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Infancia y destino de Enrique Diemecke

Antes de ser músico yo era música. Mis padres tocaban el violonchelo y como el resto de mis siete hermanos fuimos concebidos en un ambiente de afinidades y afinamientos. Mis recuerdos más remotos los escucho al tiempo que los veo. Asumo la vida como un acto musical. No hay nada en mi existencia que no provenga de una experiencia sonora. Aprendí a leer y a escribir español al mismo tiempo que en los cuadernos pautados y en las partichelas. Provengo de una tribu de músicos. Mi familia es la música.

Soy Enrique Arturo Diemecke, nací el 9 de julio de 1955, cuando mis padres vivían una breve temporada en Ciudad de México. Desde muy temprano descubrí que mi vida está asociada a todo lo que suena. Mis otros sentidos responden al oído. Las cosas que se mueven o están quietas, sus imágenes, sus aromas contienen ya una información y una posibilidad sonora, no sólo porque la casa paterna estuvo poblada de instrumentos musicales que sonaban todo el día, sino porque la imaginación comenzó a encontrar sonidos en las imágenes de todo cuanto me rodeaba o alimentaba mi fantasía. Mi padre supo orientarnos, a mis hermanos y a mí, por el camino natural de nuestras emociones y nuestra sensibilidad. Antes de la edad escolar yo descubrí la relación de los instrumentos con la naturaleza, por ejemplo, los alientos representaban la presencia de las aves y el aire, las cuerdas me ponían en contacto con el agua, las percusiones con la tierra. Mi padre vino a confirmar esa percepción, me explicó cómo todos los instrumentos establecen un diálogo con la naturaleza, pero no imitándola sino recreando sus acciones. Luego descubrí los cantos religiosos, las obras que alaban la presencia y existencia de un ser superior, creador de todo cuanto hay. Pensemos en Las cuatro estaciones, de Vivaldi, que caracterizan cada época del año, las actividades humanas según sus condiciones climáticas, la dinámica de la flora y de la fauna, los cambios de colores y temperaturas, de la luz. La música, entendí muy pronto, era algo más allá que tocar notas, era una forma de interpretar la vida.

En casa, la vocación vino de manera natural para todos los hijos. Nos desarrollamos musicalmente bajo el magisterio paterno. Desde muy pequeños veíamos cómo nuestro padre enseñaba a sus alumnos, cómo los iniciaban y los iba conduciendo por su propio camino. Atestiguamos el nacimiento y el crecimiento de muchos de esos chicos en el aprendizaje de la música. Cuando nos tocó iniciarnos ya estábamos, de algún modo, puestos en marcha. Mi padre insistía mucho en hacernos notar que se trataba de una vocación excesivamente celosa, una alma esposa que no admitía abandonos ni descuidos. Para él, la música era una religión y exigía una entrega absoluta; las compensaciones dependían de cómo respondieras a sus preceptos. Nunca te faltaría nada, ni placeres ni satisfacciones, una vida completa. “No piensen en el dinero, sólo concéntrense en la energía de esa información que están poniendo en su mente y en su espíritu”, insistía él a sus ocho hijos, tres varones y cinco mujeres.

A mí me correspondía tocar el segundo violín por ser el menor de esa camada. Un día, cansado, le pregunté a papá por qué el segundo no paraba de tocar. Él me miró comprensivo y sonriente me explicó. “Mira, cuando el compositor hizo esta obra, el emperador tocaba el segundo violín y el compositor el primero. Como el rey era un aficionado, Haydn dejó algunos breves descansos, pero el monarca no hacía las pausas y no paraba de tocar. Haydn le hizo reparar en esos silencios, en los que estaba obligado a detenerse. Pero él le respondió categórico, el Emperador nunca espera. Desde entonces el segundo violín no descansa.” De un plumazo, mi padre me hizo sentir la relevancia principal de ser segundo en la orquesta familiar. Nunca más protesté con la función que me correspondía y tampoco volví a manifestar cansancio. Papá tenía el don de convertir y hacer sentir importantes a las personas, de volver relevante cualquier tarea.

