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Cinexcusas
Por Luis Tovar

 

Querido León:

 

 

Gracias al documental, quienes nada saben de ti pueden enterarse de que naciste en una colonia popular al norte de Ciudad de México; salvo tú mismo y como de pasada, cuando saludas a una vieja vecina, no se mencionan mayores datos catastrales ni en qué año llegaste al mundo, ni cuándo dejaste esa pequeña casa ni a dónde te fuiste a vivir, pues el documental es de ésos en los que, incluso tratándose de una producción eminentemente biográfica, la mayor parte de las veces el dato duro deja su sitio a una narrativa en la que se privilegian el instante, la anécdota, el comentario suelto, la imagen aparentemente inconexa que sólo en conjunto cobra sentido. No lo digo en contra del proceder formal de los directores del documental, pues muy pronto se revela lo acertado de esa elección, pero de todos modos habría sido bueno, para entender más o, mejor dicho, para entenderte más y mejor, que la película contara algo al menos acerca de tus muchos y variados oficios antes de que te decantaras definitivamente por la plástica y la música, de las cuales sobre todo la última es por lo que te conocemos los que ya te conocemos y, gracias al documental, por lo que te conocerán quienes todavía no. Eres tú quien explica de dónde vienes, quién has sido a lo largo de las más de ocho décadas que sumas mirando la realidad y transcribiéndola en letra y música, y quién eres hasta la fecha en términos socioemocionales, y lo digo con esa palabreja por una razón que tú mejor que muchos vas a entender: jamás te has considerado ajeno a los otros, lo tuyo es la colectividad, o para decirlo con un vocablo que algunos –tú jamás– han querido abollar diciendo que si es panfletario, que si anacrónico, que si no representa a nadie y se usa por conveniencia… esa palabra es “pueblo”, y realmente pocos en estos tiempos podrían usarla con tanta autoridad, pero sobre todo con tanto conocimiento de causa como los tuyos.

Así que el documental no habla de cuando estabas bien chavo y vendías refrescos, paletas y hasta veladoras, ni dice nada acerca de tus primeros acercamientos a las movilizaciones de protesta y las organizaciones políticas, como el Comité de Defensa Popular o La Comuna de Sor Juana, que tú y otros músicos, pintores y escritores fundaron en una vieja colonia de Ciudad de México, nada menos que en 1968. Y hablando de ese año emblemático, hermoso y terrible a la vez, tampoco menciona que fuiste alumno del CUEC precisamente a finales de los años sesenta, y que esa circunstancia provocó que algunas de las tomas de El grito –sólo tú podrías decirnos cuáles– sean de tu autoría. Es más, ni siquiera se mencionan los poco más de diez discos que has editado desde 1969 hasta la fecha, y la banda sonora incluye apenas un puñado de tus canciones. En verdad es una lástima, pues la deuda de datos biográficos habría quedado más que saldada si el espectador pudiera escuchar más de esas letras tuyas en las que hablas, por ejemplo, de Leonides, de Cipriano o de cualquier otro personaje de la calle y de las fábricas, porque ellos son tú mismo.

En cambio, lo cual es de agradecer y se relaciona con lo que antes te decía –que la decisión de los directores del documental me parece acertada–, sí se habla mucho y bien de las mujeres pero, como tú mismo dices a medio concierto, “no de las burguesas”, sino de las que luchan, se organizan, salen a la calle a defender sus derechos y los de las demás. Ahí está doña Fili, más vieja que tú, en el Pedregal de Santo Domingo haciendo plantones para defender que haya agua para todos y no sólo para quienes habitarán otro condominio lujoso. Ahí está Verónica, vecina de la colonia Martín Carrera, donde también viviste, resistiendo los embates de eso que hoy se conoce como el pulpo inmobiliario. Ahí también Gloria, costurera sobreviviente del terremoto del ’85 que ni un día dejó de pelear por su gremio, y llegó el nuevo terremoto, el del año pasado, a darle nuevos motivos y más ánimos para continuar.

Apenas había comenzado, querido León, y el espacio se me fue como dices que se va la vida al agujero…

Se va la vida, compañera (Mariana Rivera, México, 2018.)

 

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