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La casa sosegada
Por Javier Sicilia


Hugo Ortiz, el monero y el artista

 

Para Denisse Buendía

 

Algunos caricaturistas políticos son también pintores. La mayoría de los primeros hacen su trabajo en las revistas nacionales. Sin embargo, en las provincias hay también varios de ellos que, desconocidos en el resto de la república, inciden profundamente en la vida política local. Entre los muchos que hay en Morelos, uno, Hugo Ortiz, sobresale no sólo por su talento, sino también por su condición de pintor y escultor. Lo recuerdo caminando al lado del maestro Rius –quien diseñó el logotipo que aún es un emblema de la denuncia: “no+Sangre”–, durante la marcha que el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad realizó el 5 de mayo de 2011 hacia Ciudad de México.

Influido, como siempre lo ha reconocido, por quienes considera los mejores moneros en el ámbito nacional (el propio Rius, Helguera, Hernández, Rocha, Magú, Boligán y Carreño), Ortiz, sin embargo, está, en su condición de pintor y pese a su juventud –nació en 1980–, más cerca de otro monero y pintor que al igual que él residió en Morelos y murió cuando Ortiz tenía apenas once años: Abel Quezada. En ambos la pintura es una continuación de sus caricaturas. Para el primero, la irónica mirada que proyecta en sus monos se vuelve en sus pinturas reflexión de la existencia cuyo humor, refinado hasta lo exquisito, nos provoca una sonrisa. Para el segundo, cuyos métodos expresivos son más amplios y realistas, el sarcasmo de sus monos se proyecta en un realismo doloroso en sus pinturas y esculturas. Mientras Quezada mira al mundo con una sonrisa, Ortiz lo mira con una mueca de sarcástico e incisivo desagrado. Mientras Quezada es un observador burlón del mundo de la política cuyas pinturas suaviza con la gozosa mirada del niño que confía en que todo pasará, Ortiz, en cambio, es un testigo sarcástico y descarnado de la política; observándola sus mundos artísticos muestran, como en Posada, sus estragos. Cercano también a los novelistas gráficos, como el magnífico José Luis Pescador –también residente en Morelos– que empiezan a descollar, sus monos y sus dibujos buscan algo más: narrar no sólo la estupidez política, sino también sus consecuencias, las que nos han llevado a la tragedia. “En mi caso –dijo a Mario Casasú en una entrevista publicada en el diario chileno Clarín– mi pintura y mis dibujos están influenciados totalmente por la narrativa. Por ello trabajo en series. La idea principal es permitir a las imágenes que componen mis series contar historias, las cuales sé que anidan en los espectadores.”

Esas series que a su vez se corresponden con otras series nos dan, como debe suceder en cualquier artista, una imagen del mundo. La de Hugo Ortiz, a diferencia de la de Quezada, está amputada de cualquier sonrisa benévola, de cualquier infancia. Es el mundo del desencantamiento y del rictus, el mundo de la risa hiriente que denuncia la estupidez y lo atroz de sus consecuencias; el mundo del juicio sin concesiones. Cada uno de sus monos, cada uno de sus rostros, narra a veces la mirada de la idiotez, a veces –sobre todo en sus dibujos– la del desconcierto, la de la dureza o la del extrañamiento frente a lo único que habita en el México de hoy: el encierro, la muerte y el espanto que Quezada creía superados, pero que, pese a todo –los artistas ignoran siempre lo que nos revelan– había insinuado a través de la sonrisa que, a veces con la ironía de la caricatura, a veces con la mirada infantil de sus pinturas, sus universos nos provocan.

A falta del sólido apoyo que todavía la realidad le brindó a Quezada, Ortiz se aferra a un conjunto de trazos tan sarcásticos y dolorosos que parecen resumir la dura sentencia de Cioran: “Debemos reconsiderarlo todo, hasta los sollozos.”

Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, detener la guerra, liberar a las autodefensas de Mireles y a todos los presos políticos, hacer justicia a las víctimas de la violencia, juzgar a gobernadores y funcionarios criminales y refundar el INE.

 

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