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Prosaísmos
Por Orlando Ortiz

La Pardo Bazán, cuentista

 

A la Condesa de Pardo Bazán, o Emilia Pardo Bazán, se le asocia de inmediato con la novela, y en particular con Los pazos de Ulloa, texto polémico en su momento y que no deja de ser interesante si se considera que presenta personajes, conflictos y ambientes que cuestionan la sociedad de su época, muestra los prejuicios sociales y políticos, la decadencia e injusticia de la España –y en particular de Galicia– de finales del XIX y principios del XX. Si a lo anterior añadimos que tal herejía había sido escrita por una mujer, además preparada e inteligente, uno puede imaginarse el escándalo que provocó en el mundo hispano de las letras, ámbito casi en su totalidad exclusivo de los hombres. Ella misma comentaba que si en su tarjeta de presentación se leyera “Emilio” en lugar de Emilia, su vida habría sido otra.

Hace muchos-muchos años, en una Antología del cuentos que preparó Menéndez Pidal, leí dos textos de la Pardo Bazán (“El salón” y “El zapato”); me parecieron simpáticos, no más. En ellos predominaba el humor, la ironía y un buen manejo en la organización de la historia. El hecho es que doña Emilia también fue cuentista, y en serio, es decir, no escribió dos o tres cuentos por encargo o compromiso. En su haber tiene más de seiscientos relatos, publicados en periódicos y revistas que, posteriormente, se editaron en casi veinte volúmenes. La casualidad trajo a mis manos varios de estos libros y me sorprendieron positivamente. Es más, podría decir que me agradaron –y emocionaron– más que sus novelas. Tal vez porque el primero que tuve oportunidad de leer fue “Un destripador de antaño”, que me remitió a los realistas y naturalistas franceses decimonónicos, que siempre han sido admirados por mí. Me refiero a Balzac, Zola, Flaubert, Maupassant, etcétera. “El destripador...” es un relato que, en mi opinión, marca una línea entre las narraciones costumbristas de los “realistas” españoles y la posición renovadora y desafiante de la Pardo Bazán, en la que se impone su mirada crítica y analítica de las costumbres gallegas, la situación de las mujeres, el maniqueísmo de la Iglesia y una especie de humor negro o ironía respecto a la “justicia” y la corrupción de la misma.

Una constante en sus textos es la mujer, vista como tal y no como paradigma de sufrimiento, amor, dulzura y similares que caracterizaban las narraciones decimonónicas de los autores y autoras españoles. Los paisajes idílicos, las relaciones “románticas” –entiéndase almibaradas y melancólicas– las situaciones a modo y los personajes planos quedan relegados, las más de las veces, en los textos de la Pardo Bazán. Ella crea personajes redondos, verosímiles, producto de pasiones, ideas, sentimientos y herencias atávicas. Por esto fue considerada determinista y positivista, pues se declaraba “naturalista”, discípula de Zola, y krausista, es decir, de mentalidad científica, contraria a las prácticas e ideas de una sociedad ñoña, mojigata y bastante oscurantista.

He revisado una parte mínima de la producción cuentística de la condesa, sólo cuatro volúmenes que tuve la suerte de conseguir: Cuentos de invierno, Cuentos sangrientos, Cuentos de verano y otoño y Cuentos de mujeres valientes. Son apenas una muestra de su escritura, y encontré en ellos un mundo de temas y tratamientos, de búsquedas y también –hay que decirlo, porque no va en demérito del grueso de su producción– algo de inocencia, producto de su afán de mantenerse en el “naturalismo”, es decir, en una posición científica, que a la vez era matizada por sus creencias religiosas, herencia familiar. Esta es otra de las peculiaridades de la Bazán: era partidaria de las ciencias pero no por eso renegaba de su catolicismo. Esto tampoco lo entendía Zola, amigo de ella, a quien le parecía inexplicable que la condesa pudiera conciliar el naturalismo con su ferviente catolicismo.

Reconocía que algunos de sus textos no eran producto de su imaginación, sino que estaban basados en hechos reales, llegados a ella como experiencias narradas por testigos de los mismos o protagonistas de ellos; otros, imagino, los había cosechado de la tradición oral, los dichos, los periódicos, la observación de su entorno en cuanto expresiones y hablas, y desde luego, posteriormente elaborados por su talento. De ahí que los “atentados” al casticismo haya sido otro de sus “pecados”, pues introdujo en sus relatos tipos, conflictos, ambientes y temas considerados obscenos, y que en la actualidad, al sacar de contexto, podrían calificarse de inocentes.

Mi aproximación a estos relatos de la condesa me convencieron de que era una excelente cuentista.

 

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