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Prosaísmos
Por Orlando Ortiz

A propósito de Baldomero Lillo

 

Narrador chileno, Baldomero Lillo nació el 6 de enero de 1867, en un pueblo minero, y falleció el 10 de septiembre de 1923. El primer cuento de su autoría que conocí (“La compuerta número 12”) fue en la legendaria antología que Seymour Menton, El cuento hispanoamericano. Posteriormente, en otras antologías me encontraba el mismo texto, o tal vez uno diferente pero siempre me quedaba con las ganas de conocer por lo menos alguno de sus libros, pues presentía que se trataba de un narrador fuera de serie. Hace pocos meses conseguí sus obras completas, un volumen editado por la Universidad Alberto Hurtado, de Chile. Confirmé que es un autor extraordinario y... me hizo reflexionar en algo que me llama poderosamente la atención. El grueso de sus relatos son historias de mineros y su mundo, sus condiciones de trabajo sus costumbres, la vida cotidiana de esos obreros y de sus familias; historias recogidas en el libro sub terra, aunque tales motivos aparecen también en el resto de su obra y hasta en una novela que no alcanzó a concluir.

Puede decirse que la explotación minera a lo largo y ancho del continente comenzó desde “el encuentro de dos mundos”. Inicialmente la busca y extracción de oro y plata motivó a los colonizadores a desparramarse por todo el territorio de Nueva España, y sitios hubo donde la riqueza de los yacimientos era tal que dio pie al surgimiento de leyendas e historias que van de lo tierno a lo cruel, de lo fantástico al mito, de lo dramático a lo trágico. Las más de tales anécdotas sobreviven gracias a la tradición oral, o a las hojas volantes, corridos y a personas curiosas que las pergeñaron y editaron en tirajes reducidos realizados en alguna remota y primitiva imprenta.

Si hiciéramos una revisión cuidadosa de los relatos mineros en nuestra América, veríamos que son escasos. El grueso de la producción se ubica en ambientes provincianos, en haciendas, en el campo, en las urbes e incluso en claustros y conventos, pero las minas no fueron del agrado de nuestros narradores, o tal vez no fueron tema suficientemente dramático (¿porque rebasaban lo sensible y lindaban con lo sórdido, lo espeluznante, lo cruelmente trágico y por ello resultaban “inverosímiles”?).

Gran parte del oro y la plata que circularon y circulan en el mundo fue extraída de las entrañas de nuestro México, no obstante esa importancia se soslaya, y las condiciones de trabajo y las injusticias sufridas por los mineros, productores de esa riqueza, y sus familias, no existe en nuestras letras. Hago memoria y encuentro el nombre del decimonónico Pedro Castera (1846-1906), con Los maduros, y los cuentos de Las minas y los mineros; y en fechas recientes el de Carlos Montemayor (1947 - 2010), con Mal de piedra y Minas del retorno. Debe haber por ahí folletos y tal vez algunos volúmenes rústicos y mal impresos, ediciones marginales y mal escritas pero invisible para los investigadores. Cierto, su escaso o nulo valor literario ha de contribuir a la invisibilidad, pero rescatarlas para documentar ese mundo y a esa gente sin historia, sería algo importante.

Trinidad García es otro autor que en Los mineros mexicanos ha dejado un espléndido trabajo. Artículos publicados inicialmente en periódicos, que posteriormente fueron reunidos en un volumen que en 1895 apareció con un extenso subtítulo: “Colección de artículos sobre tradiciones y narraciones mineras, descubrimientos de las minas más notables, fundación de las poblaciones minerales más importantes y particularmente sobre la crisis producida por la baja de la plata”.

En este interesantísimo y sabroso manojo de anécdotas, “leyendas” y costumbres, puede verse que la riqueza ha sido mal aprovechada, y no me refiero a la mineral, sino a la literaria. Trinidad García las presenta con habilidad y malicia, pero sin mayores pretensiones. Me pregunto por qué tales asuntos y mundos no atrajeron la atención de nuestros narradores, por qué el mundo de las minas y los mineros sigue sin existir en nuestra narrativa, si las tragedias, la injusticia, la desigualdad, la fuerza y peculiaridad de sus tradiciones y costumbres sigue ahí. Lo ignoro, pero ¿la tragedia de Pasta de Conchos y sus secuelas encontró una pluma vigorosa y capaz de narrar de lo ocurrido?

No crean que me aparté del tema que enuncié en la cabeza de la columna. Baldomero Lillo era sólo un pretexto.

 

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