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La otra escena
Por Miguel Ángel Quemain

Danzatlán, el lugar de la danza en la Ciudad del Teatro

El festival de danza, que más bien debería llamarse “de las artes escénicas”, titulado Danzatlán, realizado por iniciativa de la bailarina mexicana Elisa Carrillo (a través de su fundación homónima), primera bailarina del Staatsballet Berlín, por fin arrancó con las características y cualidades que poseen los grandes festivales de organización gubernamental, sea federal o estatal de gran presupuesto: una programación cuidadosa, escrupulosa, de peso y nivel internacional, con una acertada difusión en términos de relación con la prensa y en la elaboración y colocación de sus piezas de comunicación e impresos. La diferencia es que este festival se realiza tal vez con la quinta parte de recursos y del personal que suele dar vida a una gran producción del Estado.

Por la calidad de sus participantes internacionales, de las producciones nacionales, las conferencias y los talleres, pareciera que se trata de la asimilación de al menos tres décadas de organizar grandes producciones en múltiples escenarios, con características de producción que colocan a nuestro país como una de las grandes columnas del espectáculo teatral en América Latina, donde los grandes ejemplos son también Argentina y Colombia, aunque los chilenos no se quedan atrás.

Tanto en los teatros del INBA (Palacio de Bellas Artes y Teatro de la Danza) como en el Sistema de Teatros de Ciudad de México que tutela el Esperanza Iris (además, este último conmemora su centenario y ha sido preparado para las grandes producciones del mundo por quienes han transitado y manejado organizaciones escénicas de gran complejidad), se cuenta con un gran equipo de técnicos capaces de resolver cualquier enigma sin que los detenga la lengua ni los paradigmas sindicales

que desde siempre han tensado las relaciones entre

el personal técnico y los realizadores independientes de los sistemas burocráticos. Es decir que, a pesar de todo, el teatro se mueve.

En cuanto a los programas que se presentaron desde la sesión inaugural, el lunes en el Teatro de la Ciudad, la Hubbard Street Dance Chicago fue el inicio de la espectacularidad de una parte muy importante de la danza europea, estadunidense, mexicana y latinoamericana. Aunque en el caso de México hubiera sido deseable que la curaduría incluyera a nuestros mejores exponentes: Rossana Filomarino, Cecilia Lugo, Cecilia Aple‑

ton, Rosario Armenta (ella es su compañía), que cuentan con los bailarines más potentes de la escena nacional, aunque por supuesto estuvieron Ceprodac y el México City Ballet, que participaron con un estreno: Hecho en México, pero por ser parte del INBA tenían que estar.

Pero vuelvo sobre mis pasos para reconocer la enorme calidad no sólo de la Hubard Street Dance Chicago, quince bailarines que tienen un poder interpretativo para poetizar esta Grace Engine de Crystal Pite, concentrada en ofrecer una visión del pensamiento que atraviesa el cuerpo en unas dimensiones de invisibilidad, como sólo puede serlo la soledad de las grandes ciudades que ordenan la subjetividad, sus géneros y condiciones sociales de inmovilizadores emocionales, resueltas por el coreógrafo con eminentes clarooscuros, deslumbramientos y recortes de siluetas que se mueven como una vorágine que parte del cuerpo y se transforma en una atmósfera que vuelve a éste para devorarlo.

En este conjunto emblemático del mundo contemporáneo están también las coreografías de Alejandro Cerrudo (Pacopepepluto y Lickely Split) y Minus 16, de Ohand Naharin, que le dan humor y descanso a la hondura de Pite. Es digno de aplauso el Ballet Mexicano de la Discapacidad, porque su capacidad para crear imágenes a partir de lo que son sus cuerpos, y sus mentes instaladas en esos cuerpos, es verdaderamente ejemplar para repensar el movimiento a partir de algo que falta, de una ausencia, no consistente en la fantasmática realidad del deseo, sino ausencias reales que se materializan, ahí sí, en los descubrimientos y las fronteras corporales e incorpóreas de los deseos que fluyen en el violonchelo de Maricarmen Graue; esa cuerda, ese pulso poderoso que anima al cuerpo de baile que insufla con su arte sin concesiones: David Serna Sesma.

Hay que hablar y muy largo del significado de estas empresas y cómo se insertan en nuestros aparatos culturales. No alcanza el espacio para comentar ahora los trabajos extraordinarios y conmovedores de Les Ballets Jazz de Montreal, pero ya lo haré. Por lo pronto, hoy concluye Danzatlán con la presencia de Brasil, la Compañía de Sao Paulo con una coreografía de Nacho Duato, todo en Toluca

 

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