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Tomar la palabra
Por Agustín Ramos

Tlatelolco-Ayotzinapa

 

“La masacre del 2 de octubre fue un acto planeado, fría y cruelmente, por funcionarios gubernamentales especializados.” Así sintetizó Raúl Álvarez Garín la forma en que los genocidas quisieron acabar con el movimiento estudiantil de 1968. Líder sobresaliente de dicho movimiento, Álvarez Garín agregó: “La responsabilidad completa de lo ocurrido recae directa y únicamente en las más altas autoridades del país.” Ahora también sabemos que los elementos del Batallón Olimpia y la tropa desconocían los verdaderos planes y que, además de la balacera en la Plaza de las Tres Culturas, se descargó artillería pesada y metralla desde helicópteros en toda la tercera unidad de Tlatelolco, en represalia por el apoyo vecinal a los estudiantes.

La frase “2 de octubre no se olvida” cifra la batalla histórica por la justicia en México y persiste como símbolo. Los 43 estudiantes de Ayotzinapa, a cuatro años de su desaparición (vivos se los llevaron, vivos los queremos), renuevan el símbolo y la cifra: más de 30 mil víctimas directas y cientos de miles de víctimas indirectas de la desaparición forzada durante las administraciones de Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto: medio millón de vidas suspendidas. Y contando.

El Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes (GIEI) formado por Alejandro Valencia, Ángela María Buitrago, Carlos Martin Beristaín, Claudia Paz y Francisco Cox, a pedido de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y del gobierno mexicano (que hizo de todo para sabotear la misión), vino y elaboró un informe de 560 páginas titulado La noche de Iguala. Descripción de los hechos del 26 y 27 de septiembre que llevaron a la desaparición y asesinato de los normalistas de Ayotzinapa y otras víctimas. En él se narra el contexto y los antecedentes de lo ocurrido, la fundación de esta normal guerrerense, las agresiones que sufrieron sus alumnos desde 2011 por parte de fuerzas federales y estatales (sin abundar en los añejos propósitos gubernamentales de extermino contra todas las normales de su tipo), la tradición de las colectas y toma de autobuses, los sucesos propiamente dichos, las versiones sobre los mismos y su factibilidad y veracidad, sus conclusiones y recomendaciones (en general para el fenómeno de la desaparición forzada en México y en particular para Ayotzinapa). El informe incluye varios anexos e incinera la “verdad histórica” hecha a base de torturas y deja mal parada la disposición de las autoridades para investigar el caso. Enlace: https://drive.google.com/file/d/0B1ChdondilaHd29zWTMzeVMzNzA/view?pli=1

Algo más. El filón de la pugna entre narcos, insuficiente a juicio del GIEI, no tuvo más fin –ahora se sabe– que descargar en ellos y en la autoridad municipal toda la responsabilidad del crimen (¿es coincidencia que al revelarse la compra oficial de armas alemanas usadas en la noche de Iguala se reavive otro Cocula en forma de grabaciones telefónicas para inculpar mediáticamente a dichos narcos?).

Los normalistas rurales del país conmemoran el 2 de octubre en Ciudad de México. En 2014 los de Ayotzinapa debían recibir a sus compas y conseguir autobuses para el traslado de todos a la capital del país. Entonces ocurrió que ese ritual pisó sin querer un callo del monstruoso negocio del tráfico de heroína desde el triángulo dorado de Guerrero hasta Chicago: negocio hecho, consentido y protegido por quienes todos saben aunque no lo digan porque ante ellos hasta López Obrador parece cuadrarse… Y aunque los documentales Ayotzinapa. El paso de la tortuga, de Enrique García Meza, y Mirar morir, de Témoris Grecko, y el libro La verdadera noche de Iguala, de Anabel Hernández, no dejen la menor duda sobre qué, por qué y cómo, aún no se sabe dónde están los 43 estudiantes de Ayotzinapa y su búsqueda renueva lo consignado cada 2 de octubre: mientras no haya verdad ni justicia tampoco habrá olvido ni perdón.

 

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