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El derecho de callar
'Alias Grace', Margaret Atwood, Traducción de María Antonia Menini Pagès, Ediciones Salamandra, España, 2017.
Por Enrique Héctor González

El nombre de Margaret Atwood (Ottawa, 1939) lleva algún tiempo sonando en las quinielas del Nobel de Literatura. Aunque este año (¡otra vez!) vaya a escatimársele, pues se suspenderá la entrega tras los escándalos de corrupción y acoso en la Academia Sueca, sus fieles lectores sabemos que carecer de dicho galardón no demerita en nada su obra, ya tan profusamente premiada, traducida y adaptada.

Alias Grace, cuya edición prínceps data de 1996, ha cobrado un nuevo auge debido a la serie televisiva basada en ella. La autora recrea un caso verídico acontecido en el Canadá del siglo XIX: Grace Marks, joven empleada doméstica irlandesa, es condenada a cadena perpetua por su complicidad en los asesinatos de su patrón, Thomas Kinnear, y el ama de llaves, Nancy Montgomery, quienes sostenían una relación clandestina.

Si bien esta monumental obra está narrada a retazos, tal como un quilt (edredón) de ésos que Grace confecciona primorosamente, un avezado lector sabrá hilar esta trama enrevesada, donde la temporalidad adopta un vaivén caprichoso y la verosimilitud es cuestionada –y cuestionable– a cada paso: ¿Grace Marks es una idiota o una manipuladora? ¿Obró por envidia y resentimiento o sólo porque no le quedó de otra? ¿De verdad no recuerda lo ocurrido o nada más busca salvar el pellejo? ¿Está arrepentida?

Grace, quien ha vivido una existencia llena de privaciones y maltratos, ejerce lo único de lo que no han podido despojarla: el derecho a callar. “Mientras no le dijera a nadie lo que pensaba, no tendría que darle cuentas a nadie ni nadie tendría que corregirme.” Su empecinado mutismo ha dado pie, incluso, a que su otrora abogado defensor, Kenneth McKenzie, la apode, burlonamente, “Nuestra Señora de los Silencios”, al referirse a ella ante el doctor Simon Jordan, quien se encuentra desesperado por lograr algún diagnóstico que permita a Grace ser indultada, encomienda que un comité de personalidades respetables le ha asignado.

En las numerosas elipsis y contradicciones de Grace es donde habrían de buscarse sus posibles motivos. Ella está consciente de ser vista como un experimento o una atracción circense; de suscitar miradas morbosas, comentarios maliciosos y notas rojas distorsionadas. Muchos dudan de su cordura, pero… ¿hay lucidez en el doctor Jordan, cuyas teorías se empeña en comprobar a costillas de la inculpada? ¿En los espiritistas que la creen una poseída? ¿En la esposa del alcalde, que lleva un álbum con recortes periodísticos de criminales famosos, entre los que figura la propia Grace, de quien, sin embargo, se aprovecha?

No es la primera vez que Atwood recurre a una trama acerca del encierro y sus secretos: en otras dos portentosas obras suyas, El cuento de la criada (1985) y Por último, el corazón (2015), los personajes principales se encuentran prisioneros, aunque, claro, en contextos muy distintos. Sin embargo, Alias Grace se distingue por un triple confinamiento: la casi esclavitud del servicio doméstico, el manicomio y la prisión. Situaciones terribles que procura sobrellevar con entereza: “pretenden ponerme a prueba y tengo que aceptarlo sin quejarme, tal como suelo hacer con todo lo demás”, medita cuando se rumora que las presas serán bañadas grupalmente y sin ropa, idea que le incomoda.

Aun siendo semianalfabeta, Grace busca cómo expresarse correctamente y discernir lo que debe escamotear en cada confesión: “No lo recuerdo, señor, digo. No recuerdo lo que soñé anoche. Era algo confuso. Y él anota mi respuesta. Ya es bien poco lo que tengo, no tengo pertenencias ni posesiones, no tengo intimidad y necesito guardarme algo para mí; y en cualquier caso de qué le iban a servir mis sueños”, reflexiona cuando el doctor Jordan le pregunta al respecto. Más adelante, al omitir durante otra plática las alusiones escatológicas, dice para sí: “El hecho de que me importune en su afán de saberlo todo no es razón suficiente para que yo se lo diga.”

Grace constantemente se muestra indignada ante lo que considera una tergiversación de los hechos: “Siempre hay quienes te proporcionan sus propias palabras e incluso te las ponen en la boca.” Al preguntársele acerca de una afirmación incriminatoria de su excolega y presunto cómplice, responde: “El hecho de que una cosa esté escrita, señor, no significa que sea verdad.” Su aserto aplica, también, para el manejo sensacionalista del caso, pues la prensa inescrupulosa ha añadido toda clase de extravagancias y truculencias para tener al público cautivo. Ella se encuentra al tanto, pues el álbum macabro de su anfitriona ha quedado al alcance. Eso le otorga alguna ventaja: la de prevenirla. 0

¿Acaso esa contención no es la que observaría una persona medianamente coherente, que desea conservar la vida, por más miserable que ésta sea? Pues, como ella afirma: “Si nos juzgaran por nuestros pensamientos, nos ahorcarían a todos.”

 

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