, “El triunfo del sosiego”, “Losa del desconocido” y otros más que forman parte de lo que Octavio Paz denominó “una liturgia de los misterios cotidianos”. En aquella ocasión, el autor de Palabras en reposo me dijo:

“Pienso que la poesía sin sentimiento, sin pasión, es endeble y más bien libresca. La poesía debe ser un arranque del ser, del sentimiento; del corazón, diríamos cursimente. Y no debe ser, de ninguna manera, una cosa inventada. No es un ajedrez, sino un juego de futbol: un juego en el que se pone todo; una forma de que el ser mismo se exprese. Para mí, la poesía arranca del sentimiento, de la sensibilidad, de la emoción, y se convierte en palabras a fin de que quien lea esas palabras pueda, a su manera, resucitar esa emoción que tuvo el poeta. Diríamos que la poesía es un punto de referencia, de comunicación, entre el poeta y el lector, con la idea de que éste logre recrear en sí mismo la emoción inicial que produjo esa poesía.”

La afirmación, la certeza, el principio de que la poesía no debe ser nunca “cosa inventada”, fantasía, ficción, es lo que hace que este gran poeta intelectual y a la vez pasional que es Chumacero consiga hacer vivir en el lector una experiencia íntima y no un trozo de “literatura”. En la creación literaria, como lo supo Verlaine y como lo reafirmó Chumacero, con excepción de la auténtica poesía, “todo lo demás es literatura”.

Fruto de esta emoción es el arranque inolvidable del “Responso del peregrino” (“Yo, pecador, a orillas de tus ojos/ miro nacer la tempestad”), que cumple todas las expectativas de la pasión, lo mismo que cada uno de los versos del “Monólogo del viudo” que así inicia y nos transforma para siempre: “Abro la puerta, vuelvo a la misericordia/ de mi casa donde el rumor defiende/ la penumbra y el hijo que no fue/ sabe a naufragio, a ola o fervoroso lienzo/ que en ácidos estíos/ el rostro desvanece. Arcaico reposar/ de dioses muertos llena las estancias,/ y bajo el aire aspira la conciencia/ la ráfaga que ayer mi frente aún buscaba/ en el descenso turbio.”

Y ni qué decir de la perfección de “Alabanza secreta”, “Salón de baile” y “Losa del desconocido”. Son poemas que hay que leer una y otra vez y que, en cada lectura, brindan su esencia de palabra precisa y profundo sacudimiento emocional. Pero no sólo es la emoción, es también la inteligencia que se cumple en el espíritu: “Inmóvil a la orilla del torrente,/ yo era el aprendiz de la violencia, el sorprendido/ olivo y el laurel mudable, porque a solas/ solía renacer cuando salía de aquel inmundo cuarto.”

Pocas veces la poesía mexicana es más profunda y a la vez más sencilla, más elemental sin ser jamás superficial, como en la obra de Alí Chumacero. Pocas veces nos hace ver, como escribió Rosario Castellanos, “que la palabra tiene una virtud:/ si es exacta es letal/ como lo es un guante envenenado”. De “Salón de baile”: “Sudores y rumor desvían las imágenes,/ asedian la avidez frente al girar del vino que refleja/ la turba de mujeres cantando bajo el sótano. [...]/ Desde su estanque taciturno increpan los borrachos/ el bello acontecer de la ceniza, y luego entre las mesas/ la tiranía agolpa un muro de puñales. [...]/ Cuando cede la música al fervor de la apariencia, grises/ como las sílabas que olvida el coro,/ casi predestinados se encaminan los rostros a lo eterno.”

Quizá no haya dístico a la vez más enigmático y más sencillo en su cifra y en su significado que este barroco, elemental e inolvidable que abre la “Losa del desconocido”: “Cuando hayas terminado, mira este muro ardiente/ donde la bestia cumple su reposo.”

En 1992, Chumacero me reiteró lo que ya había dicho otras tantas veces: “Dejé de escribir precisamente porque ya había dicho todo.” Y al preguntarle cómo juzgaba, pasado el tiempo (medio siglo), su obra poética, sentenció:

 

Pienso que mi último libro, Palabras en reposo, va a quedar como un libro digno de aprecio en la literatura mexicana. Los dos libros juveniles no creo que sean reprochables; son textos muy vivos; todavía no tienen la concentración del último, pero en conjunto los tres se complementan. Creo que ayudan a dar una imagen de un escritor.

 

A los noventa y un años me habló del que consideraba su mejor poema (“Responso del peregrino”) y al que ya se había referido, extensamente, con Marco Antonio Campos, para el indispensable libro de éste, El poeta en un poema (1998). “Responso del peregrino” es, sin duda, su obra maestra. Próximo a morir, resumió su génesis e intención con admirable síntesis:

 

Luego de la primera época a la que corresponden textos como “Poema de amorosa raíz”, empecé a hacer otro tipo de poesía, muy cercana a la de José Gorostiza; de ahí resultó el “Responso del peregrino”, el cual considero mi mejor poema; hecho entonces a mi novia que luego sería la madre de mis hijos. Es un poema que está dividido en tres partes que corresponden a tres momentos sucesivos de la creación poética. En la primera, hablo de la Virgen de Lourdes. Mi mujer, que ya murió, se llamaba Lourdes. Cuando escribí el poema, ella era mi novia, y el poema evoca a Lourdes confundiendo, y fundiendo, las dos personas: la Virgen de Lourdes y mi próxima esposa. Por eso escribo: “Elegida entre todas las mujeres,/ al ángelus te anuncias pastora de esplendores”, y luego digo: “Oh, cítara del alma, armónica al pesar,/ del luto hermana: aíslas en tu efigie/ el vértigo camino de Damasco/ y sobre el aire dejas la orla del perdón.” En la segunda parte hago un juego con la vida misma de los hombres casados con la mujer que aman, el nacimiento de los hijos y el paso de los años hasta llegar a la muerte. La muerte era, claro, la mía, en la idea de que ocurriría antes que la de Lourdes. El destino descifró mi misterio y me hizo sobrevivir, muchos años, a mi mujer, pero ahí se hace una evocación de lo que sería mi muerte y la presencia, al lado de mis restos, de los seres queridos. Finalmente, en la tercera parte hice una presentación de la posición de mi mujer, que era creyente en Dios, y la mía, que no es la de un ser muy creyente. Ahí se miran las dos posiciones, una frente a otra, pidiéndole yo a ella que rece por mí, que ruegue por este pecador, diciéndole que, en el fondo, soy un hombre bueno. Lo primero es absolutamente cierto y lo segundo a lo mejor también es verdad.

 

Nada habría que agregar después de esto. Pero si faltase algo por decir, únicamente sería que, en el centenario natal de Alí Chumacero, lo que celebramos son esas bondades del hombre, del poeta y de su poesía

 

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