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Estampas de Alí Chumacero

Una mañana en su oficina del Ajusco. Muy temprano le llevé la reseña para que me diera el visto bueno. Le entregué el par de cuartillas obligadas –rigurosos tres mil caracteres– que la revista Azteca, boletín bibliográfico internacional del fce, solicitaba a los comentaristas de las novedades editoriales de la casa del Ajusco, entonces ya instalados en sus novísimas oficinas.

Tomó las dos cuartillas con sus manazas, enormes, delicadas, blanquísimas, las propias de un hombre con una estatura de uno noventa y ciento veinte kilos de peso, quien aún transpiraba los whiskeys de la velada nocturna. Las aireó frente a sí. Antes de comenzar a leerlas, tomó su pluma fuente –depositada sobre un escritorio ordenado por el caos, rebosante de hojas sueltas, Himalaya de galeras, libros, manuscritos, lupas, cuentahílos y un recipiente donde apilaba lápices, bicolores, plumas, abrecartas, tijeras, cutters–, ya empuñada, trazaba con delicadeza acentos, comas, eliminaba palabras, reemplazaba otras.

—El título me parece apropiado –me decía– para tu reseña, pero no para el contenido del libro que comentas (El mundo de Odiseo, de Moses i. Finley). Me entregó las hojas con parsimonia, tal como era su carácter con los amigos, discípulos y subordinados suyos.

–Llévala a captura y que la publiquen en el siguiente número —me ordenó, y sin transición, me preguntó–, ¿ya le pagaron?

–No, maestro –le respondí con recato.

–Bueno, ahorita lo arreglo.

Ese “ahorita”, entonces y para mí, pronunciado por Alí, quería decir en este momento estoy tomando el teléfono, le marco al contador y le exijo que le paguen ya.

Cuando llegaba a mi escritorio, timbró el teléfono. Era el contador que, con voz neutra, me ordenaba que subiera a recoger mi cheque.

Alí, además de poeta consagrado, sabio editor y crítico contumaz, era una autoridad moral en la casa del Fondo.

 

Otro día en su casa de Juanacatlán.

–Maestro, ¿me deja ver su Cristo?

-¿Qué tanto chingados le ves? –muy aireado me preguntaba.

–Nunca había visto uno enmascarado –le respondía.

—Bueno, pasa, pero no toques nada.

Caminé hacia la escalera, a la altura del primer rellano, sobre la pared estaba empotrada la cruz del Cristo enmascarado. La máscara que envolvía su cabeza era de color plata. Sólo los ojos, azul marino, quedaban descubiertos. Mirándote.

Al volver a la sala, me preguntaba, vaso en mano:

–¿Ahora qué le viste a mi Cristo?

–No tiene llagas, ni por su cuerpo escurre sangre –le contestaba, siempre con timidez para evitar sus explosiones de viejo cascarrabias.

–Qué más quieres si ya está crucificado, colgando de la cruz, con ese martirio es suficiente.

–¿Por qué lo tiene ahí?

-En esta casa guardamos la apariencia de los ateos, pero leemos la Biblia con el fervor de los dominicos.

 

De nuevo en su oficina. Un lunes al mediodía pasa caminando muy despistado por mi zona de trabajo. Trae en su mano derecha el número de Azteca recién salido de las prensas. Blandiendo el boletín, me reclama:

–Atendiste la puntuación y la ortografía en la reseña, pero dejaste igual su título, ¿por qué no lo corregiste?

Aunque siempre procuraba acatar sus observaciones, en esa ocasión me replegué a su instrucción pues no me parecía clara ni justa.

–En sus indicaciones usted me dejó abierta la posibilidad de cambiarlo o conservarlo. Como autor de la reseña, consideré pertinente mantenerlo pues desde ahí empieza tanto la recensión como la crítica del libro, tal cual usted me lo ha comentado y solicitado en repetidas ocasiones.

Me mira, mesa sus canas en una cabellera floreciente a pesar de sus años, azota el boletín contra su larga pierna, ataviada con un riguroso traje gris oscuro. No deja de mirarme cuando me recita con su voz de soprano enclaustrado en una caverna:

–Muy bien. Acepto la iniciativa, pero me metiste un gol, cabrón. –Y sin transiciones, como era su costumbre, me pregunta–: Por cierto, ¿ya le pagaron?

–Sí, maestro, muchísimas gracias.

 

De nuevo en su casa. Sábado por la mañana.

–Maestro, le traje las galeras para su aprobación.

–Déjame verlas. Pasa y siéntate en la sala.

-Con permiso.

-¿Quieres ver de nuevo al Cristo?

-No, maestro, hay demasiado dolor en esa cruz.

-Acostúmbrate al dolor, todavía te falta mucho por vivir.

-No sé si podré pero lo intentaré.

-Toma –me regresa las pruebas de imprenta–. El lunes las entregas, que capturen las correcciones y que manden los archivos a la imprenta.

–Así lo haré, maestro.

Antes de despedirme, miro sus manos, le pregunto:

–¿Qué hace, por qué tiene las manos tan sucias?

–Ah, estoy limpiando la máquina de escribir de Mariano Azuela. Algunos mezquinos amigos y mis méndigos enemigos me afirman que no es, pero yo sé que sí fue su máquina.

–¿Cómo sabe que sí era? ¿Fue con la que tecleó Los de abajo?

–Con ella escribió esa novela y otras más. Me lo dijo su sirvienta. Ella me la vendió. También me chismeó la rutina de trabajo de Marianito.

Don Mariano trabajaba de noche, siempre de noche. Después de atender a sus pacientes, hacer la ronda con los amigos y barbear por las tardes a los políticos de la época. Ella me dijo que Azuela la compró en El Paso, Texas. Al regresar de su exilio, se la trajo con ella, bien embalada para que en el trayecto no se maltratara por el bamboleo del ferrocarril.

