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La otra escena
Por Miguel Ángel Quemain

El amoroso laberinto de Raquel Araujo

Se inauguró la Muestra Nacional de Teatro en su 39 edición con una puesta en escena extraordinaria, Amor es más laberinto, de Raquel Araujo, en versión contemporánea de la comedia de Sor Juana, con escenografía e iluminación de Óscar Urrutia, la pareja creativa de esta directora que auténticamente pone en escena una celebración de treinta décadas con una generosa inclusión de un puñado de actores que vienen de la región sur, apoyados por el Fonca en ese territorio, además de ser una coproducción con la Compañía Nacional de Teatro y la Secretaría de Cultura capitalina. Esto se da en un contexto posible para quien ha alcanzado el reconocimiento institucional y profesional. Es todo lo que desearía que sucediera alguien que ha defendido su vocación y ha hecho el mejor teatro posible en tres décadas de pasar por muchas carencias, golpes bajos, envidias, auténticas rencillas del más alto nivel profesional para afianzar su estética, sus puntos de vista y al mismo tiempo ser capaz de crear un mundo que la sobreviva. Ya el colmo de todo eso es que suceda en uno de los rincones (no sé si Mérida es un rincón, eso dicen los más centralistas) más fascinantes del país.

Es en Mérida donde Araujo le ha dado estabilidad a su compañía y a un espacio teatral riguroso. La cereza es la recepción de la medalla Xavier Villaurrutia por su labor de desarrollo del teatro en el interior del país. Ese es el contexto político cultural de esta obra que hoy, 4 de noviembre, dará su última función en CDMX.

Una manera de entrar en materia es ofrecer en primer plano la imagen que guardo de Raquel Araujo y que, en un reconocimiento que emprendió Paso de gato para valorar su trabajo, escribí para hacer memoria de esa trayectoria inspiradora y fundacional en nuestro teatro contemporáneo: “Creo que siempre conservaré la imagen de una joven atlética y poderosa, la mayoría de las veces en unos botines de agujeta que se recortaban justo al inicio de sus pantorrillas, que continuaban unos muslos marcados y amplios como los de aquellos que han recorrido durante años kilómetros de subida en bicicletas de carrera.”

Traía entonces algo que podría ser un portafolio o una maleta. Muy grueso para portafolio, muy delgado para maleta. Ahí guardaba toda clase de cosas y además podía sentarse ahí sin dañarlo. Por lo general la veía en las tardes de 1989, cuando iba con sus compañeros de ruta al teatro Santo Domingo donde era la sede de La Rendija, grupo señero, con el deseo de hacer un teatro animado por la voluntad de lo autobiográfico.

La Rendija, integrada por un conjunto amplio de jóvenes formados en el mundo académico y nada menos que bajo la égida de Gabriel Weiz, lúcido, arriesgado y con ideas propias, trabajaba dividido entre la necesidad de investigar para el montaje y de buscar algún modo en el que la experiencia de lo que dejaban atrás se fundiera con lo futuro.

La Rendija se ha dado también a la tarea de participar en la promoción de la cultura teatral e inscribirse en los esfuerzos institucionales que la impulsan en la ciudad de Mérida. Yo veía a Raquel Araujo entonces con las enormes cualidades que hoy la distinguen: un enorme poder de convocatoria, honestidad, experiencia y gran intuición para estructurar festivales, encuentros, clínicas, seminarios, marcados por la pluralidad y la exigencia de dar resultados en la investigación, la promoción y la experimentación teatral.

Si hablo de Raquel Araujo, en lo personal tengo que mencionar a un hombre genial y generoso, sumamente creativo y con una imaginación desbordante: Óscar Urrutia, quien completa y suma y es, en fin, el interlocutor más importante que tienen La Rendija y Raquel Araujo.

Hoy veo a esa joven que juega con su maleta de metal y noto que ese equipaje es un espacio de creatividad inagotable, como la escenografía de Amor es más laberinto. Esta es la continuidad de un trabajo que busca la interlocución con el teatro europeo, pero también es el lazo con el teatro indígena más exquisito y poderoso.

 

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