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Bemol sostenido
Por Alonso Arreola

Eliazar Velázquez, cuidador de memoria

 

Ha caído en nuestras manos una joya que apenas comenzamos a leer. Salido en 2004, el libro Poetas y juglares de la Sierra Gorda, crónicas y conversaciones, tiró mil 500 ejemplares vinculados a la colección “De Guanajuato al mundo”, presentada por Ediciones La Rana con apoyo del otrora Conaculta. Su autor es Eliazar Velázquez, investigador y promotor de credenciales notables que, además, resulta hermano del gran Guillermo Velázquez, líder de los Leones de la Sierra Xichú con setenta años recién cumplidos. Fue el talentoso Vincent –sobrino del primero e hijo del segundo– quien nos la regaló.

Miembro del comité comunitario que organiza el mítico Festival de Huapango Arribeño, Eliazar presenta conversaciones con catorce trovadores y siete violinistas, más una brillante selección de versos que van saliendo al paso y una nutrida sección fotográfica con cuarenta y tres imágenes, reflejo de la vida cotidiana y musical de sus entrevistados. Una puerta que nos conduce cariñosamente, más que a tiempos añejos, a geografías contemporáneas cuyo aparente anacronismo responde a las circunstancias en que viven muchas de nuestras tradiciones.

¿Por qué hablar de un libro así a catorce años de que saliera? Algo nos conmovió desde la primera hojeada: la certeza de que la mayoría de quienes hablan en sus entrañas fallecieron ya sin que un gran público escuchara sus voces entreveradas, entreversadas. También nos mueve, y esto es lo más importante, que su autor ha publicado otros libros recopilando la memoria de su tierra: Almas de lluvia, El telar secreto y el reciente Cerros abuelos (2018), que reúne documentos, fotografías y testimonios de familias que vieron el movimiento cristero y el agrario del siglo XX. Habrá que conseguirlo.

Cuidador de memoria, Eliazar es de los que hablan y escriben con pausada inteligencia. Así lo constatamos mirando alguna entrevista suya y en la introducción de este Poetas y juglares…, titulada “Umbral I”, donde muestra su diáfana sabiduría y uso virtuoso de la palabra. Pasando las hojas pensamos, incluso, en la suerte de que el libro llegara tarde a nuestro regazo, pues a su buen peso de cuatrocientas páginas (es una muy cuidada edición) se suma el de un vacío insondable que deseamos corregir ya mismo. ¿Cómo? Buscando y recomendando poco a poco a quienes lo surcan.

Sí, Eliazar es de los que hacen cultura abriendo brecha, convenciendo a colegas de distintas regiones interesados en las músicas tradicionales, enalteciendo la sapiencia de los viejos, sacándole recuerdos a quienes combatieron por años a un silencio que no rompían la radio, la televisión ni mucho menos las computadoras o los teléfonos móviles; tejiendo charlas sin prisa, allí donde la música de Europa cambió de atuendos y motores para seguir consumando su única y fundamental urgencia: la de enmarcar el paso de las cosas simples que, siempre, pueden ser excepcionales.

¿Quiénes son, pues, los Poetas y juglares de la Sierra Gorda? Soslayando nombres y apellidos, los trovadores en huapangos y topadas improvisan cumpliendo matemáticas repentinas, luminosas ocurrencias que se fijan en el tiempo gracias a una sed estructural que se sacia con belleza. Hablar de ellos, empero, exige hablar de su contexto. De eso va la obra de Eliazar, yuxtaposición de realidades que de pronto externa: “En muchas de estas regiones –que son casa y abrigo de los sones de México […]– actualmente son precarios los equilibrios culturales, las guías del frijol y la calabaza se enredan en las antenas de Sky, los chavos llegados del Norte pasean en brechas polvorientas con sus estéreos a todo volumen, y mientras las ancianas rezan el Rosario, ellos hacen del machismo virtud nacional y se solazan repitiendo hasta el cansancio sus andanzas entre polleros y sus visitas furtivas a las sex shops.”

De ese tamaño es el reto de quienes van entrando a nuestro gobierno, pero sobre todo y como siempre, de quienes prestan atención a la potencia del pequeño universo en que día con día alguien levanta la voz y canta sin esperar ser oído. Buen domingo. Buenos sonidos. Buena semana.

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