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La casa sosegada
Por Javier Sicilia

Francisco Torres Córdova y Odysseas Elytis


Los mejores traductores –valga la palabra— de poesía son los propios poetas. Gracias a ellos los que no hablamos ciertas lenguas podemos acceder a sus misterios en los misterios de la nuestra. Muchos poetas en México lo hemos hecho y muchas de esas versiones pertenecen a nuestra propia obra poética. Sin embargo, hay algunos que, por una afinidad espiritual, hacen suyo a un poeta y traducen su obra entera. Pienso, por nombrar sólo a algunos de mi generación, en Fabio Morábito y Eugenio Montale, en Pura López Colomé y Seamus Heaney. Francisco Torres Córdova lo ha hecho con una buena parte de la obra de Odysseas Elytis.

Habría mucho que decir sobre los vínculos que unen a este poeta mexicano, cuya obra es de una envidiable parquedad, y la del griego, cuyos libros se extienden como la luz del Mediterráneo. Baste, sin embargo, decir que en ambos hay un amor inmenso por la lengua y sus precisiones. Así, para poder traducir a Elytis, Torres Córdova se fue doce años a Grecia a estudiar su lengua, sus delicadas sutilezas, sus vínculos y problemas entre la tradición clásica y el modernismo europeo, su atmósfera. Cuando los hizo suyos, inició su traducción.

Ese amor por la lengua –que en Torres Córdova llega casi a la contemplación y, en su ejecución, al rito–, hace que de igual manera en que trabaja sus propios versos durante días, semanas, meses, hasta que el poema está casi en perfecta relación con la intuición primera –de allí la brevedad de su obra–, trabaje sus traducciones. Mientras en su poesía Torres Córdova busca la palabra exacta que diga en su propia lengua lo que la Lengua le reveló, en sus traducciones, particularmente de Elytis, busca –dice en su “Notas de traducción de poesía”– no sólo “una palabra en lugar de otra para que diga aquí, en esta lengua materna, lo que dice allá en su lengua original”, sino también, “una palabra cuyo imposible afán es ser la misma, pero con una lengua de por medio”. En ambos casos, Torres Córdova hace un lento y poderoso trabajo de traducción que sorprende siempre por su precisión poética. En esto también se emparenta con Elytis, cuya exactitud clásica en la frase y la rigurosa construcción del poema, hacen que la oscura luminosidad de la luz del sentido se manifieste en una extraña y siempre sorprendente visibilidad. “Así la luz –escribe Elytis, o la voz, diría Torres Córdova—, que es el principio y el final de cada descubrimiento, del fenómeno, se manifiesta en el triunfo de una más grandiosa visibilidad, una perfecta transparencia en el poema que permite, al mismo tiempo, mirar dentro de la materia y dentro del alma.”

Me parece que tanto para Elytis como para Torres Córdova, lo que vemos no sólo es verdadero; es la revelación de una verdad que nos sobrepasa y que el poeta mira instantáneamente para luego darle forma en la palabra. A través de ella, el poeta no suplanta la realidad, la descubre en sus tesoros ocultos que –dice Francisco Segovia al comentar a Elytis– “siempre están allí”, en la realidad misma, “pero hay que hallarlos”, lo que significa, diría Elytis y con él Torres Córdova, encontrar, mediante un acsética implacable, su palabra y su estructura exacta en el poema.

“Tenemos –escribió Elytis en traducción de Torres Córdova– que vaciar a la muerte de aquello con lo que la han atestado y llevarla a la transparencia absoluta, para que a través de ella empiecen a distinguirse las verdadera montañas y la verdadera vegetación, el mundo vindicado y lleno de gotas de rocío que brillan más claras que las más valiosas lágrimas.

”Eso es lo que espero cada año, con una arruga más en la frente, con una arruga menos en el alma: la plena inversión, la absoluta transparencia.”

Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, detener la guerra, liberar a las autodefensas de Mireles y a todos los presos políticos, hacer justicia a las víctimas de la violencia, juzgar a gobernadores y funcionarios criminales y refundar el INE.

 

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