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Las rayas de la cebra
Por Verónica Murguía

Salud mental

Hoy que escribo esto es el Día Mundial de la Salud Mental. En todos los periódicos hay notas y tienen la misma urgencia que las noticias sobre la salud de la Tierra. Es decir, estamos en un momento difícil.

Muchos argumentan que siempre ha sido así: gobernados por sicóticos como Nerón y Calígula; o si ustedes quieren Hitler, Stalin, Mao, Trujillo, Papá Doc: derecha e izquierda unidas en el autoritarismo y la locura. Que siempre han existido los asesinos despiadados como la bestial pareja de Ecatepec, pero que estas cosas no se sabían como ahora. No se medían con estadísticas, no se comparaba un año con otro, no se hablaba tanto de eso.

No quiero sonar pesimista, pero desde que las cosas se miden, el suicidio ha ido en aumento. Es la segunda causa de muerte en el mundo entre los quince y los veintinueve años, sólo después de los accidentes automovilísticos. Además, ahora la depresión y el suicidio también amenazan a los niños. En México hay diez suicidios al día. Sé que el suicidio también ha afectado a los jóvenes en otras épocas: cuando Goethe publicó Las desventuras del joven Werther, en el que el pobre Werther se suicida a la medianoche por una pena amorosa, la afanosa identificación de los lectores con el protagonista dio origen a la Werther-Fieber, la fiebre Werther. Por lo menos cuarenta jóvenes se suicidaron vestidos como el personaje. En Las vírgenes suicidas, de Jeffrey Eugenides, cinco hermanas, bellas, jóvenes, vírgenes como dice el título, se suicidan una tras otra.

¿Por qué estamos tan tristes? ¿Tan angustiados? Yo sí lo estoy. No tan deprimida como puedo llegar a estar, como si me hubiera agarrado la mano un dementor (ver Harry Potter). Entonces me pongo nihilista como la Vetusta Morla (ver La historia interminable, de Michael Ende). ¡Uy! Me doy cuenta de que los libros para niños tienen descripciones fantásticas de la tristeza y hay personajes cuya cercanía deprime como los dementores. Bueno, pero ando ansiosa, presa de la incertidumbre. Supongo que, entre otras cosas, porque todos los días se nos bombardea de forma cada vez más efectiva con 1) malas noticias nacionales y mundiales, 2) hipótesis apocalípticas y 3) publicidad de cosas que no necesitamos pero que el fabricante nos quiere vender con el pretexto de que son esenciales en nuestras vidas.

Sumemos a ese bombardeo el hundirse en las redes sociales. Leí un día un artículo de un señor cuyo trabajo era calcular las búsquedas que la gente hace en Google. Suelen ser con más frecuencia de la que sospechamos: ¿por qué nadie me quiere? ¿Por qué estoy triste? ¿Cuál es el sentido de la vida?

El señor que medía la frecuencia con la que los usuarios de internet formulan estas preguntas comparó los datos de estas búsquedas hechas de forma privada con lo que la gente pone en el Facebook: soy feliz, estoy guapísima/o (aunque para hacerse el selfie se haya maquillado seis horas), tengo dinero, miren mi coche, yo qué sé. No hay facilitador más grande de la envidia y la sensación de inferioridad, dice este hombre, que las redes sociales.

Quizá siempre hemos sido frívolos, miserables, gobernados por locos, pero nunca antes nuestras fallas habían sido asunto de miles y, en casos de fama, de millones. Pienso en Anthony Bourdain, en Robin Williams, en L’Wren Scott, en tantos suicidas célebres, famosos, “triunfadores”. Y me da tristeza.

Además, que siempre hayamos sido así no significa que nos debemos rendir. Yo no quiero estar tan triste, pero sé que la felicidad no es como la venden. Es algo efímero, que se aprende a capturar, imposible de retener. Que hay un movimiento de la voluntad hacia la alegría, porque estamos rodeados de violencia. Vale la pena revisar quiénes y qué nos importa y hacer algo con esos afectos.

¿Suena ingenuo? ¿Por qué será que cualquier invitación a reflexionar seriamente sobre el significado de la vida suena a que uno va en primaria? ¿Será esto parte del problema?

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