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Las rayas de la cebra
Por Verónica Murguía

Nombre de pluma

 

Solo sé de un autor que haya adoptado un seudónimo de mujer. El nombre de pluma que usó fue Yasmina Khadra; el libro que leí se titula Lo que sueñan los lobos y se suponía que la autora era una argelina que narraba la desventura de una mujer que se acerca a los extremistas religiosos empujada por la desilusión. La crítica social contenida en la novela me pareció admirable porque Argelia no es un país liberal y Khadra no dejaba títere con cabeza. Poco después, en el año 2000, el señor Mohammed Moulessehoul reveló que él era quien escribía las novelas. Yasmina Khadra es el nombre de

su esposa. Moulessehoul aseguró que usaba el seudónimo para superar la autocensura que le impedía escribir con libertad.

Se armó un carnaval. En primer lugar, entre los franceses que habían acogido las novelas con entusiasmo. Supongo que les parecía –como a mí, no me estoy pitorreando– que Khadra, al publicar esos libros, daba pruebas no sólo de un gran talento como escritora, también de audacia.

En Argelia el escándalo se armó por razones distintas: como el autor había estado en el ejército, publicar novelas críticas lo convertía en un traidor que había levantado el velo proverbial con el que los militares del universo tapan sus crueldades. Y porque había escrito en francés en lugar de hacerlo en árabe. Moulessehoul acabó yéndose a Francia, donde poco después los libros recuperaron prestigio y lectores, pues son buenísimos.

De esto me quedo con que a los argelinos les tenía sin cuidado que una mujer escribiera en francés porque son una sociedad sumamente conservadora, que desdeña la literatura escrita por mujeres. Así, que Khadra escribiera en francés o en esperanto les importaba un rábano, pues se imaginaban a una visionuda señora, pero cuando se supo que detrás del nombre había ni más ni menos un miembro del ejército, les dio un síncope.

Moulessehoul ha confesado que habitar el nombre de su mujer le concedió una libertad enorme, que lo liberó de las ataduras que el machismo y el ejército argelino imponían a su espíritu.

Lo mismo podrían decir las muchas mujeres que han escrito con seudónimo masculino, refiriéndose a las dificultades con las que el mundo aturde a las mujeres que escriben. Todos sabemos que Georges Sand era Aurore Dupin y que George Eliot era Mary Ann Evans; los años han convertido este hecho en una curiosidad biográfica, pero lo hicieron para poder publicar con relativa libertad. O publicar, a secas.

Dos de mis escritoras favoritas: Ursula K. Le Guin y Joan Kathleen Rowling fueron U. K. Le Guin y J.K. Rowling por razones comerciales. A las dos se les sugirió usar sólo sus iniciales “para atraer a lectores del sexo masculino”. Lo que siguió después es una historia que incluye el destape –un soplón en la editorial– del seudónimo que J. K. Rowling había creado para escribir sus novelas policíacas: Robert Galbraith.

No le daba la gana seguir usando su nombre pues pensaba, con razón, que los lectores que aman a Harry Potter iban a leer las desventuras de Cormoran Strike, su detective, esperando magia o una prosa juguetona. Pero no hay parecidos entre la serie de Galbraith y Harry Potter, lo cual sólo habla bien del talento de Rowling.

A quien lea esto creyendo que son asuntos superados, le pediría que le diera una leída al debate que se dio entre la escritora Siri Husvedt y el novelista Karl Ove Knausgard cuando ésta le preguntó en una entrevist a acerca de sus influencias femeninas. Knausgard se ufanó de no tener ninguna y dijo que sólo había leído a una mujer en toda su vida, a Julia Kristeva. A Husvedt, dueña de una inteligencia agudísima, una prosa diáfana y una cultura literaria y científica notables, la respuesta le cayó mal.

Como lectores, deberíamos preguntarnos de vez en cuando: ¿el sexo de los autores determina nuestra actitud ante los libros? La respuesta, si es sincera, será en la gran mayoría que sí. Y lo que sigue es reflexionar.

 

 

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