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Cinexcusas
Por Luis Tovar

A quemarropa

 

A Jorge y Javier

 

Borrosa, pero no lo suficiente como para impedir la plena identificación de actos, rostros y vestimentas, la imagen registrada por las cámaras de seguridad del Tecnológico de Monterrey no dejan lugar a dudas: la noche del 19 de marzo de 2010, en la ciudad capital del estado de Nuevo León, el Ejército Mexicano asesinó a Jorge Antonio Mercado Alonso y a Javier Francisco Arredondo, estudiantes de la institución académica usualmente denominada el Tec. Permítase la reiteración y dígase sin atenuantes: hace exactamente ocho años, siete meses y tres días, el Ejército Mexicano mató, a sangre fría y sin ningún motivo, a dos jóvenes cuyo nivel de excelencia les permitía estar becados en una de las universidades más costosas del país.

Al otro día, convenientemente advertido quizá, o tal vez indolentemente desaprensivo, un empleado de intendencia del Tec limpiaba la sangre derramada la noche anterior por Jorge y Javier, mientras los espacios noticiosos daban cuenta de algo que, a esas alturas del sexenio sanguinario del ídem y entonces presidente mexicano Felipe Calderón Hinojosa, ya era un siniestro lugar común que a nadie sorprendía y a muy pocos parecía indignar: a las afueras del Tec, las fuerzas armadas federales habían ultimado a “dos sicarios armados hasta los dientes”. Las pruebas eran sólo dos: la presencia de sendas armas largas junto a los cuerpos de los abatidos, y la palabra de los miembros del Ejército, en particular la del general Cuauhtémoc Antúnez, responsable directo del “operativo” realizado aquella noche infausta.

Pero lo que no sabían las autoridades, tanto del Ejército como del Gobierno del estado de Nuevo León, y muy indignamente hasta las del Tec, lo que no podían prever fueron también dos cosas: la primera, que Alberto Arnaut –en ese momento un anónimo estudiante de la carrera de Comunicación de la Universidad Autónoma Metropolitana– conocía desde su infancia a uno de los estudiantes del Tec asesinados y que, al enterarse del manejo oficial y oficioso que estaba dándose a los acontecimientos, decidiría realizar un trabajo audiovisual en el que hablaría de quién había sido en realidad su amigo asesinado, y de inmediato se daría cuenta de que su primera intención quedaría rebasada por una necesidad mucho más grande y apremiante: denunciar la torpeza criminal del Ejército Mexicano en particular y el error craso de la “guerra contra el narcotráfico” en general, comenzada cuatro años antes; desnudar la complicidad institucional que trama impunidades a todos los niveles; alertar contra el riesgo latente de ser asesinado a manos oficiales en cualquier momento sin que los responsables reciban castigo alguno, así como advertir el riesgo potencial de algo que ya comenzaba a sonar y luego sería llamado Ley de Seguridad Interior, que garantizaría la perpetuación de situaciones como la generada aquella noche.

La segunda cosa que dichas autoridades no podían prever es que la cínica frase que un militar insensible tuvo a mal espetar –“los muertos no declaran”–, sería contrarrestada de modo irrebatible por aquellas cámaras de seguridad: borrosa, pero no lo suficiente, la imagen muestra cómo a Jorge y Javier, ya muertos a consecuencia de recibir sendos disparos con arma oficial a menos de un metro de distancia, les son “sembrados” un par de rifles para que la versión oficial tenga visos de credibilidad: he ahí a un par de peligrosísimos sicarios, abatidos por el heroico Ejército Mexicano. A Jorge y a Javier, simplemente y según lo que ya se había hecho costumbre, tocaba hacerlos pasar por desaparecidos.

Empero, si los muertos no declaran, las cámaras no mienten.

Una cosa más quedó fuera de los presupuestos de la autoridad cínica y hasta el día de hoy impune: que Alberto Arnaut se diese a la tarea de volverse cineasta, precisamente elaborando el documental Hasta los dientes, y que éste se haya convertido en una poderosa herramienta de denuncia que contribuye a cambiar de manera radical el estado de las cosas en materia de seguridad en este país nuestro que ya derramó demasiada sangre, puesto que la de un solo inocente ya es demasiada.

 

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