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Tomar la palabra
Por Agustín Ramos

Por obra y gracia

A Florencia Blancas y a Olga Sabido Ramos,

con gratitud

 

En las elecciones cada quien se portó como debía o como quiso. Con ello, por primera vez en la historia, pudo cumplirse en paz la voluntad mayoritaria. Sería apresurado medir el alcance futuro de este cumplimiento pero es más prolongado aún el pasado que circula en las venas de esta voluntad. Y todo sin romper un vidrio, al menos por parte de quienes ganaron. Porque lo resienta quien lo resienta y se arrepienta quien se arrepienta, unos ganaron de calle y otros perdieron hasta la identidad. Y así las cosas, los mapaches se transforman en ardillas y como buenas ardillas acumulan provisiones por si se acaba la era de dinosaurios gordos, pontífices sumos, chayotes y agandalles.

Aquí no se está hablando de buenos ni de malos sino de lo único práctico incontestable tras una confrontación: vencedores y vencidos. Una mayoría histórica de votantes en México salió a ejercer su derecho y lo hizo como se le pegó la gana, pasándose por las chaparreras los consejos de quienes desde los tiempos de Porfirio Díaz han tenido la palabra y han ostentado la inteligencia, no por méritos propios sino merced a su empinarse ante el príncipe para agenciarse la tribuna, el altar, el trono y el dorado saber y cultivar.

Contra ellos y contra los amos de ellos, la gente-gente impulsó el principio de una aurora. Su acto no pasó por las palabras –actrices y actores saltaron esas trancas usufructuadas y antepuestas por quienes se califican a sí mismos de liberales, demócratas, modernos y cosmopolitas. Pasó sin permiso del boletín oficial que un memo sacristán quiere hacer pasar como arte y pensamiento. Pasó hablando los lenguajes de diario, las mortificaciones de siempre, la duda caótica de ser. Pasó sobre augurios guajiros y miedos mediáticos. La gente-gente, esa arrasadora mayoría, restituyó su dignidad al abuelo y al padre. Sin tanto hablar, parando oreja y subiendo antena, se hizo tapia y tejabán, cortina de lluvia. Estuvo en lo que estaba y fue yendo a lo que iba (hablo de la mayoría de la mayoría del sesenta y tres y tantos por ciento de votantes mexicanos).

Voy y vuelvo, dijeron. Y dejaron de lado la inmundicia emitida desde el púlpito, a través del micrófono, en la magna cátedra de saliva y papel. Olvidaron o se sobrepusieron a la intimidación que por una u otra vía los alcanzó y a la desmoralización de nueve décadas de garrote electoral, cañonazos de millones en efectivo y de balas orondas que comprobaban su impunidad ante instituciones acobardadas y venales. Voy y vuelvo, dijeron las madres y las madres de las madres y las madres de las madres. Y volvieron con su canasta llena de país, de un país vivo y dispuesto a hacer y deshacer por obra y gracia de su voluntad.

¿Triunfó la izquierda o la derecha? Ser de izquierda o de derecha sólo consiste en asumir modos de ver, pensar, sentir…, hasta completar un razonamiento casi total que conforma una ideología, una creencia, una cosmovisión. Digo “casi total” porque excluye la acción, la práctica viva de cada momento o de períodos históricos. La división coyuntural deriva finalmente en bueno y malo, bonito y feo, conveniente e inconveniente, altruista y egoísta, simpático y antipático, ejemplar y deplorable y, en la sima de la postverdad, lo correcto y lo incorrecto. Porque aquí se está hablando de política y esta división sólo parece útil para efectos políticos, efectos que aun con sus puntos, matices y franjas intermedias, lo encasillan a uno forzándolo a encasillar al otro. Por eso, para mayor exactitud en la acción política y en la valoración de ésta, más que la clasificación dual quizá sería preferible saborear a fondo el pan de cada día y analizar con rigor las barricadas que la historia levanta con puntualidad, imponiendo al individuo y a su colectividad una elección entre lo que quiere y puede o lo que por temor debe, entre permanencia u olvido, razonable obediencia o santa voluntad.

 

 

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