Efectivamente, como los dedos de una mano, cada hermano es diferente y tiene una función distinta. Nosotros asumimos nuestra correspondencia a una familia de músicos, pero cada uno buscó sus propios intereses, sus propios senderos. Mi padre era muy observador y poseía una agudeza psicológica para entender las capacidades y pasiones de cada quien. Él era maestro en la Universidad Labastida de Monterrey y consiguió que sus hijas pudieran estudiar allí. En ese momento era la mejor universidad femenina de la época en la capital de Nuevo León y de todo México. Formamos el cuarteto Diemecke. El cuarteto es la forma clásica más completa en la que se basa la música de cámara y toda la música. Por ejemplo, en los coros vamos a tener a las sopranos, las mezzosopranos, el medio bajo, puede ser un tenor o barítono, y el grave que es el bajo, las voces están basadas en esos rangos sonoros. Si sabemos un poco de armonía, entenderemos por qué casi toda la música está basada en dichos rangos, como lo son los cuatro puntos cardinales, las cuatro estaciones del año. Jilma, mi hermana mayor, era muy bonita y delicada, y eligió el chelo; Carolina, la segunda, optó por la viola; mi hermano Pablo era el violín primero y yo el segundo. Extramusicalmente, mi padre nos asignó papeles de acuerdo con nuestras personalidades y temperamentos. Jilma llevaba el control de los números y la coordinación general; Carolina, la segunda, era quien se encargaba de recolectar la música, de tener todo listo para nuestros ensayos y actuaciones. Mi papá decía que era nuestra ecónoma, la que tenía el resguardo, la archivista. Mi hermano era el líder, primer violín, y yo, al inicio, por ser el más pequeño, no tenía otra tarea que tocar el segundo violín. Pero muy pronto papá me asignó una función, ser el “representante artístico”. Yo era quien hacía la presentación de las obras y relataba un poco la vida de los autores al público, a veces también hacía referencia a los instrumentos y explicaba el trabajo de nuestro cuarteto. Mi padre advirtió en cada uno ciertos rasgos de carácter e intereses para crear las condiciones en las que nos sintiéramos más cómodos y desempeñáramos lo mejor posible nuestros respectivos papeles.

Soy muy creyente. Fui a colegios católicos e incluso fui acólito. Absorbí con devoción las enseñanzas religiosas, pero desde pequeño establecí una diferencia que conservo hasta la fecha y se basa en interrogantes: ¿En qué y cómo vas a creer?, ¿en lo que te dicen, en lo que tú mismo interpretas, en lo que ves y en lo que escuchas? Ese sistema de fe se fue decantando en mí sobre la base de una virtud, el perdón. Cómo músico me ha tocado asistir y a encontrarme con otros pensamientos religiosos, con otras iglesias distintas a las cristianas. La música me enseñó que es también un sistema de preceptos, de reglas, de leyes. Comprendí lo que decía mi papá: la música se convierte en una religión que debes estudiar incesantemente para actuar con libertad e incluso para romper dichas reglas... y hasta sus leyes. Ese punto fundamenta el hecho de que tu interpretación sea distinta a la de otros... e incluso a la de ti mismo en diversos momentos. Veo la existencia de Dios a través de la Naturaleza, lo siento y dialogo con él a través de la música, comprendo su capacidad de perdonar a través de los sonidos y el arte; la capacidad del perdón la encuentro también en mi disciplina, su expresión me permite entrar en el seno de otras religiones y disfrutarlas sin culpa, sin perder vínculos con la fe que me enseñaron mis padres. Pero insisto, la música no sólo me hace tolerante con otras mentalidades y otras creencias, que no intento romper, sino acomodarlas a mi propia forma de ver y de entender el mundo, de encontrarme cara a cara con el perdón desde diversas perspectivas. Su conocimiento me abre la posibilidad de entrar y salir, como lo hago en el arte, para compartir mi oficio y mi creencia con los demás de la manera más sublime a mi alcance, para mostrar el milagro de la música y de la vida al mismo tiempo.

