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Biblioteca fantasma
Por Eve Gil

Check in

Investigaciones serias han demostrado que manijas de puertas, controles remotos y teléfonos de los hoteles, incluidos los más lujosos, poseen una peligrosa dosis de bacterias, como la escherichia coli o la candida albicans, eso sin contar los poco higiénicos hábitos de huéspedes consuetudinarios que acostumbran sentarse desnudos en los muebles, donde se han encontrado restos de heces, por no mencionar colchas y otros puntos más sensibles. Se ha extendido el hábito, entre viajeros frecuentes, de ingresar con sus propios sacos de dormir. Pero nada de lo que nos digan estos quisquillosos investigadores, que seguro viven con los guantes puestos, nos hará retroceder a los que amamos los cuartos de hotel, ni impresionarán a los Ulises postmodernos como Bas Kwakman, cuyo estilo de vida lo obliga a pasar la mayor parte del tiempo en hoteles de diversa índole.

Narrador, poeta, editor y poeta visual, Kwakman (Holanda, 1964) es director de la Poetry International de Rotterdam y presencia casi obligada en festivales de poesía alrededor del mundo. En su libro Habitaciones de hotel (Visor libros, México, 2018, traducción de Maribel Sánchez de Roldán) ha dejado plasmadas sus alucinantes experiencias como viajero en países tan culturalmente apartados como, por ejemplo, Moldavia o Alemania… o la estancia en un mismo país donde la diferencia la marca el número de estrellas del hotel en turno. Cada hotel constituye un pequeño país dentro de un espacio geográfico determinado. No es lo mismo el Rodford Lodge que el Royal Marine, ambos en Dublín, Irlanda. Cada uno ofrece dos facetas distintas, cuando no opuestas, de la misma ciudad. No obstante, sin importar que cada capítulo lleve el nombre del hotel en turno, no todas las cuarenta y dos crónicas señalan las características del mismo, pues Kwakan privilegia sus experiencias extramuros. No obstante, ha bosquejado a lápiz, y desde diversas perspectivas, cada uno de ellos en láminas incluidas al final del libro. Reconocemos en seguida la alucinante habitación del antes citado Rodford Loodge, en la que la cama se encuentra sitiada entre las ventanas y la puerta de un sauna que abarca casi todo el espacio, “sólo se puede acceder a través de la cabecera”. Nos reencontramos también con la extrañísima arquitectura del Iris Chisinau, de Moldavia, en donde pareciera que se duerme en los pasillos del hotel, las paredes colmadas de cuadros de las habitaciones del St. Adrews, en Albany, Escocia, o la exótica decoración del Xin’an Country Villa Hotel de Huangshan, China, cuyo propietario, curiosamente, es un poeta que forma parte de un grupo de poetas empresarios que hicieron el juramento de no volver a tocar la poesía hasta hacerse millonarios con negocios menos etéreos. Lo que estos sensatos artistas persiguen no es la riqueza per se, sino su absoluta independencia financiera del gobierno de China que les permita, además de crear, organizar festivales que pudieran parecer subversivos.

Por recepciones, vestíbulos y bares desfilan variopintos personajes; Seamus Heaney extrae del bolsillo de su saco una licorera con Black Label que, sin decir agua va, escancia entre las tazas de café de sus acompañantes. Déjà vu de un plantón en medio de una espera en el lobby del Hotel Plaza, de Bruselas, aunque esta vez el antillano Derek Walcott, otro Nobel, se presenta acompañado de su paciente esposa. Mientras corrige con pluma un error ortográfico de la carta de bebidas y solicita postres imposibles, Walcott presume de que la gente de su isla, Santa Lucía, es mejor lectora de Dickens y de Shakespeare que cualquier londinense y saca a relucir, con molestia perdurable, que el Nobel tiene un “jodido impuesto”. Y así, entre poetas mongoles que afirman hablar con los animales, libreros excéntricos y celebridades locales de cada ciudad que pisa, Kwakman narra la sorprendente historia de la biblioteca que terminó con la criminalidad de Medellín, en Colombia –ciudad donde, por cierto, coincide con Cees Nooteboom– estrategia de su alcalde, Sergio Fajardo, vuelto héroe entre los escritores.

 

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