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Las rayas de la cebra
Por Verónica Murguía

Soltar las piedras

Cuando era mucho más joven, antes de que México fuera un país violento, yo aspiraba a ser escritora de novelas policíacas, una especie de Agatha Christie región 4. Tenía el argumento de la primera: un grupo de muchachas de secundaria atestiguan un homicidio cometido en la escuela –la Secundaria 8, en la San Pedro de los Pinos– y deciden callar por miedo a la asesina, maestra de Química. La maestra desaparece. Una de las chicas se come una torta de jamón envenenado con arsénico, comprada en la cooperativa de la escuela. La joven muere en el patio, rodeada por quinceañeras llorosas y maestras asustadas. Las otras van a la policía y se meten en un lío. Primero, nadie les hace caso. Sus padres se alarman, los judiciales las hostigan, un novio demuestra habilidades detectivescas.

La maestra no aparece, las chicas comienzan a dudar una de la otra. Luego resulta que la muerta sabía más de lo que decía sobre la maestra de Química, etcétera. Muy oronda, fui y le conté mi argumento a un amigo, quien reaccionó con cierto repeluz:

–¿Escribir de muertes y asesinatos? Qué barbaridad. Te vas a deprimir.

Entonces se canceló mi vocación de escritora noir.

Hace tres años quise escribir un cuento navideño realista. Iba a tratar de unas mujeres frívolas y envidiosas que se reunían en el Maxim’s con el pretexto de celebrar la Navidad. En realidad, su desayuno de mimosas hechas con Taittinger y jugo de kumquat era la excusa para competir por demostrar quién era más guapa, más rica, más exitosa. La única feliz era la perdedora.

Tampoco pude. No puedo mencionar marcas en los cuentos porque ese recurso me recuerda Sicópata americano, la novela de Bret Easton Ellis, libro que detesto. Odiaba a las protagonistas, hasta a la buena. Me aburrí mortalmente durante dos semanas en las que me senté todas las mañanas a redactar media página abominable. Hasta que de pronto una fecha vino a mí como un rayo. El 25 de diciembre de 1100, Balduino de Edesa, un cruzado, fue coronado rey de Jerusalén. Esto sucedió en Belén, en la iglesia de la Natividad. El porqué de ese asunto, comprobable con una mirada a la Wikipedia, es mi cuento.

Quedé encantada. No por el cuento, sino por mi incapacidad de salir de mis asuntos. Me pareció una especie de demostración de autenticidad. Ahora me parece la prueba clara de que soy muy limitada. Quiero escribir de todas las formas en las que se puede escribir y sobre los temas que el mundo me ponga enfrente. Como Flaubert, como Calvino, que tenían un rango tan amplio. Digo, son ejemplos inalcanzables, pero debo hacer un enorme esfuerzo por no ser tan cerrada.

Debo confesar que casi no escribo groserías, aunque tengo una lengua como de perico veracruzano. Un día mi marido me preguntó el porqué. Contesté: “¿Y si alguien las lee?” Esto no merece un comentario, como no sea de mi psicoanalista.

No escribo novelas de amor, detectivescas, contemporáneas, eróticas o futuristas. No escribo cuentos de horror porque me asusto, ni de violencia porque sobra en México. No soy confesional. Ahora que escribí de cuestiones familiares en este espacio, fue un duro reto. A ratos me agobiaba la idea de haber cometido una indiscreción. No escribo cyberpunk aunque adoro las distopías desde el momento en el que cerré Un mundo feliz, pero si el Renacimiento me parece modernísimo, ¿cómo le hago para mudarme al futuro?

Esta lista es sólo una mirada superficial sobre mis limitaciones. No escribo poesía. Eso es una tara espantosa: apenas la puedo sobrellevar leyendo poesía como una condenada. No escribo teatro, a pesar de que si jurara por alguien, lo haría por Shakespeare.

Me voy a obligar a hacer todo esto que no he podido hacer aunque me cueste muchísimo trabajo. Seré como los corredores tarahumaras, ésos que van con piedras en las manos y cuando las sueltan, salen volados. Lo malo es que no podré contar aquí cómo me fue, porque usaré seudónimo. A ver.

 

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