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Tomar la palabra
Por Agustín Ramos

La Genara

(i de ii)

Hablar de un creador requiere saber de teología. Pero si Tomás de Aquino hubiera vivido en estos tiempos se hubiera suicidado antes que escribir la Summa Teológica. Primero por ver los frutos –pocos pero irreversibles– que ha impuesto a la Historia la lucha de las mujeres, ese ente que él injuriara y calumniara como tantos filósofos, cristianos y no –¿Están oyendo, inútiles Pablito, Agustincito y abuelito Nietszche? Segundo, porque no se le permitiría hablar del creador sin mencionar a la creadora, pues una perspectiva excluyente y discriminatoria iría en detrimento de su eficacia propagandística y terminaría haciendo un papelón marca Jeremías tropical y Cía. Tercero, porque si en verdad tuviera inspiración divina –no compro tal versión aunque tampoco la ponga en duda–, su obra necesitaría el doble de energía y de páginas, y tacto de neurocirujano para justificar la resplandeciente falta de paridad en la lista de doctores de la Iglesia –cuatro mujeres en dos mil años, y contando.

Esto quiere decir que ni Hans Küng ni Karl Barth ni Theilard de Chardin y ni siquiera un nuevo Tomás de Aquino podrían, con serenidad e imparcialidad suficientes, tratar temas de teología soslayando la presencia de una Creadora en igualdad de condiciones que un Creador. Y es que en la actualidad estamos ante el derrumbe del heteropatriarcado a causa ¡santo Dios de los ejércitos! de la emancipación de las mujeres con todas sus consecuencias. Y la bronca de este Padre de la Iglesia no se reduciría a digerir esta realidad, ¡qué va!, sino también a ya no considerar a las mujeres como fuerzas magnéticas de todo mal –amén–, sino a ver en ellas la otra mitad del bien –y en un descuido hasta la mejor mitad de ese bien. Peor tantito, la necesidad de incluirlas como elemento imprescindible de la teología representaría, cuando menos, el doble de esfuerzo mental, físico y espiritual. O esto o el suicidio, ¿no, Tomi?

Pero no vaya a creerse que pretendo colonizar las lides feministas, este preámbulo era ineludible para describir así sea a grandes rasgos a una mujer cuya mejor definición es la de creadora. Buscar la palabra adecuada parecía tan difícil como cambiar de nombre al PRI. Repasando la cantidad y calidad de sus actividades encontré la palabra “artista”. Sin embargo, ésta reducía a una sola dimensión las obras de su vida y la vida de sus obras. Rosina Conde es una mujer cuyo principal trabajo en el arte se relaciona con la literatura. Su primera publicación fue de poesía, como lo han sido todas sus letras –porque el único género literario es la poesía, David Huerta lo dijo. La poesía de esta mujer, nacida en Mexicali, B.C., en 1954, agrupa todas las formas literarias con un rigor crítico que empieza en sí misma sin sacrificar la libertad creativa para transustanciarse en ficción. Y aunque toda su obra aborda temas variados y procedimientos distintos, también toda tiene como eje las fronteras más insondables y evidentes, el amor y otras maquilas.

Su más aquilatable virtud es partir siempre de sí misma para elaborar el canto de todo, para todos, sin ser confesional. De poesía nos ha dado Bolereando el llanto, De amor gozoso y los inaugurales Poemas de seducción publicados en la mitológica serie La máquina de escribir. En novela, Como cashora al sol y La Genara, propiciadora de este artículo. En cuento, De infancia y adolescencia, que a un tiempo avisa y golpea novelísticamente, Arrieras somos (Premio Gilberto Owen), Desnudamente roja, En la tarima y Embotellado de origen. En la escena ha sido igual de fértil y diversa: performances, su participación en Esta esquina, mil guiones y los audiolibros Volver/Tina, Tinita, y Ojos que no ven. En ensayo nos da Quehacer artístico y cultural. Esto, más sus traducciones y una labor no menos prodigiosa como catedrática y editora, además de diseñadora de vestuarios, escenografías y portadas, compositora y arreglista, andarina inmortal... Creadora, vaya.

(Continuará.)

 

 

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