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Las rayas de la cebra
Por Verónica Murguía

La mente de Nicky Minaj

 

Yo sé qué hay dentro de la mente de Nicky Minaj. También lo saben los 20 millones de seguidores que tiene en Twitter, pero a diferencia de ellos, los “stans”, como se apodan, a mí no me gusta: me parece un compendio de lo que banaliza la música popular. Su mente es un lugar común del materialismo más bruto y la misoginia más feroz.

Sé qué hay en su mente porque leo, ya que estoy lejos de descifrar su dicción, las letras de sus canciones. Hay una preocupación por el dinero y las marcas. Versace, MacQueen, Fendi, Burberry, Gucci. Su relación con las marcas y el lujo es explícitamente sexual. Sus calzones son Fendi –mink– o Versace, nos informa. Su pasión por el dinero tiene algo devocional: es su escudo, su meta y la coloca sobre el resto de la humanidad.

Esto no es una tara exclusiva de Minaj: en la cultura del rap predomina y, francamente, empobrece y trivializa esta música de por sí intencionadamente derivativa y simple. Para Minaj el status es un arma con la que humilla a otras mujeres; a quienes no tienen sus millones, sean colegas del mundo de la música, críticas –como la bloguera Wanna Thompson, a quien hostigó hasta que logró que fuera despedida de su trabajo– o celebridades.

La mente de Nicky Minaj rebosa un pueril amor por las armas, por las formas más infantiles de lo marcial, de ahí la iconografía vagamente nazi de su video Only, un dibujo animado en el que aparece rodeada de soldados y adoradores. En Only, Minaj canta, sobre todo, de sus hiperbólicos pechos y nalgas, dibujada sobre una suerte de Puerta de Brandenburgo en la célebre pose de su disco Anaconda. El video se estrenó el 10 de noviembre, cuando se rememora la Kristallnacht, en la que los nazis comenzaron la persecución de los judíos. No se sabe si esto lo hizo por ignorante o indiferente, aunque pidió una disculpa. Supongo que lo hizo por ambiciosa, pues la publicidad fue enorme. En el video Looking Ass Ni**a, Minaj sale con dos cuernos de chivo y Chun Li es una guerrera de los juegos de video.

Habría que añadir que Minaj encarna voluntariamente todos los clichés de la explotación sexual. Su improbable físico parece salido de una revista de heavy metal: se ha operado todo, se alacia el pelo y como Lil’Kim, su clara predecesora, va con un seno de fuera. Aunque ha tenido épocas de infantilismo kawaii, su imagen está anclada en elementos del strip club, del SM –usa stilettos de dominatrix y medias de red con bota hasta el muslo para ir a ver un partido de básquet– lo que no le impide adoptar un tono gemebundo cuando la entrevistan para Elle, lamentando que existan prostitutas en el mundo.

Nicky Minaj se ofende cuando alguien se equivoca acerca de su edad. Tiene treinta y cinco años y fustigó a una bloguera que calculó que estaba más cerca de los cuarenta. Quizás porque una Minaj adulta tendría que usar otro discurso –o pensar, a secas.

En la mente de Nicky Minaj hay un desprecio flagrante por otras mujeres, especialmente por aquellas a quienes percibe como rivales. Este desprecio se manifiesta en insultos y provocaciones, retos, descripciones del físico propio y el ajeno. Ella se ha autoproclamado la reina, y ay de quien la critique, sobre todo si es mujer: Wanna Thompson y Shannita Hubbard son dos periodistas a quienes ha insultado porque le parece que no la tratan con justicia. Se compara a sí misma con la activista Harriet Tubman, mientras se vanagloria de codearse con Karl Lagerfeld, el diseñador que encabeza la casa Chanel, y una de las personalidades más repelentes y pugnaces del mundo de la moda.

Y ustedes dirán, ¿por qué pensar en ella, si es tan pesada? Porque el rap tiene un gran arrastre, porque los adolescentes se toman en serio las letras de sus ídolos. Esta mujer tiene 20 millones de seguidores y, como dije, ama el dinero, las armas, es misógina y superficial. Se toma a sí misma muy en serio y sus 20 millones de fans también. Qué barbaridad.

 

 

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