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Monólogos compartidos
Por Francisco Torres Córdova

El evento

La sala llena y atareada; afuera la calle metida sin remedio en su tumulto y amenaza, y el aire nudoso con ráfagas de tizne, ruidos y metales. Ella de espaldas a él que así la abraza, y porque no se sabe nunca y no lo olvida, sigue por encima con las yemas de los dedos el borde de la prenda que avanza abajo de su ropa los pliegues y repliegues, la suave ruta que traza en los contornos de su cuerpo, y ella alerta al tacto que lo roza oculto en la penumbra y destella a su paso el vello diminuto. En la sala la gente se agrupa y se dispersa, entra y sale de la sombra que condensa en una ceremonia ya ajena para ellos que se alcanzan poco a poco y en secreto. Sólo el borde de la prenda y la voz de él que al oído izquierdo se lo dice. Entonces la fina sal de la nuca aflora en ella su aroma en el cabello, dilata una gota de sudor en su garganta y el ritmo de su aliento la madura en sus axilas. En la calle la ciudad alarga la pulida soledad que trama su violencia y el viento arrastra la basura a golpes de una lluvia repentina, fuera de su tiempo, trastocada su altura y geografía. La cabeza hacia adelante a veces, otras hacia atrás con los ojos entornados en lo suyo, el calor de lo que piensa y espera sin decirlo, ella disimula su presencia y se recarga levemente en la voz que a su oído la desata y la contiene, y ese roce lo desata a él y lo contiene, y a los dos de pronto los pone de nuevo en el dorso primitivo del planeta, más allá de las marcas y caídas, las arrugas y las manchas talladas en el pulso y la mirada de su edad, a salvo un instante y sólo uno del viento que sopla en el vasto tiradero de la muerte a cielo abierto que los sigue sigiloso hasta las plantas de sus pies; de la dura oscuridad del pozo, la fosa y la cuneta; el baldío, el puente y la plaza desierta que ondea y relumbra en las cuencas quebradas de los ojos; lejos de los niños del líquido cemento a la deriva de su hambre, del rostro crispado de muchachos y muchachas que no llegaron más a casa un simple mediodía desprendidos de su sombra a plena luz –el golpe de la ausencia que desquicia las puertas de sus casas, los perros solitarios que cunden en los patios su lamento. En la sala concentrada en el prestigio de su evento, tensa delicada la prenda sus resortes y costuras, y el tacto obedece a sus relieves y promesas, al juego de las fibras que deshila en un silencio que resiste, que no cede el poder de su inocencia. En ese recodo insospechado al centro del bullicio, todo lo que saben ellos de sí mismos de pronto no lo saben y queda suspendido, pendiente en la punta de los dedos, en el filo de la prenda apenas por encima de la piel. Él presiente en ella las crestas fecundas de su pelvis, la tibia fuerza de los muslos que sustentan su presencia, toda ella a punto de él, tembloroso él y sometido a ella pero no, ambos detenidos en el arco que tienden la inminencia total de la caricia y la nada enardecida y sin horarios que se monta en la vida y la revoca o dispersa lo sagrado de su soplo si así fuera. Así llana y cabal su cercanía entonces sólo suya. Así la distancia enemiga que los sitia.

 

 

 

 

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