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Cinexcusas
Por Luis Tovar

Estimado Robert:

Quiero imaginarte por ahí de 1962 o 1963, contemplando los amplios terrenos que acababas de comprar en Utah mientras piensas –porque para eso los compraste– que tus amados caballos podrán vivir ahí a sus anchas, como te sucedió a ti en esa tierra donde nació Lola, tu pareja durante veintiocho años.

Para ese entonces ya habías superado la etapa de alcoholismo en la que te sumió la muerte de tu madre –ambos tan jóvenes, ella de cuarenta y uno y tú de diecinueve–, y el Parque Nacional de Yosemite ya había hecho su labor de conciencia ecológica en tu subconsciente, aunque todavía faltaba mucho tiempo para que, apoyado en el teatro, la televisión y al final casi exclusivamente el cine, todo aquello cristalizara de manera definitiva. Antes, es decir a tus veintipocos, tomaste la mochila para seguir la ruta europea trazada por paisanos tuyos, la mayoría escritores, que también andaban en búsqueda de sí mismos. A unos les funcionó, a otros no, y tú fuiste de esos últimos, de modo que al volver conociste a Lola, se casaron, y ese mismo año entraste al neoyorquino Instituto Pratt a estudiar arte. Querías ser escenógrafo, pues desde que eras un muchacho te gustaba dibujar tanto como armar largas historias orales, y esas dos pasiones se fundían perfectamente en el teatro.

Quién te diría que aquella sugerencia –“aprende actuación: te servirá muchísimo para entender a fondo el fenómeno teatral”– hecha por alguien que se perdió en el pasado te llevaría, de la mano de un profesor que confió en ti, nada menos que a debutar en Broadway con un papel pequeño, sí, pero que a su vez hizo posible que debutaras en la televisión, ese medio que para entonces era una novedad y, por lo tanto, recién empezaba a inventarse a sí mismo –igual que tú, por lo demás. Décadas después, quienes disfrutamos de tu trabajo histriónico perseguimos tus apariciones en La dimensión desconocida, Perry Mason o el mítico programa de Alfred Hitchcock.

Quién le diría a tu padre, discreto contador de una compañía petrolera, que el más bien despectivo consejo que te diera en aquel tiempo –“¿Por qué no te consigues un trabajo de a de veras?”– sería desmentido cuando, con apenas veinticinco años, te volviste la figura más notable en Broadway gracias a Mike Nichols, que te dio el papel protagónico en Descalzos por el parque, luego de lo cual, como sucedía habitualmente, Hollywood volteó a verte y te hizo parte de su dilatado firmamento.

Es verdad que para ti no fueron grandes éxitos La jauría humana ni La rebelde, por mencionar un par de tus primeras incursiones fílmicas, y tal vez por eso reincidiste, recién cumplidos los treinta años de edad, en dar tumbos por Europa. Afortunadamente para todos –es decir, para Lola, para el cine y para nosotros pero, por supuesto, en especial para ti mismo–, Descalzos en el parque, por ti revisitada, te devolvió para siempre a la actuación, y estoy seguro de que mucho tuvo que ver el hecho de que el Paul concebido por Neil Simon eras tú en gran medida: un espíritu henchido de libertad y rebeldía, pero encorsetado por circunstancias que alguien elevó al falso y equívoco rango de convicciones.

Como diría un clásico, el resto es historia. Apenas dos años después compartiste la pantalla con otro Paul, éste de carne y hueso, para darle cuerpo y densidad histriónica a la mítica, magnífica Butch Cassidy and the Sundance Kid –y mientras uno la evoca al fondo suena, inevitable y deliciosamente, “Raindrops Keep Fallin’ on my Head”.

Se termina el espacio, estimado Robert, no ha hecho uno sino bosquejar el alba de tu trayectoria y es mucho lo que falta para llegar, entre tantas otras cosas, al momento en el que fundaste el Instituto Sundance, el festival homónimo sin el que muchas aristas del cine actual sencillamente no se explicarían. Antes, durante y después de lo cual, un montón de veces fuiste el guapo, el simpático, el bandido –una a la vez o las tres juntas–, y si es preciso decir “fuiste” es porque, apenas hace un par de días, bajaste la cortina histriónica de tu escenario personal. Ya no te veremos actuar, pero te seguiremos viendo siempre.

Gracias por eso; gracias por todo.

 

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