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Bemol sostenido
Por Alonso Arreola

En el bar suena Luis Miguel

Dos ideas imperaron en nuestra cabeza durante un viaje reciente. Inoculadas en distintos momentos por amistades que gustan de madrugadas laberínticas (mujer y hombre), ambas se complementaban en torno a la clasificación musical de nuestros días. Ella es fotógrafa. Él es productor. Ella dispara tesis como: “Me valen madre los tipos de música, en lo que me fijo es en el nombre de una pieza y de su compositor… para mí el género no importa.” Él, por su lado, derrama sesudos comentarios: “Con la homogenización de las audiencias la industria musical perdió el beneficio de géneros más pequeños que el pop, pero saludables y bien diferenciados, como el metal, el rap, el reggae y el progresivo, cuyos consumidores ayudaban al ecosistema completo mientras fortalecían su propia identidad.”

Veamos: aunque estos géneros siguen existiendo y sus seguidores son fieles –atendiendo a nuestro amigo–, también es verdad que muchos escuchas, y más en las nuevas generaciones, no sienten ninguna obligación de exclusividad –como dice nuestra amiga. El fenómeno se exacerba en medios visuales e interactivos. Entonces cabe la pregunta: ¿siguen las músicas prescritas o determinadas subrayando rasgos específicos de quienes las disfrutan, contribuyendo a la creación de tribus?

En un momento gobernado por las apariencias, cuando tantas voces se suicidan en el abismo de la aprobación global, pareciera que las fronteras auditivas pierden sentido. Si durante años la radio, los festivales, las tiendas físicas y los sellos discográficos compitieron por descubrir diversos géneros y dentro de ellos diferentes estilos y dentro de ellos individuos singulares, a últimas fechas apuestan por limar ángulos buscando la suavidad de un pop esférico y terso, incluso cuando viene del mestizaje. Eso trae peligros.

Aunque la homogeneidad parece algo bueno relacionado con la justicia y la igualdad, en la creación artística –como en las razas– es un reflejo de quienes evitan trances estéticos o ideológicos apostando a un solo color. Enfrentar el arcoíris exige más trabajo para los mercaderes que explican al producto, para los patrocinadores que se asociarán con ellos, para los promotores y curadores que exhibirán su ser sobre el escenario y que prefieren inclinarse hacia un fascismo sonoro. La banda se les hizo demasiado ancha y ahora quieren un solo tipo de agua. ¿Ejemplo?

Redactamos esta nota, precisamente, en el aeropuerto de Miami, cuna de la música latina homogenizada. En el bar suena Luis Miguel. Sin haber visto un solo capítulo de su afamado culebrón, escribimos en Twitter: “¿Ver la serie de un intérprete anacrónico, desconectado de quienes aplauden su victimizada ignorancia, cuando hay tantas veredas por transitar? Güeva.” Algunos celebran la ocurrencia, pero hay quien responde: “Autolimitarse por una pose intelectual anacrónica, hueva también. Las personas no se definen por ver una serie, escuchar un cierto tipo de música o leer determinados libros, cada quien tiene herramientas para interpretar lo que ve y decidir qué tanto pesa en su vida.”

Nunca discutimos con quienes responden contradictoriamente, pero como estábamos pensando en la relación entre géneros e intérpretes, escribimos: “Por supuesto que las personas también se definen por ello. ¡Faltaba más! El colmo de la ignorancia... Allí la victoria de la pereza acomodaticia, la justificación dominguera y la perpetuidad de lo chafa. Pero disfrútalo. Que tus herramientas te ayuden.” ¿Nos pasamos de agresivos? Tal vez. Pero nos molestó ver con tanta claridad a uno de quienes afirman que escuchar, leer, ver y comer mierda te mantiene oliendo a rosas. En fin.

Los géneros musicales echan luz en el camino, sí, pero son ruletas agrupadas por la industria en casinos controlables. El artista, en cambio, es casilla en la que cae el tímpano momentáneamente. Una es movimiento, el otro detenimiento. Ambos giran. Ninguno garantiza calidad, belleza o entretenimiento. Existen y nos orbitan, si tenemos masa suficiente. De lo contrario damos vuelta nosotros y nos embrutecemos, tristemente. Buen domingo. Buenos sonidos. Buena semana

 

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