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Monólogos compartidos
Por Francisco Torres Córdova

 

Plegaria del niño robado

 

Crepita la manta en mis oídos. Crepita la lluvia en la ventana. Y conmigo se mece y se me entra por la piel una penumbra sudorosa, fría por dentro y caliente en las orillas. Suenan voces y trastes de cocina detrás de la puerta, a veces en un patio ladra un perro, otras en el aire un silencio feroz en mi cabeza. Para traerme aquí apenas hizo falta el corte oblicuo de un segundo y su mareo, quizás un caramelo o dos, un juguete de señuelo, el lento cortejo del misterio en una pantalla de cristal, su cálida malicia machacada en mi inocencia, o sin más y porque puede a todas horas, la fuerza pura en pleno acuerdo con su dolo sin fisuras, desatada como es a la intemperie de los días. Sé que pasamos muchos baches y vueltas con una lentitud a punto de la prisa, atenta al disimulo, y luego trechos largos y callados de país ya impuesto al abandono, haciendo cada vez más hondo y sin remedio mi extravío y más cerrada mi distancia, disolviendo mis rasgos y señas, lo que hace solamente mía mi persona, el lunar heredado en la barbilla, la pequeña cicatriz en el dorso de la mano izquierda, el tono de mi voz y de mi llanto, en las mejillas los hoyuelos si sonrío, la sudadera verde con capucha que prefiero, los botones que faltan siempre a mis camisas, los zapatos sin trabilla y sucios de la escuela. No sé dónde es aquí así doblado y metido como vine en un costal. Estaba en una plaza y era el tumulto del domingo. Estaba en un mercado y era jueves y fue su griterío. Estaba en casa y fue por la ventana rota. Estaba en la escuela y fue la puerta sin candado. Estaba en el parque y fue esa hora invisible en la cima de la tarde; esa hora cualquiera tan propicia entre nosotros al jalón y su despojo. Nada más entonces. Nada menos. Cesa la lluvia pero no su resonancia que me busca, mi madre con su voz descoyuntada a media noche en medio de la calle, mi padre empantanado en la sórdida espiral de la denuncia. Detrás de la mordaza que me muerde, yo respondo todavía: soy Edgar, Paula y Anahí; Ricardo y Perla, Verónica, Patricia, Daniel y Jesús. Tengo siete, diez, cinco y dieciséis; doce, ocho, cuatro, trece y nueve años hasta aquí de vida y los que vengan, si vienen, en el alma con un quiste inoperable de terror. Si me salva de la muerte con su leva el sicariato, muy pronto me verás de halcón en avenida o cierta bocacalle sin retorno, o sólo cuerpo y del cuerpo sólo la caricia mercada en una playa, un video, un hotel o sucia callejuela, o en el vivero de la sangre que me queda, una médula, dos córneas y un riñón en punto de venta conocido a plena luz de leyes mortecinas, dejadas a su suerte en el papel. Pero aún estoy aquí, con una cadena de perro en los tobillos y en el cuello, en esta habitación de bloques grises y piso y techo de áspero cemento, seca la boca de una sed que no sabía, tiritando huesos más allá de mi esqueleto. Si acaso entonces te salen al encuentro las señales de mi ausencia, la escueta ficha de la alarma que te anuncia mi extravío –la hora tal con tales prendas, el tono de la tez, el cabello, el talle y la nariz, la boca y la edad y la estatura, el peso, la fecha y el último lugar, ese último lugar desatendido–, no reduzcas la mirada. Tal vez recuerdes algo tuyo en mí, un destello de mí en tu rutina. Tal vez te reconozcas y te veas ahí donde estuvimos ese instante vertical a la pasada y de reojo, en la comisura de tu vida y de la mía, y vayas y lo digas, y así tal vez me quites de encima esta manta que crepita en mis oídos, que huele sin piedad a polvo, orines y manteca…

 

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