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Biblioteca fantasma
Por Eve Gil

Oh… me han violado

Si Flaubert hubiera vivido o reencarnado en el siglo XXI, su madame Bovary habría sido una voraz empresaria, divorciada –pero codependiente de su bonachón exmarido– madre de un hijo (no hija) apabullado por el temperamento de su madre. Sería, de hecho, bastante cínica respecto al amor, al grado de mantener una relación con el esposo de una amiga que la adora. Esa mujer sería la Michéle de la novela Oh…, de Philippe Djian (así, sin siquiera un signo de exclamación), punto de partida para el tremebundo guion de Paul Verhoeven, cuya heroína caracterizó la excelsa Isabelle Huppert. Me refiero, por supuesto, a la película Elle.

No obstante la celebridad adquirida por esta película, y el hecho de que Isabelle ya hubiera leído y comentado Oh… cuando le ofrecieron el papel, la novela no se mencionó en reseñas o análisis del filme en cuestión. En 2018, una preciosa editorial artesanal española, Fulgencio Pimentel, publica una inmejorable traducción de Regina López Muñoz. Nacido en París, en 1949, descendiente de armenios, Djian no sólo ha hecho de lo incorrectamente político un sello particular, sino que ha inventado una forma de incorrección, más propia de Flaubert que del provocador por excelencia: Sade. Un crítico de Les Inrocks lo califica como “especialista en la familia como de la locura, experto en las neurosis que gangrenan a “las personas normales”. A la conducta de Michéle la denominaría “apatía activa”. No alcanza grado de psicopatía porque sinceramente ama a su hijo –aunque tiene razón en considerarlo un idiota–, incluso a Anna, su mejor amiga y socia, aunque se acueste con su marido. La propia Anna confiesa que se casó con el anodino Robert sólo para curarse el perpetuo sobresalto de una posible infidelidad. Michéle es una mujer afortunada al haber superado –en apariencia– el estigma de ser hija de un asesino serial de niños. Nunca pretendió dejar de ser quien era, se aferró a su nombre y a su apellido, aun renegando de su padre, y su madre, Irene, una mujer no menos compleja, no deja de llevarle consuelo a su esposo a la cárcel, al tiempo que compra los favores sexuales de chulos jóvenes y vigorosos. Convertirse en apestadas sociales afecta en maneras diversas a la esposa e hija del llamado “Monstruo de Aquitania”: de esposa fiel y devota, Irene se vuelve ninfomaníaca, mientras que Michéle se rige por una visión cínica de la vida, lo que hace de ella una sutil pero malévola manipuladora.

El asunto central de la película Elle es la violación que Michéle sufre en su propia casa a manos de un encapuchado y la insólita frialdad con que supera el evento al tiempo que planifica una venganza, y si bien la versión fílmica es muy semejante a la novela, en ésta el asunto de la violación adquiere tintes mucho más emotivos. Michéle es capaz de lidiar con la hemorragia y curar las heridas y raspones producidos por el violador, y presentarse a trabajar al día siguiente como si nada… pero vive al acecho del violador, de mismo modo que él la acosa con llamadas y mensajes de tipo sexual, armada hasta los dientes, con su mano permanentemente sujeta al spray que guarda en su bolso, lista para vaciárselo en los ojos. Implacable mujer de negocios –productora de cine, no directora de una compañía videojuegos, como en el filme– sabe que existen más de tres cabrones que la odian lo suficiente para pretender destruirla…pero lo que menos se esperaría es que Michéle, que continúa enamorada (y correspondida) de su exmarido, al grado de celarlo cuando empieza a salir con una mujer joven, empiece a albergar expectativas eróticas hacia un joven que acude a su rescate cuando el violador parece medrar nuevamente por su casa. Patrick, banquero tímido, apuesto y casado, parece resuelto a convertirse en el ángel guardián de su guapa vecina cincuentona. Lo que Michéle menos imagina es que está a punto de vivir un perverso juego que superará en adrenalina las escapadas con el esposo de su querida amiga; algo que le sacará esa parte que pudo empujar a un inofensivo portero de escuela a acuchillar a montones de niños inocentes.

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