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Las rayas de la cebra
Por Verónica Murguía

Hasta que se demuestre lo contrario

Odio la culpa: emoción informe y pesada con la que todo católico –judío, musulmán o comunista– está familiarizado. Y más las mujeres, de donde sea. Yo tengo reservas infinitas de culpa: ignoro su origen. No quiero decir con esto que no he metido la pata en la vida. La he regado copiosamente, pero no como para justificar mis insólitas reservas de culpa. Son presas llenas hasta los borde de agua lodosa y fría; bóvedas atestadas de lingotes plomizos; bodegas, minas, manantiales. Soy como un personaje de novela rusa. Qué fastidio.

En la infancia me sirvió para modelar mis impulsos, para civilizarme. Ahora sólo me ahoga, ridículamente poderosa. Soy una señora común y corriente, que se cuida de no fregar a los demás. ¿Por qué me atormenta? ¿Por mis orígenes pequeñoburgueses en un país pobre? Nadie elige dónde y en qué circunstancia nace –además de que, si hubiera podido escoger, dudo que mi elección hubiera sido México.

Se supone que uno la siente al romper las reglas, pero hay quienes la padecemos hasta dormidos. En el sistema de mis emociones suele acompañar a la impotencia, a la indignación. Desconozco la causa de esta ambigüedad.

En México, país corrupto y violento como pocos, hay mucha y mal repartida. Decenas de perpetradores de cosas horribles andan por ahí muy ufanos e incontables víctimas están en la cárcel o el panteón. Pero la posibilidad existencial de padecer culpa crónica en la gente normal, digamos, está en la letra chiquita del acta de nacimiento. En un pie de página que manifiesta que si somos mexicanos seremos, por lo tanto, culpables de algo. Cuando el acta es de una mujer, el pie de página se alarga: si eres tonta, lista, mala o buena, lo mismo da. El veredicto es que tuya es la culpa, por los siglos de los siglos, amén.

Imagino la culpa semejante a una tuna con espinas venenosas que nos tiramos los unos a los otros y que generalmente se queda con quien no la puede esquivar, no con quien debe asumirla. Indistinguible de la responsabilidad, pues estamos acostumbrados a ignorar los matices en la conducta, quizás porque vivimos sujetos a una autoridad sorda, arbitraria.

Así, muchos inocentes suelen ser tratados como culpables. Incluso hay quien la adjudica al enfermo. Entonces, aquél que padece cáncer es porque se aguantó no sé qué; quien se derrumba por un infarto, se calló algo que debía decir; ése al que le duele la panza no sabe cómo enojarse. Es su culpa, dicen, y aumentan el dolor ajeno por miedo a sentir compasión.

Se cuela hasta en los tratos más banales. El otro día usé un pase de visitante en un gimnasio. Con el pase, una tarjeta electrónica, podía abrir un casillero y guardar ahí mis cosas. El número del casillero se me olvidó. Fui a decirle a la señorita de la recepción y me contestó que no había problema, que un lector en la recepción tenía el número de casillero abierto con mi tarjeta. La tomó, la pasó y me miró con cara de susto:

–No sirve el lector. No sé qué le pasó al sistema.

–¿Tiene alguna tarjeta con la cual abrir los casilleros?

–Sí, pero no lo puedo hacer. Tengo que respetar la privacidad de los socios. Si llega a faltar algo es mi responsabilidad.

–¡No es culpa mía que se haya descompuesto el lector!

–Lo siento. Es culpa suya por haber olvidado el número. Va a tener que esperar a que salga el último socio y cuando ya estén todos los casilleros abiertos, el que quede será el suyo. Entonces sí se lo abro.

–Y eso ¿a qué hora?

–A las once de la noche.

Eran las siete y las llaves de mi casa estaban dentro del casillero.

Me senté en un escalón y me imaginé que me quitaba la culpa de encima. La culpa tonta de olvidar el número del casillero y todas las demás. Que me iba de ahí, libre para hacer lo que se me diera la gana. Así transcurrieron las horas, mientras yo enumeraba mis imaginarias y libérrimas posibilidades.

Hasta que dieron las once y pude sacar las llaves bajo la mirada severa de la recepcionista.

 

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