Sólo a la sirvienta le permitía acercarse a su escritorio para sacudir la máquina, nunca para acomodar los papeles ni mucho menos los libros, nadie tenía permiso de hacerlo. Él era el único que metía mano en su escritorio. Ni a la esposa le permitía sacudirle el polvo acumulado.

Seguramente el manuscrito texano de Los de abajo fue mecanografiado con esta vieja Olivetti. Y me la señala orgulloso, orondo de su propiedad atesorada. En realidad una reliquia, pero si el maestro no la conservara ya se hubiera perdido entre las inmundicias de la basura. La última vez que la vi conservaba sus teclas y estaba bien lubricada.

La limpio de vez en vez –me dice–, pero nunca escribo en ella. Yo soy poeta y respeto el silencio de los difuntos. En las noches de insomnio me siento ante ella y me imagino las figuraciones de Marianito ante la creación de sus personajes y circunstancias: Demetrio Macías, su perro Palomo, la Colorada, las emboscadas de los insurgentes contra los federales.

Una cosa me ha intrigado siempre. ¿Por qué no dotó a Macías y sus huestes de una doctrina, una ideología política que aprobara su sacrificio? En cambio, sólo los retrató como unos cuáqueros, meros ladrones de ganado y asaltantes de caminos, unos forajidos sin horizonte político. Te acuerdas, ¿verdad?

–Del retrato de los personajes, la trama y los combates, sí, maestro, pero de la orfandad política que menciona no me había percatado.

–Bueno, en su momento leerás la novela con otros ojos y un criterio que te permitirá destejer el entramado de la novela, sus implicaciones políticas y sus aportes a la novelística mexicana. ¿La tienes?, ¿no? El lunes me lo recuerdas para que te den un ejemplar de cortesía. Ahora vete a tu casa, que ya es hora de la comida. Me despido.

Cuando me alejo escucho que murmura el retrato del sol que pespunta Azuela en Los de abajo:

 

Cuando escaló la cumbre, el sol bañaba la altiplanicie en un lago de oro. Hacia la barranca se veían rocas enormes rebanadas; prominencias erizadas como fantásticas cabezas africanas; los pitahayos como dedos anquilosados de coloso; árboles tendidos hacia el fondo del abismo. Y en la aridez de las peñas y de las ramas secas, albeaban las frescas rosas de San Juan como una blanca ofrenda al astro que comenzaba a deslizar sus hilos de oro de roca en roca.

 

Otro lunes. De vuelta a la oficina.

Al regresar de mi hora de comida, sobre mi escritorio, alguien había dejado un sobre tamaño esquela, color manila, con la letra del poeta Chumacero. Cuando lo abrí, dentro venía un ejemplar de Los de abajo con una sencilla y pulcra nota manuscrita en tinta negra: “Verifica mi comentario.”

 

Deniz en su tinta.

Mientras diagramaban la revista Raíz de Tinta, me manda a recoger un texto con Gerardo Deniz. En un papel membretado con su nombre me anota la dirección y el teléfono del poeta. Me indica, cuando me lo da, que vaya a recogerlo cuando Deniz me lo indique.

Acuerdo con el poeta Deniz hora y día para recoger el manuscrito –entonces todo se escribía a mano o a máquina.

Llego a la casa de huéspedes donde residía, entre Insurgentes y San Antonio, El Greco, aún en servicio. Toco el timbre. Por el interfón, una voz de soprano pregunta quién es. Me presento y digo el propósito de mi visita. Esa voz pide que lo espere un momento.

Cinco minutos después, un señor enorme abre la puerta, el de la voz. Me presento y le digo que vengo de parte de Alí.

–Ah, ¿tú eres el enviado de Alí?

–Así es.

–Bueno, te mandó por este texto. A ti te lo entrego. Me lo saludas.

–Yo se lo entrego apenas llegue al trabajo.

–Muy bien, muchas gracias. Hasta luego.

Deniz cierra la puerta y yo me encamino a Insurgentes para tomar un pesero que me acerque a San Ángel, y de ahí tomar otro a las oficinas del fce en el Ajusco.

Mientras acomodo mis tiliches sobre el escritorio, suena el teléfono. Es Alí.

–¿Cómo te fue con el poeta?

–Muy bien, maestro, le manda saludos y el texto.

–¿Qué dice?

–No lo sé, viene en sobre cerrado.

–Súbelo.

–Aquí tiene.

Abre el sobre, saca los folios y los desdobla. Los pone frente a sus ojos y lee. Bisbisea cada renglón. Mientras avanza en su lectura, afirma con un movimiento de la cabeza. Termina de leer. Me los extiende. Leo en silencio el manuscrito, “Alí Chumacero”, de escasas dos cuartillas. Una elegía a la persona y obra de Alí.

–Captura el texto –me ordena– y se lo entregas al editor de Raíz de Tinta –donde fue publicado en mayo de 1992–. En su penúltimo párrafo, Deniz solicita:

 

Entre belladonas tipográficas —que él mismo difundía con esa soma propia de un académico portador de tifoideas– era un alivio que Alí Chumacero asomase por la puerta del cubículo ridículo de uno en uno, por aquel Fondo de Cultura Económica demasiado legendario, para ponderar con realismo pluscuamzhdanoviano:

—Maestro… ¡mejor hubiéramos sido putas…!

Lo cual da para pensar cuando menos durante media vida.

 

Así era Alí Chumacero. Así lo recuerdo por sus enseñanzas en la lectura y la escritura, su magisterio en la vida, por sus empeños en la crítica. Hubo otros episodios, unos de ira, otros remojados por interminables whiskeys, unos más, muchos más, de benevolencia con los trabajadores a su cargo l

 

 

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