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Plegaria del enfermo terminal
Por Francisco Torres Córdova

Plegaria del enfermo terminal

 

De un sueño que no era

abro estos ojos que no eran.

Son otros que me nacen poco a poco

y ahora me miran apacibles y severos

desde mis pies desnudos

el dorso de mis manos

el suave caracol de mis oídos

por encima de mis hombros

de frente al espejo circular en que me encuentro.

 

Aquí sigo y parpadeo.

Están las cosas en su sitio y yo en el mío todavía

oscilando delicado mi equilibrio.

Es la hora quieta de la casa

tendida en la cálida penumbra que suelta la mañana

y la noche recoge en sus cortinas.

 

Oigo el silbido de mi aliento

en el portal de su más íntima distancia

la gota que resbala brillante por la sonda

el fuelle que dilata mis pulmones

y reseca mis labios y mi lengua

y me silencia

a veces una tenue resonancia de mí

en alguna parte aún mía que me queda

mi tardo corazón trastabillando

la textura que era de mi voz

la reciente ironía de mi risa.

 

En esa brevedad

en ese residuo que me crece

en todo el cuerpo un cuerpo desmedido

desatado a su deriva

estoy presente sin resquicios

ni fisuras ni refugio

y todas mis edades se acumulan

condensan mis años en instantes

y el instante se hunde en mi conciencia

y luego se ovilla y me somete

me deforma.

 

De pronto entonces

sin medida ni advertencia paulatina si valiera

de nuevo levanta sus murallas la fatiga

la inmensa altura de su sombra que me curva

el ruido de su enjambre ya erizado en mi cabello.

 

Y sin embargo sigo aquí

y muevo estos ojos que no eran y me miran.

Sé que no es vejez el mal que me avejenta

que concentra y arrebata mis sentidos

que trastorna el agua inicial de mis entrañas

y retumba palmo a palmo en mi persona.

Del llanto a los tendones

del plasma al pensamiento

del esmalte de los dientes al calor de la palabra

ocupa todos mis espacios

cancela su antigua inteligencia

y así me vierte en la llanura

blanca vasta lisa seca roja

sola dura cruda pura del dolor.

 

Así la vida ahora digo

más y más de cosa rota y temblorosa

asida apenas a unas hebras de su luz

dislocados sus acentos

la esperanza desprendida

del blando mineral de la memoria.

 

Cada vez menos el aroma del café

el relumbre de las voces afuera en el pasillo

el escándalo de niños en los patios de la tarde

el trazo de una rama tibia en la ventana

o la noble cabeza de Argos dormido en el rincón.

Ya no más el gusto primario

de un bocado de la infancia

la sed cumplida a tragos llenos

el ocho infinito de las bocas en un beso

o la clara soledad humana en duermevela.

Ya no si me atosigan el alma

los gritos de mi cuerpo y me separan y extravían

si ya no distingo lo que era en lo que soy

el roce inútil de mis huesos con la nada.

 

Aquí donde sigo y parpadeo

estos ojos nuevos que me miran

ahora sin astucias ni remilgos

entonces me resisto.

Y digo

que no me colmen electrodos

agujas e instrumentos

los brazos las ingles y la boca;

que no me taje el vientre o la columna vertebral

el vano afán de un escalpelo.

Que mi tacto reconozca mis contornos y me lea

y el último deseo que me vive

no se pierda en el delirio.

Que no me alcance

la lenta y minuciosa tiranía

de los signos vitales por consigna o protocolo

de dioses distraídos y leyes temerosas.

Que nadie toque la elección de mi letargo.

Que la vida asista al fin a su acto más desnudo

de acuerdo conmigo y de la mano

de mi cuerpo presente todavía

y no atrapado y abolido

en el denso sudor de su desahucio..

 

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