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Bemol sostenido
Por Alonso Arreola

¿Traducción musical?

Está claro que Jorge Luis Borges, pluma insigne de Latinoamérica, sabía mucho más del idioma inglés que el gran León Felipe, poeta de España llegado a México durante el exilio. Claro: el argentino creció al cobijo de una biblioteca familiar dedicada en gran medida a la literatura británica, mientras que el otro pasó la infancia en Santander. Dicho esto, cuando leemos las traducciones que ambos hicieron al estadunidense Walt Whitman, cuesta tomar partido.

Dice Withman en Song of myself: “Celebrate myself, and sing myself, / And what I assume you shall assume, / For every atom belonging to me as good belongs to you.”

Traduce Borges en Canto de mí mismo: “Yo me celebro y yo me canto, / Y todo cuanto es mío también es tuyo, / Porque no hay un átomo de mi cuerpo que no te pertenezca.”

Traduce León Felipe en Canto a mí mismo: “Me celebro y me canto a mí mismo. / Y lo que yo diga ahora de mí, lo digo de ti, / Porque lo que yo tengo lo tienes tú / Y cada átomo de mi cuerpo es tuyo también.”

Borges interpreta pero respeta el tallo original. León Felipe agrega un verso más y parafrasea el aroma que vive entre líneas. Para entender formalmente a quien enalteciera las virtudes del cuerpo y la fraternidad en Estados Unidos, se debe prestar atención al argentino; sin embargo, para sentir el espíritu de sus palabras y el viento en la cara, lo mejor será –según nuestra ignorancia– rendirse ante la traducción del español. Allí el asunto de hoy: la traducción, ese vehículo de alta responsabilidad con el que alguien expande el arte de otros y que, de alguna manera, supera el mundo de las palabras para llegar al de la música.

Es verdad: la universalidad de disciplinas plásticas y escénicas resulta mucho mayor –de primera mano al menos– que la de las letras, porque su naturaleza excede los límites de geografías e idiomas; pero ello no impide que, en las que están vivas y permiten resurrecciones perennes (conciertos, coreografías dancísticas, piezas de teatro), quienes las reinterpretan puedan y deban recurrir a herramientas no exclusivas para los traductores de poesía: contexto cultural, familiar, personal; diferencias léxicas-tímbricas; adaptaciones subjetivas... Visto en sentido contrario, entonces, los traductores tendrían algo de directores de orquesta, coreógrafos, jazzistas que ponen su alquimia en movimiento cuando tratan materia externa.

Tales ideas nos vinieron los pasados domingos cuando, en este mismo suplemento, dos colegas abordaron el asunto. Javier Sicilia se internó cariñosamente en el trabajo de Francisco Torres Córdova, poeta que viviera en Grecia y que conquistara con sus “versiones” a plumas como la de Odysseas Elytis. Después, Lorel Manzano se internó en la figura de San Jerónimo y la compleja repercusión de sus traducciones. Ello nos orilló a pensar en obras musicales –clásicas y populares– que cambian su grito si cambian las manos y voces que las “traducen”. ¿Ejemplos?

No esperamos que nuestra lectora, lector, cante melodías en su cabeza. Deseamos que vea diferencias en tres de las incontables transcripciones que se encuentran buscando la partitura de un estándar como “Summertime”, de George Gershwin.

Mucho que discutir. Observando cambios de compás, tonalidad, ritmo y armonía, una pregunta sería: ¿qué tanto traduce un director, arreglista o instrumentista cuando toma una obra ajena, compuesta en otro tiempo y en otro espacio, para sumarse a ella dejando su impronta ante una audiencia diferente? Como no hablamos de llana interpretación sino de profunda transformación, renunciamos a una respuesta pétrea. Buen domingo. Buenos sonidos. Buena semana.

 

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