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Cinexcusas
Por Luis Tovar

Intolerancias varias


Debido a múltiples complicaciones, lo mismo técnicas que financieras, tardó más de una década en ser terminada; los poco menos de 104 millones de pesos invertidos en ella la colocan como la película mexicana más costosa de todos los tiempos; habida cuenta de que la semana de su estreno le reportó ingresos en taquilla un pelo por debajo de los 10 millones de pesos, inferiores al diez por ciento de lo que costó –con poco menos de 204 mil espectadores–, es muy posible que no recupere la inversión involucrada… y por si fuera poco, el largometraje animado Ana y Bruno, de Carlos Carrera, está siendo víctima de una particular –y particularmente espinosa– variante de la intolerancia: oculta bajo una pregunta de apariencia neutral –¿es o no es una película para niños?–, dicha (in)disposición intelectual puede recibir en este caso particular más de un nombre, o incluso varios a la vez y no excluyentes, pues aquí asoma sus testas desapacibles la hidra de eso que muchos llaman “corrección política”.

De suyo imposible alcanzar consenso absoluto acerca de “lo que está bien”, “lo adecuado”, “lo normal” y similares fórmulas verbales de un facilismo urobórico y autofágico, desde que Ana y Bruno fue estrenada ha suscitado un debate más bien agrio cuyo tema de fondo estriba en dictaminar qué es “correcto” y qué es “incorrecto” mostrarle a un ser humano que no ha superado la etapa infantil. Se sobreentiende que “infantil” es empleado aquí en términos biológicos, aunque precisamente el debate desatado provoca serias dudas en cuanto a una equívoca, y definitivamente perniciosa, permanencia de lo infantil –conocida como infantilismo o puerilismo– en buena cantidad de seres humanos cuya biología los alejó de aquella etapa hace buen tiempo, y que no por casualidad son los padres de los infantes biológicos que no percibieron, es decir unos y otros, de manera positiva a la película.

Aclarado el punto de que la Dirección de Radio, Televisión y Cinematografía (RTC), organismo encargado de clasificar lo que se exhibe en cines, dio a Ana y Bruno la letra A “para todo público” y no AA “para todo público […] que sean comprensibles para menores de siete años”, habría que averiguar, cosa impracticable, cuál es la edad de todos y cada uno de los niños que, según expresiones vertidas sobre todo en redes sociales, lloraron, se espantaron y “prefirieron” no terminar de ver la cinta –las comillas, desde luego, enfatizan el hecho de que tal “preferencia” de seguro no fue suya sino de sus padres.

El problema no es Ana (ni Bruno)

Es imposible descartar a los irresponsables padres de menores de siete años que llevaron a sus hijos a ver algo –aquí sí, pero sólo aquí– inapropiado, padres en quienes quizá radica todo el entuerto, y por lo tanto en quienes exclusivamente debería recaer la “culpa” de que sus vástagos hayan sido expuestos a algo que desaprueban. Empero, y este sí es asunto mayor, el auténtico problema está en otro lado: la cerrada y escandalizada negativa paterna a que sus hijos entren en contacto con temas tales como la locura, el duelo por un ser perdido, la depresión y otros estados emocionales; que lo hagan desde la perspectiva de una niña –es decir, sin las deformaciones del paternalismo–; que no obstante el consabido formato dramático según el cual es indispensable la catarsis de un final directamente luminoso o al menos esperanzador, el filme consista sobre todo en la exposición de pesares y dificultades…

Apenas hace falta mencionarlo, pero la infancia de este país está permanentemente expuesta a horrores muchísimas veces más crudos y más inmanejables de los que la cinta expone, y no se habla aquí de noticieros sino de las fuentes de información y de entretenimiento no sólo asequibles para ese público, sino vistas como algo positivo, incluso encomiable o, en todo caso, “normal”. Basta asomarse a cualquier catálogo audiovisual infantil disponible para concluir que la actitud escandalizada contra Ana y Bruno de ninguna manera obedece a su contenido, sino al prejuicio, la pereza mental y el neopuritanismo evasor de realidades.

Por lo demás, la película es redonda en todos sentidos.

 

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