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La casa sosegada
Por Javier Sicilia

Tomás Calvillo: la defensa de la interioridad

Si algo caracteriza el reciente libro de Tomás Calvillo, El rapto de la interioridad (Colegio de San Luis, Pulso, 2018), es su implacable lucidez para describirnos la realidad de una época donde un mundo, hecho todavía de proporciones, lugares, tiempos, memorias, ha sido aceleradamente engullido por la velocidad y la virtualidad de una era que podríamos llamar sistémica. La palabra hace alusión a un mundo donde las relaciones cara a cara, las relaciones somáticas con el entorno, fueron engullidas por una estructura que, semejante a la computadora, carece de exterior.

Esa estructura que, dice Calvillo, se ha vuelto hegemónica, no sólo es la expresión de la pérdida del sentido y el triunfo de la imagen multiplicada al infinito, sino también y por ello, la expresión del vaciamiento de la existencia y de la instauración del show como forma de vida. Cuando todo, como en internet, tiene el mismo rango jerárquico –“el anuncio del Vodka y la oración de san Francisco, el paisaje de la Pagoda de Rangún y el gol de Messi”–y mediante un click podemos pasar de la Fenomenología del espíritu a un sitio porno; cuando en un noticiero televisivo podemos ir en un segundo del develamiento aterrador de cuerpos apilados en un tráiler a la frivolidad del corazoncito que Peña Nieto hizo con sus manos durante el grito del 16 de septiembre; cuando la palabra como entendimiento es desplazada por los mensajes relámpago de los tweets y la política se dirime como un producto más del mercado; cuando, en suma, todo es importante, ya nada lo es, y vicio y virtud terminan por confundirse en un juego de deseos y consumos sin substancia ni límite.

En ese mundo donde, interconectados como interfaces, simulamos vivir una orgía de libertad, es la interioridad de la mente, dice Calvillo –bordeando palabras cargadas de contenido religioso como alma o espíritu–, lo que está en disputa, lo que está siendo raptado, secuestrado diría yo. Es también, continúa Calvillo, hablando desde la meditación yóguica que ha practicado durante décadas, el único sitio que, vuelto exterior en un mundo encerrado en la velocidad de una interioridad sistémica, puede mantenernos en la proporción. El libro, sin embargo, demasiado ocupado por describir el rapto de esa interioridad, no dice mucho sobre cómo preservarla y cultivarla.

Pensando en ello, recordé las palabra que Bill Arney dijo en un seminario en Cuernavaca, en el que, para celebrar el 90 aniversario del nacimiento de Iván Illich, discutimos estos temas bajo el título de “Lo político en tiempos apocalípticos”. Me parece que Calvillo las aprobaría: “Un sistema exige de quien lo utiliza [y lo habita] comportarse como un componente sistémico [tal cual lo describe de múltiples formas El rapto de la interioridad]. La buena noticia es que el sistema es una no-cosa […] una visión, una manera de pensar. Para adquirir una ‘visión sistémica del mundo’, se nos debe entrenar. En lugar de ser sensibles a la simplicidad y a la autonomía, debemos aprender a ver las complejidades y sus indefinidas interconexiones. Debemos afrontar el ‘hecho’ de que los sistemas consisten en hoyos negros […] Debemos aceptar que los sistemas no son completamente predictibles. Debemos poner entre paréntesis la libertad de la acción autónoma y privilegiar la heterónoma […] Pero cuando se nos ofrece una nueva manera de ver y de pensar, siempre es posible –aunque frecuentemente difícil– decir: ‘No, gracias’” y preservarse, como lo hizo Illich y lo hace Calvillo, en la tarea de guardar el interior mediante la lectura, la meditación y el cultivo de amistades disciplinadas, desinteresadas, respetuosas. A partir de ellas, una comunidad puede florecer y descubrir todavía lo que está bien y el sistema engulle.

Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, detener la guerra, liberar a las autodefensas de Mireles y a todos los presos políticos, hacer justicia a las víctimas de la violencia, juzgar a gobernadores y funcionarios criminales y refundar el INE.

 

 

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