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Narcisismo enmascarado
'Vanidad', Mario Andrea Rigoni, Ai Traine, México, 2017.
Por Andrea Tirado

 

Con la contundente frase inicial: “La historia de la vanidad es la historia del mundo”, Mario Rigoni establece la premisa para la lectura de Vanidad, anticipando de tal manera que disertar sobre la vanidad es, en sí mismo, un acto de vanidad, como si nadie nunca se salvara de ella, de su propio narcisismo disimulado, pues, como advierte el escritor, la vanidad es inherente a la humanidad. Construido enteramente con aforismos, el libro va dibujando y maquillando el rostro-retrato de la vanidad. Cada aforismo será una pieza clave para recorrer el laberíntico camino.
Para tejer la historia de la vanidad, Rigoni comienza con su aspecto más metafísico: la vanidad como primer fundamento y última explicación de la tragedia de la sociedad y de la historia. Todas las sociedades, todos los seres llevaríamos en nosotros, según el autor, un “irreprimible deseo de ser”, de no morir, incluso como nuestra condición ontológica.
A lo largo de las páginas se manifiesta la terca y vana búsqueda por la “eternidad”, por la inmortalidad, o bien, por ese “dejar huella”, pues la idea de irse de este mundo sin dejar rastro ni marca al hombre le resulta insoportable. Nada más terrible que desvanecerse sin más, nada peor que caer en un olvido irremediable. En nombre de este miedo es que, como lo expone el autor, se han realizado innumerables acciones humanas enormes o ínfimas. Tal es el caso del griego Eróstato quien, con tal de ser recordado en la historia, incendió el templo de Artemisa.
En capítulos como “En el reino de Clio”, Rigoni pone en evidencia ese deseo siempre insatisfecho y, por lo tanto, condenado a estar siempre presente. A través de un recorrido histórico de la vanidad, el autor muestra cómo desde la Ilíada y hasta los trescientos combatientes de Leónidas, la conciencia vanidosa de los hombres se revela en actos simples, como vestir túnicas rojas para que no viera el color de la sangre. Ante todo: nunca mostrarse vulnerable. O bien, la monumental estatua del general De Gaulle, rememorando el paso marcial con el que recorrió triunfante los Champs-Élysées, símbolo del triunfo y del éxito. Dicha estatua busca contrarrestar la irremediable finitud del ser humano, del héroe francés, con la inmortalidad de la estatua: monumento perenne.
Rigoni nada perdona, e incluso se atreve a ir más lejos al sugerir que aun el cementerio representa “un observatorio privilegiado de la insaciable vanidad humana”, cuyas lápidas exhiben títulos, méritos y honores que desafían la última frontera.
El camino por los aforismos conduce al lector hacia la salida del laberinto, que culmina con el acto triunfante del vanidoso: el autorretrato. En efecto, afirma: “Nadie sería vanidoso, nadie tendría ninguna razón para manifestarse en cada mínimo gesto, si no pudiera verse y, sobre todo, ser visto.” “Visto”, en este caso leído, y bien, qué es este libro si no una cierta forma de vanidad, como lo confirma Rigoni: “¿qué lleva a alguien a escribir sobre la vanidad si no es que la vanidad misma?”
Sin embargo, Rigoni le recuerda a su lector que la necia voluntad de dejar rastro y de no caer en el olvido sólo cobra sentido respecto a la condición de finitud: “cómo podríamos valorar algo que nunca tuviera caducidad, ¿qué no es su carácter de caduco lo que nos hace desear dicha eternidad?”
Así, mediante aforismos que revelan una personalidad inquieta, con un ritmo preciso, sin demoras ni rodeos, el autor declara que la belleza de nuestra condición y de la vida misma reside en ese aspecto finito. Es decir, en la conciencia de lo efímero del instante y en saber que, desde que comienza, el instante ya está terminando y es desde ese momento un irremediable pasado.

 

 

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