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La casa sosegada
Por Javier Sicilia

Los celos

 

Los sombríos Celos, de semblantes pálidos y lívidos,siguen con paso vacilante a la

Sospecha que los guía.

Voltaire

 

En 1957, Alain Robbe-Grillet escribió una novela fundamental, cuyo título, La Jalousie, es intraducible al español. Jalousie significa al mismo tiempo “celos” y “celosía”. En ella, el narrador mira a través de la celosía –que sólo le permite una visón fragmentaria– a su esposa y a su amigo Frank conversar en el jardín de la casa. Desde allí asiste impotente a lo que supone es el inicio de una relación adúltera.

Lo inquietante de la novela, además del punto de vista, es la puesta en evidencia de la experiencia de los celos: una percepción –a partir de evidencias fragmentarias que no corresponden necesariamente con la realidad– que provoca una dolorosa sensación de exclusión, de despojo.

No conozco una representación plástica más inquietante de esta realidad narrada por Robbe-Grillet que uno de los varios cuadros de Edvard Munch dedicado a los celos: una pequeña habitación con una chaise-longue y un tapete redondo como único mobiliario. Al fondo, en el marco de la puerta, una pareja se besa apasionadamente, mientras en el primer plano el rostro de un hombre nos mira. Pálido, sus ojos desorbitados revelan un dolor inaudito que podría llevarlo al asesinato. Sin embargo, como sucede en la novela de Robbe-Grillet, el personaje del cuadro de Munch sólo percibe a la pareja mediante su imaginación. No la ve –está a sus espaldas–, imagina que la ve.

Los celos, dice Olivié Rey en el postfacio al magnífico estudio de Jean-Pierre Dupuy, La Jalousie, une géometrie du désir, reproducen la percepción de la primera experiencia del despojo: el momento en que el recién nacido mira alejarse a su madre. “Vi –escribe San Agustín en Las confesiones– a un niñito celoso: no hablaba y miraba con malos ojos a su hermano de leche.” Los celos reviven en quien los experimenta el trauma no superado plenamente de esa primera separación y, a través de él –aunque no lo sepa o porque no lo sabe– la nostalgia de una completud metafísica, de una plenitud imposible, al menos aquí en la Tierra, como lo expresa dramáticamente el “Salve”: “A ti suspiramos gimiendo y llorando en este valle de lágrimas”, y de una manera exquisita el propio San Agustín: “Señor, nunca estaremos en paz hasta que lleguemos a ti.” Sólo que los celos carecen de esperanza. Al encerrar al sujeto en sí mismo y en una sensación absoluta de exclusión, el deseo de asegurarse, dice Dupuy, la posesión imposible y exclusiva del otro, hace que los tormentos se vuelvan infernales, carentes de respuestas. Visión especular construida mediante fragmentos que, como lo revelan la novela de Robbe-Grillet y la pintura de Munch, provocan una sensación de angustiante encierro, los celos nos condenan a la soledad y el sinsentido de la desesperación. Es la terrible afirmación, en la ópera de Wagner, de Tristán al rey Marcos que, devorado por los celos, exige una respuesta a “este infierno del que ningún cielo libera”: “Oh, Rey, esto/ no puedo decírtelo;/ lo que pides/ jamás podrás conocerlo.”

Para este furor irracional –no desprovisto de causas, pero potenciado por la imaginación y el encierro subjetivo– que clama una respuesta, “no hay, en efecto –escribe Dupuy– un porqué que ofrecer, tanto del lado del verdugo como el de la víctima. El sufrimiento de los celos carece de límites”. Signo de una exclusión y de una ausencia de orden metafísico que perdió su verdadero objeto: Dios, diría San Agustín, “necesitaría un tiempo infinito para expresarlo y un tiempo infinito para dar cuenta de las acciones que lo suscitaron”. Ante ello “sólo conviene el silencio de la noche”, el silencio del misterio.

Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, detener la guerra, liberar a las autodefensas de Mireles y a todos los presos políticos, hacer justicia a las víctimas de la violencia, juzgar a gobernadores y funcionarios criminales y refundar el INE.

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