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El futbol y la academia
'Historia mínima de El futbol en América Latina', Pablo Alabarces, El Colegio de México, México, 2018. 'Istor. Revista de historia Internacional'. Historia de los mundiales, número 72, CIDE, México, 2018.
Por Enrique Héctor González

Que un equipo de nuestro balompié se hiciera llamar antaño “los académicos del Atlas” y que varias universidades, dentro y fuera del país, hayan auspiciado clubes devenidos equipos de futbol de carácter profesional que compiten en lo que los periodistas llaman, pomposamente, “el máximo circuito”, no basta para que, en términos generales, la población fanática del deporte de la patada establezca alguna relación entre esta práctica tan común, tan inmediata, tan enajenante como lo es el espectáculo del futbol, con la cultura. Acabamos de vivir esta “fiesta mundial” hace algunas semanas y nunca acaba uno de sorprenderse de los ánimos entusiastas y luego frustrados de tanta gente que sigue las transmisiones porque otra vez, ¡qué le vamos a hacer!, nos quedamos al borde del quinto partido, Osorio nos volvió a fallar, a ese Chícharo no lo quiero ni en mi ensalada, Neymar es un actor de telenovelas. Y eso que no padecemos, como en Argentina, Brasil o Inglaterra, la religión futbolística en su grado máximo de paroxismo, países donde el balompié genera trifulcas y tribulaciones que nuestro pálido Tri apenas apura como modestas decepciones cuatrieniales.

Con ocasión del Mundial de Futbol celebrado en Rusia (para gloria de Putin, como en su momento lo fue de Videla o de Getúlio Vargas), dos instituciones de reconocido prestigio intelectual, El Colegio de México y el CIDE, tuvieron a bien equilibrar la gritería de Martinoli, los zambombazos del Perro Bermúdez y la estulta esquizofrenia generada por el Mundial en los medios televisivos, con estudios serios, precisos y bien informados acerca de lo que representa el futbol en estas latitudes y en el mundo entero.

La historia mínima del futbol en América Latina se inscribe en la ya vasta y siempre útil colección de “historias mínimas” que, desde hace algunos años, El Colegio de México ha puesto en circulación para divulgar, mediante investigaciones rigurosas pero accesibles, diversos temas de índole histórica, social o antropológica. El trabajo reúne ensayos muy bien documentados cuyo interés incide en explorar los primeros síntomas de una fiebre ya muy extendida en el subcontinente y frente a la que ninguna aspirina parece mostrar efectividad desde los primeros desembarcos de trabajadores ingleses en los puertos de Argentina, cuyos emprendedores patrones favorecieron una práctica deportiva que, en Centroamérica y México, se enfrentó siempre a la afición beisbolística extendida por la influencia estadunidense.

Hay lo mismo datos curiosos que observaciones significativas en la investigación de Alabarces. Entre las segundas, están la constante evidencia de cómo la inscripción de futbolistas de raza negra en las ligas locales y nacionales fue un logro gradual y arduo en muchos países sudamericanos, pues hubo protestas (por ejemplo, de la liga chilena contra la uruguaya) por “alistar jugadores africanos” en sus equipos, y la aparición del “amateurismo marrón” o ilegal en las primeras ligas de futbol, que consistió en “brindar pagos encubiertos a los jugadores de las clases populares”, pues su calidad y sus necesidades ameritaban ese estímulo para el desempeño de una actividad a la que los estudiantes de colegios y miembros de clubes podían dedicar un tiempo que los menos favorecidos precisaban para trabajar. Entre los primeros, los datos curiosos, podemos descubrir en el libro la historia de esa famosa destreza conocida como “chilena”, los orígenes del equipo Guadalajara (tan orgulloso de su identidad nacional y fundado por un belga, Edgar Everaert) y el antecedente de que el mayor romperredes de la historia mundial es un brasileño, sí, pero no Pelé, sino el mulato Arthur Friedenreich, quien marcó mil 379 goles en los años veinte.

Por su parte, la revista del CIDE congrega una reunión de investigaciones cuyo título, "Historia de los mundiales", puede engañar a lectores resignados a una aburrida o poco fructuosa relación de sedes, protagonistas, cifras, marcadores. Por lo contrario, el número 72 de Istor, que por una casualidad inesperada tiene exactamente el mismo número de páginas que el libro del Colmex ya referido (269), perfila visiones monográficas sobre distintos episodios mundialistas que, desde su título, resultan reveladores: “No llores por nosotros: Inglaterra y sus partidos con Argentina” o “¿Qué representan los faraones?”, este último un trabajo espléndido sobre cómo los logros en los campeonatos africanos de la selección nacional egipcia y de dos equipos destacados de su liga, el Ahly y el Zamalek, eran convertidos rápidamente por el régimen de Mubarak en trofeos propios y hasta en frustraciones colectivas de las que sacaba partido cuando las cosas iban mal.

Estas dos obras demuestran muy a las claras que se puede ser erudito sobre asuntos deportivos sin que se pierda la pasión y que no todo se reduce a seudocómica imbecilidad en asuntos futbolísticos: los académicos también lloran cuando su equipo pierde, pero no arrebatan, como dice el dicho popular que hace Jalisco, sino examinan con fruición y elegancia las desgracias de nuestra idiosincrasia.

 

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