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Las rayas de la cebra
Por Verónica Murguía

Quien haya leído el “Nocturno”, de Rubén Darío dedicado a Mariano de Cavia, del que tomé el pasaje que da título a esta columna, intuirá por dónde voy. Los “Nocturnos” de Darío –escribió tres, el pobre era insomne– son exploraciones de los pensamientos que llegan a “la hora de los muertos”. El que me ocupa habla de esas noches cuando uno no puede dormir porque nos inquieta lo que no fuimos. Esa persona que podríamos haber sido, el espectro cambiante de lo que no existió. Hecho con deseos no cumplidos, proyectos olvidados, amores sin voz. Fantasmas livianos que no tienen la materialidad de un pasado, asuntos pendientes que vienen a reclamarnos, acompañados por la conciencia de la muerte.

Pero no se crea que el poema es una queja. Darío lo concluyó con una especie de manifestación de solidaridad con todo lo existente, con el “corazón del mundo”. Con todo lo que está, como nosotros, en el tiempo y el espacio, destinado un día a ya no ser. Y hay en esos versos finales una fabulosa resignación ante el misterio de nuestra existencia y su brevedad.

La frase del título me acompaña siempre y me ilumina cuando quiero describir ciertas imposibilidades que me enfrentan desde mi interior, cada vez con más urgencia. Es que envejezco y, por lo tanto, el tiempo corre más rápido. Además tengo la sensación de que el mundo se llena de desconocidos, que lo que amo se desvanece y que la tontería se recicla.

Por ejemplo: hoy murió Raschid Taha, el músico argelino cuya sola voz me hacía creer que sería, si no eterno, un Matusalén magrebí. Taha, según yo, seguiría llenando el mundo con música y alegando en favor de los refugiados e inmigrantes con argumentos sensatos hasta los noventa años. Y hete aquí que le faltaban algunos días para cumplir sesenta. La muerte de Taha aviva en mí una cólera que ya tiene diecisiete años: el día que cayeron las Torres Gemelas hasta el más distraído supo lo que esto significaba para el planeta, pero especialmente el mundo árabe. Taha, quien vivía inmerso en la problemática de un argelino en Francia, lo supo, y escribió canciones que interrogaban la identidad magrebí, la falta de democracia en los países del Medio Oriente, echando mano de la universalidad de las tradiciones musicales. Tuvo razón y su música hacía bailar hasta a los pollos.

Varios países aniquilados después, millones de desplazados buscan un lugar donde estar y pocos en Estados Unidos recuerdan por dónde va el caminito que lleva al surgimiento de un monstruo como ISIS. El odio sigue creciendo, Guantánamo está abierto, los Rohingya son asesinados por pésimos budistas y en Siria la vida no vale nada. No sigo porque lloro.

Lo malo de envejecer, además de las incomodidades, es que uno ve algunas cosas con tal detalle que se une al club de los insomnes, sin poder escribir como Darío. Además la lista de los hubieras se hace más larga, así como, y ahí está el detalle, lo que ya no podrá ser. No podré ser naturalista, ilustradora (ay), practicante de esgrima, hablante de francés o grabadora. Eso, nomás para empezar.

No publicaré aquí mi lista de reinos perdidos. Algunos hubieran cancelado este presente que vivo y que no cambiaría por nada a pesar de sus carencias y sobresaltos.

Se comprende que hay que escuchar a esos espectros, pues algo de nosotros revelan, pero no darles mucho tiempo del día a menos que uno escriba como Darío. La noche es su reino, cuando el coeficiente intelectual baja un punto con cada minuto de insomnio que transcurre. Es la hora del desconcierto, de los embelecos, que diría Lope de Vega. Entonces, el no haberle preguntado al vecino si nos toca recibir el gas se convierte en un incidente diplomático cuya única solución es irse de México. Uy: no hay para dónde, porque ya se sabe: Trump, el peso, cómo irnos con todo y gato, etcétera.

Llega la mañana, el presente. Lo único mío, hoy al menos.

El verdadero reino que estaba para mí.

 

 

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