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Bitácora bifronte
Por Jair Cortés

 

Cesare Pavese: cenar a solas

Las sociedades contemporáneas han impulsado una infatigable cruzada contra la soledad que ha impedido que los individuos alcancen el autoconocimiento que bien podría librarlos del yugo que los somete durante su existencia. La soledad, en nuestro tiempo, se impone como un castigo o una deficiencia del carácter, y pocas veces se entiende como un fase de plenitud en la que cada quien es capaz de vivir conscientemente. La religión, el sistema educativo, el concepto de familia y (ahora) el dominio omnipresente de internet, nos han implantado la necesidad de estar “acompañados” para huir frenéticamente de nosotros mismos.

En un lúcido y breve poema titulado “Manía de soledad”, el poeta italiano Cesare Pavese asumía la soledad como una experiencia espiritual en donde todos sus sentidos despertaban a la reflexión y conocimiento profundos desde uno de los rituales que más ha mancillado la colectividad: la cena: “Ceno cualquier cosa junto a la clara ventana./ El cuarto tiene ya la oscuridad del cielo./ Al salir, las calles tranquilas conducen,/ en pocos pasos, al campo abierto./ […] Basta un poco de silencio para que todo se detenga/ en su lugar real, como ahora mi cuerpo./ Toda cosa se aísla frente a mis sentidos/ que la aceptan sin corromperse: un murmullo de silencio./ Puedo saberlo todo en la oscuridad,/ como sé que la sangre corre por mis venas./ […] Oigo a mis alimentos nutrirme las venas/ de todas las cosas que viven sobre esta llanura./ No importa la noche. El cuadrado del cielo/ me susurra todos los fragores y una estrella pequeña se debate en el vacío, lejana de los alimentos,/ de las casas, distinta. No se basta a sí misma, necesita demasiadas compañeras. Aquí, en la oscuridad, solo,/ mi cuerpo está tranquilo y se siente señor.”

Diecisiete años después de publicar este gran poema, Cesare Pavese se suicidó a los cuarenta y dos años, quizá como una última forma de ejercer ese derecho a estar a solas y encontrar el sentido último de la libertad. Más que provocar conmiseración, su acto es admirable porque pocos como él, en esa solitaria cena descrita en “Manía de soledad”, han comulgado con todas las cosas del universo, alcanzando la totalidad en su silenciosa y oscura soledad, sintiendo cómo el ser encuentra el sitio exacto en su sagrado continente: el cuerpo, diferenciándose de la suntuosa estrella que “No se basta a sí misma” porque “necesita demasiadas compañeras.”

 

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