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Monólogos compartidos
Por Francisco Torres Córdova

A la luz del Egeo

 

Ama al prójimo desmerecido y chancletas. Ama al prójimo maloliente, vestido de miseria y jaspeado de mugre./ Saluda con todo tu corazón al esperpento de butifarra que a nombre de la humanidad te entrega su credencial de gelatina, la mano de pescado muerto, mientras te confronta su mirada de perro…

Bestiario, Prólogo, Juan José Arreola.

 

Robusto, altivo y ruidoso, se detuvo de pronto. Llevaba unas bermudas cruzadas de arrugas mugrosas y viejas, una camiseta de amplias espaldas moteada de aceite y apretada a su panza voraz y elocuente, y unas chanclas de pata de gallo que dejaban afuera la mitad de sus pies. Estaba en el solario de la tercera cubierta del ferry. Tendría una treintena de años, la cara grande en la cabeza chica, el cabello castaño con rizos pringosos sobre la frente, sienes sumidas, largas mejillas y el mentón diminuto hundido en el pliegue de una papada de piel blanquecina salpicada de puntos oscuros y forúnculos rojos. Las orejas abiertas de bordes rosados; los ojos redondos metidos a fuerza en sus cuencas sanguíneas. La boca pequeña, los dientes torcidos, encimados algunos y otros corridos a un lado y tal vez más amarillos adentro. Inmóvil mole inamovible, los hombros vencidos, la mirada insolente, metía los dedos de uñas mordidas en una bolsa de frituras de harina y después los lamía con fruición infantil. En su labio inferior de grueso declive brillaban la grasa, la saliva y el sol. Tras un espasmo del buque en la primera mañana de su lento trayecto, echó a andar con ritmo oscilante y sin embargo agresivo, el pecho hacia arriba, el ademán soberano, orillando a la gente a su paso, hasta bajar la escalera de popa a la cubierta inferior. Dejó el aire fibroso y aturdida la luz del Egeo. Una media hora después subió a la cubierta una mujer con el mismo relieve, acaso un poco menor. El cabello negro y lacio con rubios mechones ya desvaídos, la tez cacariza y morena, los ojos hinchados, uno más abierto que el otro, ralas las cejas, la nariz jorobada de fosas enormes, la boca grande de labios delgados y secos. Llevaba una blusa sin mangas y bajo la tela gastada golpeaban sueltos los pechos y el vientre carnoso; un pantalón corto, sucio de siempre que se encajaba en sus ingles y oprimía sus vastas caderas, los tobillos fuertes, los talones blancuzcos y unas sandalias con suela de corcho y hebilla dorada. Se movía despacio y mecía los brazos menudos para su torso. Sudaban sus hombros más que su frente un plomizo sudor. Miró a su alrededor con displicencia y hastío, y se dejó caer en un sillón de plástico junto al barandal de cubierta. Un filo de sombra se alargaba en su denso contorno. Pasó más de una hora. De pronto retumbó en la cubierta una voz con un nombre. Ella enderezó la mirada. Era el hombre de antes que volvía a buscarla y daba zancadas sacudiendo las manos. Ella sonrío. Entonces, tendidos los brazos se encontraron los pechos. Entre reproches, arrumacos y guiños, un temblor abundante de carnes se anudó en un abrazo poderoso y preciso de tiernos colosos. Se atinaron las bocas torcidas el suave relumbre de un rosario de besos. En los hombros caídos se acordó el desacuerdo de sus dos esqueletos; en las rodillas metidas se alinearon sus talles a su íntima altura. La antigua caricia canceló en un instante su ser contrahecho y su altivo desgarbo, mientras la luz del Egeo tardaba en sus cuerpos su severo ritual de belleza…

 

 

 

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