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Diario del viejo boxeador / Juan Manuel Roca

Mi envejecida sombra

se niega a seguirme por las calles del barrio.

 

Creo que ahora soy mi propia sombra,

una silueta dibujada al carboncillo.

 

Debo recordar que nunca pude ser

ni siquiera buen prójimo de mí mismo.

 

Mi obediente sombra se aburrió

de seguirme como un paje obediente.

 

Cuántas veces la conduje

a lugares enfermos:

 

Velorios de ladrones, cenas de tahúres

y bodas de vírgenes necias.

 

Mi sombra ha pasado de sierva a gobernanta.

 

Es más ágil que yo. No tiene arrugas

ni en su traje ni en la frente.

 

Soy, a decir verdad, más sombra que cuerpo,

más ayer remoto que incierto presente.

 

Mi sombra no repite mis golpes secos

al saco de arena.

 

Parece que olvidó el aire invencible

del que fui, efigie de bronce,

un brazo en alto y un rival en la lona.

 

Mi desgarbada sombra calzaba

guantes más negros que mi infancia.

 

Espejo negro, primate de organillo,

bailaba al son que le tocara.

 

Ahora ha decidido jubilarse de mi cuerpo.

 

Es la hora del lobo. Recibo una guarnición

de burlas en el barrio,

excesivas aún para un viejo boxeador

que lanza un surtidor de golpes al aire.

 

Antes, para deshacerme de mi sombra

entraba a un río, iba a un cine, cruzaba un túnel,

o encendía en la casa la lámpara de la oscuridad.

 

Ahora es ella quien se niega a seguirme.

 

La he visto sentada en mi sillón

mientras salgo a pasear mi soledad

por la calle de los que fueron.

 

Creció conmigo. Se hastió de mi camino.

 

De la favela al salón de la fama,

del salón a un luminoso palacete,

del palacete al parque de las agujas,

del parque al hospicio,

mi sombra se cansó

de ser mi canpanera jorobada.

 

Cuando las sagradas familias

del bulevar de los necios

me arrojaban sus perros guardianes,

ella corría mejor suerte que yo.

 

No se necesita saber de animales

para aprender que la sombra de un perro de caza

sólo logra mordernos los talones

cuando ya somos la sombra de una sombra.

 

Vivo un último combate.

 

La sombra me acorrala

en la cuerdas de un vallado

y me arrastra hacia la niebla.

 

Ah, pero pronto seré viudo de mí,

me liberaré de su sonámbula presencia.

 

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