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Del arte de leer en la cama

Una amiga costarricense me sugirió desde Ontario que habría que escribir algo sobre “¿Qué tan importante es para usted una mesa de noche?”, y como yo no la tengo decidí hacer una encuesta entre 176 amigas urbi et interneti, garantizándoles el anonimato para sus respuestas. Helas aquí, mínimamente identificadas, sólo para que se vea el área geográfica cubierta.

La primera me llegó desde Los Ángeles, una amiga colombiana: “Sin mesa de noche, dónde deja uno las gafas, las gotas para poder abrir los ojos por la mañana, el libro, la lámpara para leer. En el cajón van la libreta de apuntes,
el lápiz, el cortauñeros, el humectante para los labios ¡y la linterna! La mesa de noche es indispensable.”

Desde la misma Colonia donde vivo, una mamá joven, boliviana: “Tengo una mesita a cada lado de la cama. Una para las cosas de mi marido y otra para las mías. Tienen un cajoncito donde se pueden ocultar algunas cosas con las que no queremos que jueguen los chicos: binoculares, billetes coleccionados de los viajes, algunas fotos viejas. Sirven para apoyar desde una lamparita de noche hasta velas y/o todo objeto que utilicen las parejas en el momento del amor).”

Desde Buenos Aires: “Siempre me llamó la atención que en portugués de Portugal (porque en Brasil lleva otro nombre) se llame a este mueble “criado mudo”. No tengo mesa de luz, pero me encantaría. Hace años que vengo inventándome reemplazos de la mesa de luz. Ahora tengo un cajón de madera precioso, forrado en tela, en el que guardo libros y cuadernos en uso. El tema es que siempre queda chico.”

Desde El Escorial: “Pues para mí es importante para dejar allí durante todo el día el libro que leo en la cama (cuando lo cierro porque se me cierran los ojos, lo dejo caer al suelo). También para que esté el reloj, el mando a distancia del televisor, las gafas de lejos y de cerca, ¡¡¡el cenicero y el tabaco!!! (ahora que duermo sola me permito fumar en el dormitorio, no lo hacía desde hace treinta y un años).”

Desde Managua, una amiga de los gatos: “Las mesas de noches hoy en día han cambiado mucho. Yo tengo dos que son muy artesanales y diferentes entre sí. En una que es rectangular, como una banca pequeña tengo mi laptop cuando trabajo en mi cuarto, lo hago en mi cama y uso esa mesa cuando termino de trabajar. En esta misma coloco mi celular y sé
que está a la par de mi cama por cualquier emergencia. Además, uso un banco alto, de
ésos que ocupan los guitarristas o en algunos bares, para tener mi libro de cabecera y mis
lentes para ver tele.”

También desde Managua: “Para mí es indispensable para dos cosas: Poner el o los libros que estoy leyendo, una lámpara y alguna medicina que necesite: gotas descongestionantes de las fosas nasales, por ejemplo. Conozco sí, un poema de un poeta nicaragüense, Roberto Cuadra, del grupo Generación Traicionada, caracterizados como rebeldes en su juventud de los años sesenta, que dice: “Mesita de Noche”: “En la mesita de noche, en el/ mantelito plástico,/ quedaron:// el vaso de agua/ el reloj/ despertador/ la botella con tragos// la almohada con mis/ atormentados/ sudores/ nocturnos// las trompadas/ y el amanecer que/ me vio salir/ para no volver.// Creo que así/ terminó todo.”

Desde Sonora/México: “Mesa de noche, de luz, de polvo, sueños, recuerdos o buró. No importa el nombre que le demos. Yo tengo una por cada lado, y bien podría decirle que estoy por quitar ambas, que, junto a mis almohadas, sospecho hacen equipo para sabotear mi sueño, son cómplices del insomnio recurrente en cada madrugada. La situación actual de mi mesa del lado izquierdo es darle lugar a una cajita de música que hace años no abro, lo que guardé en ella ni siquiera lo extraño y la amistad de quien me la obsequió ni música necesita; fue un ángel de pisada muda que nunca supe si quería llegar o yo me fui; además, está la pila de libros por leer, y los primeros tres siempre son los títulos que, según mi ánimo, me arrullan y acompañan en la odisea de cada noche para conquistar el sueño. Del lado derecho están los que me arrancan un suspiro al cerrarlos, los que lamento su partida y se convierten en títulos de cabecera.”

Desde Bogotá: “Para poner la lámpara, guardar el medicamento de la noche y/o de la mañana, para poner el libro, para guardar lo que no tiene puesto y para adornar el lado de la cama. Eso es.”

