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Bashevis Singer y la norma interior

Isaac Bashevis Singer (Polonia 1904-1991) es uno de los Premios Nobel menos divulgados. Es extraño, vista la sutileza de su pluma; véase su premiada compilación de cuentos Gimpel, el tonto.

Bashevis muestra cómo lo más local es lo más universal. Sus cuentos se desarrollan en comunidades judías pequeñas, con tradiciones sociales y morales, claramente religiosas, propias. Los nombres de los personajes son judíos y demonios y pecadores transitan, a veces con final feliz, a veces con una desgracia tras otra. Pero eso resulta asimilable a cualquier cultura por hablar de valores universales: la identidad del individuo frente a la sociedad, frente a la cosmovisión centrada en lo religioso, frente a la posibilidad de enfrentar esa estructura que inicia en la propia familia: la búsqueda de la identidad. Y la respuesta general es que el individuo existe en tanto logra ubicarse en el sentido social de la familia y, con ello, de las fuerzas del bien y el mal imbuidas en el quehacer religioso cotidiano, a veces extremadamente ortodoxo. La mejor ley no es la dictada por otros hombres, ya sean legisladores sobrepagados, constitucionalistas faltistas o actores de cualquier proceso legislativo, si no aquella que logra ser interiorizada. Que tenga implicaciones sociales, económicas y de autodeterminación, ya es otra historia. Los personajes de Bashevis son seres generalmente melancólicos que transitan entre las fuerzas externas que ponen a prueba su fortaleza interna. Y eso puede aplicarse a la sociedad entera: en “El caballero de Cracovia” es uno de los demonios quien pone a prueba al pueblo entero para hacerlos caer y lo logra, por la codicia de los habitantes, hasta que el Rabino logra abrirles los ojos, pero es demasiado tarde: los bebés han quedado calcinados en sus cunas “las madres se agachaban para recoger manos, pies, cráneos.”

En esa búsqueda de lo bueno y lo malo, los rabinos son señalados como referentes; más que por su conducta personal, por su conocimiento de las leyes divinas y los caminos que deben tomarse. El papel de la familia es cuestionado reiteradamente. Y poco hay peor que enviudar reiteradamente. “El mataesposas” habla de un rico que al cuarto matrimonio se topa con una mujer capaz de doblarlo y empobrecerlo, pero no de romperlo. Cuando se narran las peleas con una de sus esposas, se habla de que quienes luchan son los demonios que toda persona tiene a su alrededor: los conyugues no son los culpables. Y al final, cuando sobrevive a las guerras conyugales, vuelve a ser rico y vive muchos años, hasta después del siglo de vida, pero no hay ninguna riqueza en su casa. Ha sido una vida de polvo y olvido. Era necesario ser buen esposo y padre de familia, pero también eso se lo llevará el viento, dice Bashevis. Con un dejo de filosofía y otro de ironía, los personajes pasan penurias y dolores, pero terminan por comprender la futilidad de la vida: en “A la luz de las velas conmemorativas” tres vagabundos narran su llegada a esa fogata en busca de calor y comida. Son historias sobre la excesiva fidelidad conyugal y sus riesgos, pues el hombre que ha vivido cincuenta años con la misma mujer simplemente no logra acomodarse al lado de ninguna, ni siquiera sin hablarle o tener una relación más personal: prefiere pedir limosna y dormir en las calles. Es un recurso usado en todas las literaturas, el de hablar de los bajos fondos para establecer el proceder de una sociedad, como si quienes no tuvieran nada fueran más observadores y, así, más conocedores de la naturaleza humana. Lo cual se extrapola a las historias contadas por pequeños demonios, quienes, por un lado, no tienen ninguna relación con los valores y bienes humanos, así que hablan sin tapujos y con sentido crítico sobre las costumbres de su época y sociedad; por otro, buscan divertirse a instancia de las desafortunadas personas que caen en sus garras. Ello también se traduce en la concepción de que la vida es una serie encadenada de burlas y risas por parte de los seres sobrenaturales, sin importarles la consecuencia sobre los humanos. Esta crueldad dota de un sentido precario al diario vivir: nosotros no lo entendemos, pero en el cielo o en el infierno hay entidades muy atentas de nuestro sufrimiento, generalmente por ellos provocado, explica en sus cuentos. Todos escritos con una disfrutable sutileza, donde la aparente sencillez conmueve por eficaz.

El orden celestial y los jugueteos entre los muchos contrarios, las leyes religiosas, la unidad familiar con sus variantes son pretextos para llegar a las leyes de la rectitud que permiten a los personajes, y así a los hombres lograr una vida soportable cuando interiorizan esas normas, muchas no escritas: la fe en un orden, aún incomprensible, dota de sentido.

Al final, la futilidad de lo cotidiano y de la perspectiva individual debería llevarnos a la conclusión lógica: en palabras del rabino de “Alegría”: “se debería estar siempre alegre.”

 

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