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Prosaísmos
Por Orlando Ortiz

Emilia Pardo Bazán: el feminismo de la condesa

Doña Emilia Pardo Bazán publicó en 1882 La tribuna, considerada como la primera “novela proletaria” en España, pues la protagonista es una obrera republicana que trabaja en una fábrica de tabacos. Para escribirla, la autora pasó dos meses observando y conviviendo con las trabajadoras de una fábrica en La Coruña; de ahí que, según Danilo Manera, “se basa en lengua y costumbres populares, sin huir de las situaciones consideradas escabrosas”. Le impresionaron fuertemente las infernales condiciones de trabajo de estas mujeres, su carácter y su espíritu de lucha. El marco es una huelga de las cigarreras que, como es de suponer, no tiene final feliz. En su momento la obra se consideró escandalosa.

Para algunos estudiosos de la literatura española, la Pardo Bazán introdujo el naturalismo y un aliento innovador en la narrativa hispana, y también desafió el vetusto casticismo al utilizar coloquialismos en su discurso, algo tal vez más escandaloso para los puristas, al grado de que don Leopoldo Alas, desde la Academia, despectivamente la acusó de “prosaica”. Es obvio que por ese motivo, aunque en una o tres ocasiones fue propuesta para ingresar a la Real Academia Española de la Lengua, lo impidió la oposición de los ínclitos miembros de la misma. Juan Valera argumentó: “Por poco que abriésemos la mano (al ingreso de mujeres), la Academia se convertiría en aquelarre.”

El escozor provocado por La tribuna se acentuó años después, con Insolación, novela publicada en 1889. El escándalo fue mayúsculo, previsible en una sociedad comparable con la época victoriana inglesa, es decir, excesivamente mojigata y conservadora. Las reseñas aparecidas la criticaron severamente, lo que era de esperarse de epónimos especímenes de las letras ibéricas de entonces, pero incluso Leopoldo Alas escribió, refiriéndose a la protagonista: “Una señora, lo que se llama una señora, no disfrazada de señora —¡hay tantas que a la postre resultan unas tías!— no admite de buenas a primeras [...] la invitación de un hombre casi desconocido a una romería donde menudean los navajazos y las borracheras...” y “Qué idea tan triste da esta novela del nivel moral de la mujer madrileña.”

Para las mentes gazmoñas era inconcebible que una mujer decente tuviera “apetitos”, o tal vez podrían aceptar que los tuviera, pero no que cediera a ellos. Resulta escandaloso, por lo tanto, que la marquesa (protagonista de la novela) se meta con él (que recién conoció) “en figones y merenderos, se emborracha, etc., hasta volver ambos ahítos y saciados de todo lo imaginable, para continuar amancebados a la vista del lector, con minuciosos pormenores sobre su manera de pecar...” (Creo que sobran los comentarios.)

También en 1889 corrió el rumor de que tres mujeres podrían llegar a la Academia y, ante la cerrazón de los académicos, la pardo Bazán publica dos trabajos que se consideran su respuesta: “La cuestión académica. A Gertrudis Gómez de Avellaneda”, y “La mujer española”, escrito por encargo de una publicación inglesa, Fortnightly Review, publicado también más tarde en España y en el que aborda la situación de la mujer en los diferentes estratos sociales, desde la clase baja hasta la aristocracia. Ese año es significativo, pero en realidad en todos sus escritos está presente siempre la mujer española y planteada, de manera sutil o abierta, la doble moral imperante en la sociedad, en tanto fija una conducta sexual para el hombre y otra para la mujer. El machismo, la sumisión injustificada de las mujeres, etcétera, son temas que abordó en sus novelas y relatos, y también en artículos (que fueron miles), ensayos y conferencias.

Casada a los diecisiete años, se separa del esposo en 1884 cuando éste, alarmado por la respuesta escandalosa de la élite literaria, le prohibió que siguiera escribiendo. Desde ese momento se dedicó al periodismo y escribió a Benito Pérez Galdós: “necesito un poco de serenidad, para trabajar sin desaliento. Me he propuesto vivir exclusivamente del trabajo literario sin recibir nada de mis padres, puesto que si me emancipo en cierto modo de la tutela paterna, debo justificar mi emancipación no siendo en nada dependiente”. En otras palabras, deseaba ser consecuente en todo.

En 1916 la Universidad Central de Madrid (hoy, Complutense) la nombró catedrática de Literaturas Neolatinas. Se dice que el claustro de profesores y algunos alumnos la boicotearon y decidió retirarse; otros afirman que sus cátedra era tan exitosa que llegaron a matricularse en ella más de ochocientos alumnos, mientras en la del ilustre Ramón y Cajal había sólo 221.

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