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Bemol sostenido
Por Alonso Arreola

Uno más que muerde el polvo

Hay esperanza. Eso sentimos en México, lectora, lector. Un nuevo gobierno se prepara para administrar lo que somos en conjunto. Lejos del augurio fatalista, no se ha revuelto el río. Sin embargo, eso significa que algunos pescadores renuncien a ganancias ilícitas durante una transición harto compleja. No hablamos de empresarios que ante la magnitud de la victoria han reculado por conveniencia inevitable. No hablamos de políticos que ante la más aplastante de las derrotas han reculado por conveniencia inevitable. Supervisados por una sociedad cada vez más atenta, ambos grupos deberán instalarse en un sitio diferente del tablero que habían construido a base de insensibilidad y egoísmo. No hablamos de ellos.

Hablamos de los delincuentes que no se disfrazan; de los que van por las aceras ampliando los dominios de organizaciones cada vez más temerarias haciendo de la madrugada un ecosistema peligroso. Ellos ganan terreno en colonias otrora salvaguardadas por algo de justicia. Aunque serían muchos los casos y reflejos, nos abocamos a dos ejemplos que vivimos de cerca en los últimos años: las colonias Roma y Condesa (no, no vivimos allí), golpeadas por quienes limitan o impulsan –según su conveniencia– la operación de bares y restaurantes que tanto significan en la generación de empleos y libertad ciudadana. Auguramos, si la realidad no cambia radicalmente, que muy pronto serán muchos los establecimientos que renuncien a su negocio cerrando puertas, entregándole las llaves a delincuentes cuya presión resulta incontenible. Allí uno de los mayores retos de Claudia Sheinbaum, quien deberá priorizar con inteligencia no sólo a partir de lo inexistente, sino de lo que vive en estado enfermo y que ha de sanearse con urgencia.

¿Por qué hablamos de esto el día de hoy? Porque un lugar emblemático –puente entre la Roma y la Condesa, precisamente– ha perdido la batalla celebrando su décimo aniversario. Hablamos de un espacio en el que innumerables músicos se iniciaron, en el que miles de jóvenes vivieron su primer concierto y que guardará silencio definitivamente. Para ser justos, empero, hay que decir que la inseguridad no fue la única razón de su cierre. Hablando con su fundador nos enteramos de que la afluencia de público bajó significativamente por falta de variedad en las bandas que sonaban en su escenario. Su argumento: los conjuntos no se regeneraron, como sucedió prolíficamente a principio de la década.

Además existen otras razones personales para su renuncia, tan válidas como las que lo llevaron a iniciar la aventura hace ciento veinte meses. Inspirado en sus años californianos, cuando la indispensable publicación L.A. Weekly le recordaba que en una gran ciudad siempre deben existir espectáculos de sobra, este músico y emprendedor decidió que en un principio su lugar abría de cinco a siete días de la semana. Pudo mantenerlo así por mucho tiempo, pero a últimas fechas ya sólo funcionaba hacia el fin de semana, lo que lo hizo insostenible.

Agregamos otra explicación: los grupos originales también disminuyeron por la proliferación de las llamadas Bandas Tributo, abocadas a tocar covers de agrupaciones famosas (Pink Floyd, Queen, Kiss), apuesta segura para dueños y clientes que ya no buscan arriesgarse con nuevos proyectos, pues su cotidianidad sonora se circunscribe a una relación afable con Spotify y Youtube. Uniéndose al destino del Bulldog Café –que también cerró puertas este año–, la ausencia de este bar afectará a la salud de la música original en Ciudad de México. Participemos entonces para que la esperanza se convierta en hechos. Si en la zona Roma-Condesa quedan espacios como El Péndulo, El Bajo Circuito, El Bizarro y El Caradura, asistamos a sus conciertos.

Digamos finalmente que con más de dos mil bandas y más de tres mil conciertos en su haber, un imperio ha terminado. Se le extrañará. Esperamos que quienes le dieron vida encuentren otras formas de la necedad, tan necesaria en la creación cultural. Buen domingo. Buenos sonidos. Buena semana.

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