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Las rayas de la cebra
Por Verónica Murguía

La irradiación de la ausencia

¿Cómo nos afecta la ausencia? ¿Cómo nos modelan la carencia, el silencio y el ocultamiento?

Ese es el secreto que guardamos todos aquellos que sobrevivimos, nos revela la novela Chernóbil, de Iliana Olmedo. Ese crecer alrededor de un cráter, de construir el mundo a distancias variables del abismo, asomarse a la oscuridad y no arrojarse al vacío: esa es la tarea de vivir. Quizá no es causal que la fisión nuclear, esa ruptura de lo que parece indivisible, sea la línea rectora de esta narración. En la fisión el átomo se abre y se desata una energía que puede curar o destruir, así el matrimonio que se rompe y deshace.

En Chernóbil la protagonista es Daniela Arenas, una fotógrafa obsesionada, como lo estuvo su padre, con la energía nuclear. Es su voz de niña –muy bien lograda por Olmedo, llena de humor, de confusión, de verdades que no entiende– la que nos narra cómo el 26 de abril de 1986 la explosión del reactor nuclear de Chernóbil en Ucrania cuenta, entre las víctimas, a su familia, una familia mexicana clase media. Esa voz se transforma en otros capítulos en la voz de una adolescente enojada, incompleta.

También escucharemos a una joven mujer que atestigua la destrucción de su hermana Paula, la víctima “que jugaba a ser el cordero de dios”, herida por un acto que funciona como la radiación, una atrocidad no visible que tarda en gestar el exterminio, y que, inexorablemente, lo completa.

Al final, la voz de Daniela es la de una joven madre que sabe que si únicamente mira hacia atrás y no da el paso que la internará en el futuro, terminará por convertirse en una estatua de sal.

En esta novela Chernóbil irradia con su veneno a un matrimonio mexicano con tres hijos, tan incapaz de asumir la catástrofe como el gobierno de la Unión Soviética. Patricia, la madre, está dispuesta a cubrir la verdad, a mentir y callar como Gorbachov lo hizo en su momento. El padre de Daniela, Fernando Arenas, es investigador, físico. Para él “la historia del átomo no es un secreto militar […] Es nuestra religión”. Arenas está convencido de que en México algo indebido pasa con el uranio nacional. Algo turbio. Y un día, poco después de la explosión de Chernóbil, Arenas desaparece.

La madre deja entrever que se trata de un amorío y que Arenas huyó con otra mujer. Personas cercanas a la familia temen que se trate de un secuestro. Los niños, con el pragmatismo sin concesiones de la infancia, repiten frases que no comprenden cabalmente: “Está en la Unión Soviética”, “Al final ya está acabado”, “Sólo está desaparecido” y descarnadamente “Seguro ya lo mataron”. Abandonados a su suerte por una madre violenta e incapaz de sobreponerse a la ruina de la familia nuclear, amparadas las niñas por un abuelo siniestro y su amante Anabel, una mujer que amenaza, chantajea y miente, los niños crecen como pueden. Daniela atestigua sin entender pero consigna todo lo que vive en su diario.

En las imágenes recogidas como instantáneas por esa mirada de niña están las claves de la vida adulta de la familia Arenas: la ceguera voluntaria de la madre; las alianzas y traiciones de los chicos; el sacrificio de Paula, el germen de la locura y la laboriosa y frágil felicidad de los tercos que desean vivir.

A lo largo de esas páginas infantiles una y otra vez aparecen la culpa y la impostura como una bola de pasta venenosa en la garganta, un grumo de materia radioactiva imposible de tragar, de digerir. Una y otra vez Daniela niña, en un juego lleno de significados, escupe pan masticado que repite de adulta. Con Paula, con su amiga Raquel, con Hugo, el compañero de vida. Escupe lo que no puede pasar, la materia irradiante que la asfixia.

A pesar de ese veneno, la novela termina con una nota afirmativa y poderosa. Hemos sido traicionados, nos muestra Olmedo, pero nos queda la voluntad de no traicionar a nuestra vez. Sobre este humilde ladrillo se puede construir la reparación.

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