Y una vez más desde Bogotá, de una abuela primeriza: “¿Lo dices en serio? Lo más importante de la mesa de noche es que tenga cajones, para poder guardar allí todo tipo de cosas, sin que se vea desordenado. Desde los medicamentos más socorridos hasta linterna, navaja, cremas, y los libros que compiten con el preferido actual, que invariablemente va encima de la mesita, igual que un vaso y una jarra de agua. Para no hablar de una lámpara, que también puede ser de pie, o de otro tipo. Dile a tu amiga que lo mejor de lo mejor es cuando la mesa de noche tiene ruedas, como la que me mandé hacer este año.” [Le pregunto si no implementó también una gaveta para tener a su nietica siempre a la mano].

Desde Gerona, una amiga argentina: “Una mesa de noche es importante por lo obvio: sirve para apoyar el libro de turno, la luz que alumbra el libro, el Ventolin para la tos, un par de libros más por si el de turno aburre o cansa, la crema para las manos, un vaso de agua, un portarretratos con una foto familiar. Pero también para lo que se esconde detrás de lo obvio: el libro que acompaña la soledad de la noche; la luz que aleja la tristeza de la soledad de la noche; el Ventolin que alivia la tos pero que también devuelve a la infancia (cuando las manos maternas acercaban el artefacto); un par de libros más, imprescindibles, como dos columnas que sostienen un edificio, que forman parte de la historia de uno y a los que se puede recurrir como se acude a un amigo en busca de un consejo; la crema para las manos que acaricia, relaja, permite la reflexión en los dos minutos que dura el masaje de los dedos; un vaso de agua que calma la sed en medio de una pesadilla, mucho más si la pesadilla es sobre caer en un abismo; un portarretratos con una foto familiar que ayuda a pensar que nada está perdido, que todo vale la pena. Una mesa de noche es un salvavidas en medio del mar.”

Desde Montevideo: “¡qué barbaridad! Cómo se puede vivir sin una mesa de noche –mi mamá siempre dijo: “mesa de luz”– junto a la cama? ¿Y dónde irían la veladora, la pila de libros, los cigarrillos, el agua, los lentes, ahora también el celular? Y en mi caso agrego la radio, el platito con la manzana –es lindísimo leer en la cama comiendo manzanas–, y por la mañana, la taza primera de café, la que
de a poco va trayendo alguito de lucidez... Hombres.”

Desde Heidelberg, una amiga mexicana: “La mesa de noche o buró, como decimos en México, es básica. El simple hecho de contener la lamparita para poder leer en la noche antes de dormir, la hace indispensable. Ya en una forma secundaria es buenísima para aventar el cambio (las monedas sueltas) que salen de los bolsillos después del día, para dejar el reloj, para alojar un despertador, para colocar el celular mientras se carga toda la noche, o para almacenar los libros o revistas que se leen en la cama. Como mujer, también debe tener un cajoncito debajo donde (yo al menos) guardo mi joyería, y cualquier cantidad de mugritas o accesorios para el cabello, o el aseo personal. Ah y no puedo olvidar que mi gato la aprecia mucho también, sobre todo en las altas horas de la madrugada donde le gusta posarse a observarme intensamente pretendiendo que despierte a darle de comer.”

Desde Cáceres: “Mi mesilla de noche no es tal. Es la balda intermedia de una estantería metálica situada muy cerca del cabecero de la cama. No me gustan las mesillas. Prefiero que, si es posible, el mueble sirva de sostén a un buen número de historias; unas ya leídas y, por tanto, vividas, y otras aún por incorporar a mi imaginario personal. Además, en esa estantería guardo con devoción el costurero de madera que me regaló mi madre hace unos años; no porque yo tenga especial querencia al arte de la aguja y el dedal, sino porque ella sabe que tarde o temprano recurro a él y en sus cajones, además de botones y alfileres, también encuentro lo cálido y sabio de sus manos cortitas, suaves y acogedoras. Además conservo algún recuerdo de trabajos de amor perdidos; no sé muy bien por qué, pero ahí siguen, más cerca del corazón que de la cabeza.”

Desde Ontario, la amiga tica que me dio la idea de hacer esta encuesta: “Mi mesa de noche me sirve también de día. Mi lugar preferido para leer es la cama, por eso no podría vivir sin mesa de noche. Una lamparilla al fondo, unos adornos para no olvidar. Una colina de libros esperando, el de arriba el que estoy leyendo, siempre con un marcalibros, no con la hoja doblada. Antes tenía un radio pequeño y viejo, el de papá, pero se lo regalé a mi hija. De la gaveta, muy revuelta, no te cuento nada más sino que guardo una botellita de aceite esencial de melissa para poner en la almohada unas gotas por la noche y soñar bonito.”

Y desde Ataliva, en Santa Fe/Argentina: “En Ataliva le decimos ‘mesita de lú’ porque sirve pa apoyyar la lamparita pa leer en el catre.
Y aura me quedo en la rama pa ver como me garantisás l’anonimato, a ver cuántas pibas de Ataliva tenés que responden tu encuesta.”
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