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Cinexcusas
Por Luis Tovar

Simple sentido común

 

“El cine no es tratado como un elemento de la canasta básica sino como un lujo, lo cual hace menos accesible su alcance a un sector importante de la población […] y el público mexicano no hará contacto con su cine si no encuentra opciones para verlo.”

Imposible de rebatir, la idea suprascrita podría firmarla cualquier persona medianamente enterada del fenómeno cinematográfico en México: boletos de taquilla comercial con un costo similar e incluso superior al salario mínimo; dispersión de salas orientada, a lo largo del país entero, exclusivamente en función del poder adquisitivo; producción cinematográfica nacional abundante pero mayoritariamente desconocida… han redundado en distorsiones de múltiple naturaleza: la más visible consiste en el último absurdo mencionado, por culpa del cual sólo un puñado de las ciento setenta o más películas mexicanas producidas anualmente pueden ser vistas –y eso únicamente por algo así como veinte por ciento de la población–, y el sinsentido remata con una situación no sólo anómala sino, en su profunda injusticia, replicante y perpetuadora de un clasismo que lleva demasiadas décadas dañándonos como sociedad.

A los pejefóbicos no les va a gustar nadita, pero la cita que abre estas líneas proviene del documento Proyecto 18, es decir, la plataforma programática presentada desde hace meses por quienes ganaron las elecciones presidenciales y la mayoría legislativa el pasado 1 de julio. Se trae a cuento aquí a propósito del foro convocado recientemente por el equipo de Alejandra Frausto, próxima titular de la Secretaría de Cultura federal, así como por María Novaro, que dirigirá el Imcine, en el que se invitó a la comunidad cinematográfica a dialogar y plantear propuestas de cara al próximo sexenio y, es de esperarse, a mucho más largo plazo.

No se menciona para colgarse medallas, pero muchas de las ideas ahí vertidas han sido reiteradamente manifestadas en este espacio, además de otros, pero se celebra ese “lo dije yo primero” por lo verdaderamente crucial: coincidimos, desde hace años, en las medidas de obvia urgencia para sacar al cine mexicano del marasmo en el que suele chapalear.

Sin duda, la más relevante de todas es la que anunció Frausto: según informó, el nuevo acuerdo comercial entre Canadá, Estados Unidos y México incluye una cláusula de excepción cultural que abarca “a la industria audiovisual y cinematográfica”, que Canadá tuvo desde siempre y que México, entreguista sempiterno, había omitido desde 1994, y así nos fue. Nunca será demasiada la insistencia al respecto: fue a partir de entonces que la producción, pero sobre todo la distribución y la exhibición cinematográfica comenzó a adquirir los perfiles que, al día de hoy, hacen que Todomundo considere natural e inevitable –por las “sacrosantas” razones de mercado– la postración vergonzosa de una manifestación cultural tan importante como es el cine.

Se habló también –lo hizo Ernesto Contreras, presidente de la Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas, lo cual es bueno– de la necesidad de revisar la Ley Federal de Cinematografía, que data de aquellos años noventa. Asimismo, se propuso aumentar los tiempos de pantalla reservados a la exhibición de cine nacional, punto polémico en el que coincide el citado Proyecto 18 y buena parte de la comunidad fílmica, y que deberá verse hasta dónde llega y cuál es su beneficio real. Hay un añadido importante, que de entrada le quita el aire de llamada a misa: el Proyecto amloísta propone estímulos fiscales para los exhibidores que cumplan la nueva norma.

Del mismo modo se planteó la necesidad de establecer nuevas vías de exhibición, independientes de las grandes cadenas comerciales; que los filmes hechos con recursos estatales sean exhibidos de manera gratuita; que el Estado cuente con su propia distribuidora; que la Cineteca Nacional honre su nombre expandiéndose por toda la República… En resumen, se revisaron ideas que han circulado desde hace años. El punto es que ahora dichas ideas por fin pueden, y el simple sentido común indica que también deben, volverse realidad.

 

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