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Bemol sostenido
Por Alonso Arreola

Migrantes y marimbas

 

¿Qué sería de la música sin la migración humana? Hija de nuestra especie en movimiento, nada de lo que sale de instrumentos de percusión, cuerda o viento se ha mantenido “puro” cruzando tierra o tiempo, dimensiones transitadas por la necesidad y el deseo. Porque es un hecho: la música que se queda en su tierra original cambia entre vitrinas y museos, manteniendo tradiciones, sí, pero a un ritmo lento que se rompe con espíritus esporádicos e inquietos, compositores sedientos de diferentes realidades. El canto que marcha para dialogar con desconocidos, empero, evoluciona metro a metro.

Sí. No podemos olvidar que la música ha migrado por mares, montañas, selvas, ríos y desiertos en las mismas manos que le daban vida golpeando, tañendo o soplando pequeños, mágicos objetos; que luego lo hizo por la televisión y la radio, a través de un eco repetido en antenas de poder creciente; que después viajó por casetes y discos de múltiples formatos para finalmente vivir en fibras ópticas, satélites y teléfonos inteligentes que brincan nubes en un abrir y cerrar de ojos.

La carne, sin embargo, no se descompone en unos y ceros. No hay compresión digital que transporte al cuerpo separando células y átomos, volviéndolo invisible. Los migrantes caminan, nadan o montan bestias de acero con todo el peso de su ser, llevando consigo un cancionero al que pocos atienden consternados por el miedo. Pensemos momentáneamente en la guitarra. Su nombre mismo es un confuso crisol viajero. De raíces griegas, árabes o indias (pocos se ponen de acuerdo), llegó a España para nacer como la conocemos tras caravanas de valentía y sufrimiento. ¿De allí su poético desasosiego? Dice Machado: “A la sombra fresca de la vieja parra,/ un mozo moreno rasguea la guitarra.../ Algo que acaricia y algo que desgarra.” Dice Borges: “He mirado la Pampa desde el traspatio de una casa de Buenos Aires. Cuando entré no la vi. Estaba acurrucada en lo profundo de una brusca guitarra.”

Pensemos ahora en algo que nos toca –nunca mejor dicho– directamente. Hablamos de los migrantes que cruzan México bajo amenazas innumerables. En su sangre, como en la de toda Centroamérica, late la marimba, el mayor aparejo del cancionero compartido. De Colombia a Veracruz, las vibrantes teclas de madera sofistican y amplían lo que brotara en el continente negro hace tantos siglos. Hija del pequeño balafón que grita entre calabazas, las variantes americanas de la marimba la han llevado a una original transformación que da frutos por derecho propio. Fue en este lado del Atlántico donde se levantó del suelo, donde multiplicó su longitud en octavas y donde adoptó un segundo teclado; fue acá donde cuatro, seis, ocho y muchas otras manos la sobrevolaron orquestadamente.

Responsable de ello es, en gran medida, la cultura garinagu (también conocida como garífuna), que pervive en Belice, Guatemala, Honduras y Nicaragua, pero que alcanza a Colombia pasando por El Salvador, Costa Rica y Panamá. Un grupo étnico del Caribe afrocaribeño que ha migrado con la marimba a cuestas para, a su vez, convertirla en vehículo de melodías que desconocen las fronteras. Así, por un lado suena en la Punta colombiana del Pacífico, que con sus cantos y bailes fue nombrada Patrimonio Inmaterial de la Humanidad en 2010 (hay que escuchar al maestro Gualajo en su marimba de chonta); y por otro suena en Guatemala, allí donde fue nombrada instrumento nacional para conquistar un día de fiesta en el calendario (20 de febrero).

Si nos vamos a Belice podremos escuchar al conjunto Alma Beliceña y, en Honduras, a la Marimba Usula Internacional de San Pedro Sula. Visitando Chiapa de Corzo, desde luego, conoceremos los ecos poderosos de la familia Nandayapa cuyo pilar, don Zeferino, tiene su estatua en la Plaza de Armas. Allí eleva los baquetones y sonríe –lo hemos visto de cerca–, animando el paso nostálgico de los migrantes, teclas útiles, iguales, valiosas para su instrumento hecho de bronce. Buen domingo. Buenos sonidos. Buena semana.

 

 

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