La música es un lenguaje abstracto que abre una puerta hacia lo real y lo imaginario, que incluso puedes compartir, exponer a los demás al ejecutarlo en los instrumentos. Pero eso es sólo el principio, hay que recorrer una infinidad de caminos para llegar a ciertos niveles de comunicación y de elocuencia, de interpretación y de creación, de comprensión. Si la filosofía estructura la mente y la religión el espíritu, hay un balance entre esas dos fuerzas. El arte, por su lado, nos permite un acceso al misterio de la vida y de la muerte con una gamma de tonalidades y de interpretaciones. Hay compositores muy religiosos, los hay muy científicos y técnicos, los hay apegados exclusivamente a la historia y a la narración de historias. En el caso de Bach, efectivamente, fue un gran científico musical, pero sobre todas sus virtudes se encuentra el hecho de que fue un hombre dotado de una sensibilidad enorme, fue un gran artista. Convirtió una ciencia en un arte. No se limitó a la expresión fría y calculada de los sonidos, los dotó de pasión, del temblor místico y musical que hace perdurar sus obras a través de los siglos. Él dialogará con las generaciones venideras desde el fondo de su espíritu y su racionalidad.

El hombre es él y sus instrumentos. Cuando era muy pequeño y vivíamos en Jalapa, me desperté a media noche y fui a la habitación de mis padres. Les pedí dormir con ellos porque tenía frio. Accedieron y prometieron que al día siguiente me llevarían a comprar una cobija. Después del desayuno acompañé a mi padre a una tienda donde vendían de todo, incluso cobijas. En las estanterías podías ver herramientas de toda índole, latas de pintura y de comida, granos, harina, calzado, ropa, utensilios de cocina y de limpieza. Era una escenografía caprichosa y abigarrada, un universo que se antojaba fantástico, un teatro habitado por criaturas ocultas entre enseres y trebejos de la más diversa índole, por rincones sombríos y vitrinas se escondían tesoros, puertas que se abrían y cerraban ante el ir y venir de los tenderos. Mientras mi padre pedía ver las cobijas, alcé la vista y descubrí un violín colgando del techo. Pregunté con malicia al empleado qué era aquello que pendía sobre nuestras cabezas. “Es un violincito”, me respondió con curiosidad. “Es chiquito, ¿verdad?”, insistí, y enseguida le pedí que lo bajara para verlo. Papá miraba callado la escena. Al fin preguntó cuánto costaba y me dijo muy serio, “sólo me alcanza para una u otra cosa, ¿cuál prefieres?” Sin dudarlo, respondí que el violín. “¿Y el frio?”, me preguntó burlón. “Con el violín no creo que vaya a pasar fríos”, repliqué. El dependiente lo puso en una bolsa y llegamos a la casa con nuestro nuevo instrumento. Lo cogí entre mis manos, y aunque era un violín pequeño, no me quedaba. Yo estaba por cumplir seis años. Mis brazos y mis manos no se ajustaban al violinicito. A mi hermano Pablo le quedó a la medida y comenzó a tocar en ese instrumento. Lloré y lloré mi impotencia hasta que tuve la edad y el tamaño necesarios para sus dimensiones. Mientras tanto fui aprendiendo las partes del violín dándoles interpretaciones muy fantasiosas. En todas mis acciones hallo relaciones mágicas y señales positivas, por ejemplo, cuando acepté dirigir la orquesta del Teatro Colón, en Buenos Aires, observé que el recinto se encuentra en la calle Toscanini y la avenida más importante de la capital argentina es la Nueve de Julio. A mí me pusieron Arturo por Toscanini y nací un nueve de julio. Me enamoré de la ciudad, de la acústica del teatro, de la orquesta. En Argentina me conocen no como Enrique, sino como Arturo l

 

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