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Del acoso textual
'[Cuadratín]', Luis Paniagua, Revarena-unam, México, 2017.
Por Enrique Héctor González

En realidad, la primera dificultad de este libro es la enunciación de su título: convencionalmente podemos llamarlo Cuadratín, porque es el símbolo que utiliza su autor, el poeta guanajuatense Luis Paniagua (1979), para encabezar los veinte poemas que integran el volumen, ese pequeño cuadrado indicador de la ausencia de un texto. Y en verdad las páginas de Paniagua son la cara visible de esa búsqueda siempre ineficaz, siempre insomne: la de la escritura en sí, la condición palimpsestual de todo texto, que siempre es un decir que se monta sobre otros, que reduce sus esfuerzos (como no puede ser de otra manera) a lo que la lengua, ese sistema profundamente fascista –según lo observa Barthes– nos permite decir, nos deja alcanzar a articular con la sola combinación de un limitadísmo número de signos que representan los ruidos que hacemos al hablar. Por ello, de seis modos distintos y recurriendo a sendos epígrafes, el libro da inicio con media docena de referencias a poetas que denuncian este impasse de la escritura, desde Robert Frost (“La poesía es lo que se pierde en la traducción”) hasta Thomas Tranströmer (“Eso que quiero decir/ refulge fuera de mi alcance”).

La duda de todo discurso, los meandros por los que se anda a tientas y no llevan a ninguna parte a la hora de querer seducir el pensamiento o la imagen para hacerlos encallar en la palabra, es el asunto central de este libro que, a veces, se atiene al astuto o desastroso recurso de mostrar la frase, digamos, “como sobre el aire”, atravesada por una línea horizontal que nos recuerda que el poeta la desaprobó, que no traduce lo que quiso decir, o que la deja sin embargo como la huella de una ausencia, de una imposibilidad, tal cual ocurre en “Poltergeist 2”.

Es sintomática, casi angustiosa o mórbida, la red de “perfiles, claves, silencios, alteraciones” (escribiría Monsiváis) en que se atora la escritura de Paniagua. Es inevitable, también: el poeta intenta, invoca siempre una realidad intraducible en la que todo se vuelve aproximación. El autor apela incluso, en alguno de sus textos, a los meros signos de puntuación, esparcidos en el blanco de la página como las palabras de Mallarmé, para reconocerse en el silencio que deambula en el fondo, en lo indecible, en la renuncia a toda efectividad verbal: “No digo: callo:/ del dogal,/ el silencio de la asfixia:/ la lengua enloquecida/ que se asoma,/ pero no dice.”

No es difícil conjeturar que la tarea que ha acometido Paniagua es un arma de dos filos: por un lado, deja frente a una crisis de credibilidad sus posibles siguientes libros, pues ha intentado en este atisbar una suerte de negación de la escritura; por otro, el esfuerzo emprendido, bien encuadrado y límpido como, precisamente, la tarea entregada por un escolar emérito, es ya casi un lugar común de la poesía y es difícil cosechar donde tantos (como los poetas que él mismo invoca en los tantos epígrafes y señuelos del libro) han abrevado con tan diversa y provechosa suerte.

El último poema del libro está conformado por una serie de breves aproximaciones a Julia Pastrana, la así llamada “mujer más fea del mundo”, una indígena prognata sinaloense del siglo antepasado cuya peculiaridad anatómica (una doble hilera de dientes) la hiciera famosa, indecentemente exhibible y hasta conocida por Darwin bajo el equívoco apelativo (otro más: la vida de esta mujer fue, como puede suponerse, una infame gramática de inexactitudes desastrosas) de “bailarina española”. Paniagua no monta ninguna denuncia social sino, más bien, reconstruye lo que se sabe de esta historia con fraseo fragmentario para cerrar el libro y de algún modo metaforizar, me parece, cómo la realidad se deshace asimismo en desobediencias genéticas, sociológicas, históricas, que muestran su obsceno rostro equívoco con idéntico desamparo al de la palabra en el texto, señalándonos cómo el mundo es una escritura que, todavía, no podemos descifrar.

 

 

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