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Bemol sostenido
Por Alonso Arreola

Resistir… Desistir

 

Recientemente cancelamos un par de eventos en que íbamos a participar. Las consecuencias tendrán efecto ambivalente por un tiempo. Es inevitable y parece bien, inevitable. Lo compartimos porque, desde situaciones harto distintas (una historia terminó bien y la otra no), ambos hechos nos hicieron reflexionar sobre los vientos que pegan en las velas de grupos y músicos nacionales cuando se ven bajo presiones atmosféricas. La mayoría de las veces en contra, sus barcos crujen peligrosamente en los mares de malas e históricas costumbres antes de sobrevivir, una vez más, un día más. Dicho ello, a no preocuparse, que estas líneas no hablarán de nosotros sino de lo que hemos atestiguado.

Así es. Son innumerables las olas que se sortean para que las canciones nazcan y subsistan en el seno de un grupo musical. Algunas brotan y desaparecen en la convivencia interna. Otras vienen de fuera y persisten. Las primeras, en tanto surgen del proceso creativo y la convivencia intensa, son comunes y normalmente superables. Las segundas, sin embargo, pueden afectar hondamente a quienes integran un conjunto si sus cimientos fueron mal asentados. Cuando se les vence, empero, promueven la hermandad y una complicidad de largo aliento. Sólo así, entrando al juego de balanzas y contrapesos temperamentales, es como se puede resistir un tsunami visitante.

Tras mirar biografías y documentales de bandas tan emblemáticas y estudiadas como los Beatles o los Rolling Stones, verbigracia, los tragos amargos a que tenemos acceso apenas dejan ver una zona mínima de los verdaderos remolinos que fueron superados internamente. Conjugar cuatro almas inquietas en un mismo discurso resulta empresa titánica y siempre temporal, esporádica. Se necesita querer mucho la música para seguir de frente si es que el desacuerdo impera. Se necesita, sobre todo, aprecio y respeto entre quienes integran su colectivo. Es verdad que la historia da ejemplo de bandas que continúan juntas sólo por el dinero, pero proporcionalmente son poquísimas. Jugar al hipócrita durante tantas noches no se le da a cualquier navegante sonoroso.

Volviendo al mar de fondo: dentro de los grupos hay quienes aceptan los embates del exterior con un estoicismo particular, y quienes reaccionan apenas ven venir el huracán; hay quienes aguardan el momento indicado para elegir dirección, y quienes simplemente no responden nunca a la rosa de los vientos. Sintonizar respuestas en disímiles circunstancias se convierte en el mayor de los retos, pues los mecanismos de la industria están siempre listos a castigar según se comporten los músicos en turno. Hay que decirlo: a ninguno de sus actores le gusta tolerar disidencias que pongan en riesgo su poca rentabilidad.

Piénselo dos veces nuestra lectora, nuestro lector: ¿cuántos de quienes hacen negocio con el tránsito constante de grupos entre sus manos (productores, promotores, foros, disqueras, festivales, instituciones) están dispuestos a aguantar señalamientos o críticas por su falta de competencia? Resulta más conveniente y sencillo crear culpables, fichar en la lista negra a los desleales y jamás volver a contratarlos, que entender el rompecabezas entero y asumir alguna responsabilidad en la tormenta.

Es en ese preciso momento cuando los grupos viven sus mayores pruebas de riesgo y unidad. Algunos de sus miembros creen que el show debe continuar a como dé lugar, por respeto a la música. Otros, en las antípodas, prefieren detenerse exactamente por las mismas razones: por respeto a la música. Lo hermoso es subsistir por algo superior. Sea como sea, en México aún falta mucho para que quienes producen espectáculos –originalmente de buena fe– traten de la misma forma a quienes vienen de fuera y a quienes radican aquí. La dignidad no tiene que ver con nombres y apellidos, ni siquiera con la trayectoria de los artistas. Subyace en la educación que iguala a todo aquél que comparte un escenario para abrirle abismos a la noche.

Buen domingo. Buenos sonidos. Buena semana.

 

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