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Tomar la palabra
Por Agustín Ramos

Fenomenología del espíritu chingativo

 

El conocimiento es un instrumento, para mirar lo absoluto

o para apoderarse de él

g. w. f. Hegel

 

 

Es un hecho. Disertamos sobre el porqué, el como si, el en sí y el para sí de la conciencia. Nos obsesionamos por saber quién y cómo manejará y repartirá el botín científico y cultural pero no la deuda ni la moneda. Discutimos si un aeropuerto no hace Holas!, mientras una boda sí. Si quitar los homenajes a un genocida borrará la historia de la histeria. Si ésta renunció antes de llegar pero después de que sus fans celebraran con bombo y platillo y de que su grupo la sahumara con inserciones pagadas, mientras éste, para furia y preocupación de exquisitos, telectuales y videntes, aceptó el encargo.

Es un hecho. Queremos impartir conocimiento o, de modo más modesto pero igualmente pontificio, vertemos nuestra visión, opinión e información, desde que nos dimos cuenta de que podemos contrarrestar la radio, la tele y la imprenta, mediante las redes sociales. Es un hecho. Bueno…, no exactamente un hecho sino, más bien, la percepción que tenemos de esto. Por ejemplo, lo que pasa nos llega primero por los sentidos. Los sentidos, todos, son la oficialía de partes o la oficina donde una recepcionista manda poner el sello de recibido y turna la cosa al área correspondiente. Esta área, lo dice la experiencia, puede no ser la idónea o, peor aún, no brillar por su sagacidad ni por su disponibilidad, así que buenamente partirá de un equívoco y se esmerará en seguir equivocándose. A veces, no muchas, el área de destino resulta ser la correcta, de chiripa o porque la alineación de los astros es la ídem.

En esta ocasión, por tratarse de un ejemplo, la veleidosa pero guapa y bien pagada edecán recepcionista le atina al buzón correcto, a la ventanilla adecuada. La documentación y el entendimiento requerido abren paso al siguiente escalón gnoseológico, que consiste en saber cómo va el trámite, a quién encomendarlo y cómo distinguir entre el celofán y el regalo (porque en el departamento previo nos suelen persuadir de que, para que la cosa en sí marche cual debe y el esto llegue a la neta del planeta, hay que aportar un esfuerzo suplementario). ¿Mordida a nuestra economía mental, acaso? No, tal vez un coscorrón, molesto quizá pero indoloro, o un raspón con las esquinas de lo real, remediable con paciencia, saliva y antiséptico. Las conexiones subsecuentes a la entrega del regalo son prácticamente inmediatas. La certeza del sí mismo se procesa y digiere para ascender, de la capacidad de conocer el esto, a la seguridad que se confirmará cuando al esto se le dé la gana. Y ya después, como decía mi abuelita, sólo Dios. Y en particular una de sus tres personas, el Espíritu (¿santo o chingativo?, eso depende).

 

La respuesta correspondiente al esfuerzo de la autoconciencia por trascender a la conciencia y acceder al saber real, nunca está libre de los problemas circulatorios propios de la megalomanía implícita en el deseo de llegar a la verdad absoluta o al poder que aporta ésta. Y si sólo fuera la circulación, vaya y pase, con perseverancia no hay aglomeración que dure cien años ni semáforo perverso que resista a la voluntad. Pero no. Hay variables, aporías, confusiones del esto con lo otro, dialécticas de señores y siervos o de clases en lucha. Que así sí pero discretamente, que así de plano no nunca jamás. Que asombra la velocidad de enquistados y chapulines para colarse al reparto del pastel, que mientras unos se resignan con los míseros sueldos de cien mil pesos otros declinan por motivos personales. Que los portavoces de los amos y señores siembran paparruchas a media plana con viñetas a color y engordan el caldo de La Opinión Pública Sociedad Civil de R. L. de C. V. para que los lectores-votantes se arrepientan y vuelvan a creerles, porque ellos se adueñaron de La Palabra y La Verdad por la ciencia infusa de la mediocracia, sin necesidad de conocer a Hegel, el de Polanco.

 

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