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La siembra y la cosecha de Ricardo Martínez

Zarina Martínez me pidió que escribiera sobre su padre, el pintor Ricardo Martínez, y sugirió una nota personal, casi íntima, de lo que significó para mí conocerlo a través de sus hijos, dos de los cuales fueron mis compañeros en la escuela primaria; más adelante yo entablaría una gran amistad con Alejandro, el intermedio, quien dejó este mundo hace ya algunos años y es recordado puntualmente cada 25 de mayo por sus hermanos, Pablo, Zarina y Ricardo. Ellos mismos se abocaron a la tarea, nada fácil, de localizar y rastrear la obra inédita de Ricardo Martínez. Fue necesario crear una fundación con su nombre y emprender una intensa búsqueda y localización de las obras, tanto pictóricas como plásticas; viñetas, dibujos, bosquejos e ilustraciones que Martínez dejó a lo largo de su productiva carrera como artista plástico. Los detalles de estas búsquedas están anotados con mayor precisión en los textos que acompañan esta crónica; baste decir que tanto Dabi Hernández como Aurora Avilés se han echado a cuestas la misión de reunir la obra inédita del pintor, compuesta de óleos, sanguinas, bocetos, viñetas y serigrafías que casi igualan su producción conocida, y han rescatado un número sorprendente de trabajos que permanecían desconocidos. Gracias a la fundación, estos trabajos han sido debidamente registrados y algunos de ellos expuestos. Se ha abierto un nuevo espacio que permite conocer a Ricardo Martínez en todas sus variantes y vertientes, y todo ello se ha plasmado en un libro que, además de ameno, está hermosamente compilado, ilustrado y diseñado.

La época de “siembra”, que comenzó hace casi diez años, se caracterizó por una actividad poco común en la que familiares y allegados a Ricardo se volcaron sobre museos, galerías y colecciones particulares de toda la República Mexicana y atravesaron fronteras para solicitar a museos de Arizona, Texas, y Nueva York los trabajos del maestro. Al paso de los años, la fundación logró varias exposiciones, de las cuales la más importante tuvo lugar en el Museo de la Ciudad de México, donde se exhibieron las obras más recientes del pintor, entonces aún desconocidas para el público.

La época de cosecha fructificó en el libro Ricardo Martínez, a 100 años de su nacimiento que contiene imágenes pertenecientes al acervo reunido durante los últimos nueve años. Además de la publicación, las actividades conmemorativas incluyen la presentación del libro llevada acabo en el Palacio de las Bellas Artes el pasado 27 de octubre de 2018 y, este domingo 28, la transmisión del documental Recordando a Ricardo Martínez por Canal 22; asimismo, el 27 de noviembre próximo, la exposición Centenario en las salas Paul Westheim y Justino Fernández del mismo Palacio; y el 3 de diciembre una mesa de reflexión en torno a Ricardo Martíez en la sala de murales de Bellas Artes. Por otra parte, se hará la exposición Ricardo Martínez y la figura humana (ya en una de las tres sedes de Fomento Cultural Banamex): Museo Casa Montejo, Mérida, Yucatán (agosto 2018-enero 2019); Casa del Mayorazgo de la Canal, San Miguel de Allende, Guanajuato (enero-abril 2019) y Palacio del Conde del Valle de Súchil, Durango (mayo-agosto 2019).

Alguna vez, en alguna de nuestras pláticas, Ricardo hizo alusión a mi condición de persona “privilegiada” y admitió que su comentario era hecho “modestia aparte”. Privilegio que, para mí, consistió en admirar de cerca su obra, verlo trabajar, batallar, sufrir y gozar; sentir cómo vibraba cada grano de la tela recién pintada y cómo de la oscuridad surgían formidables figuras luminosas.

Ricardo Martínez no pintó para vivir; vivió para pintar. Con su muerte, el valor de su trabajo no se deprecia ni se incrementa, como es el caso de pintores cuya obra adquiere valor tras su fallecimiento. Martínez supo aquilatar su producción en vida y fue tan cuidadoso en el aspecto artístico como en el administrativo. Vivió de su pintura y vivió bien; es por ello que su obra permanece aún vigente.

 

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